Escalofrios

EL PRECIO DE LA SAL

Margarita lo aprendió de su abuela, que lo aprendió de su madre, que lo aprendió en un pueblo donde las generaciones se medían en cosechas y entierros.

Nueve noches, le había dicho la anciana con los dedos deformes por la artritis, mientras le enseñaba a esparcir la sal en el umbral. Nueve noches las ánimas vagan entre este mundo y el otro. Si una noche les pides, te ayudan. Pero nunca, nunca les prometas nada que no puedas pagar.

Margarita tenía 32 años cuando supo que pagaría cualquier cosa.

El problema era Mateo. Su hijo. Ocho años, ojos color miel y un tumor en el tronco del encéfalo que los médicos miraban con esa compasión profesional que precede a las palabras “lo sentimos, hemos hecho todo lo posible”.

El 3 de noviembre, mientras la tarde caía sobre el departamento como una losa, Margarita fue a la cocina. Sacó el salero de la alacena y, sin encender las luces, dibujó un círculo imperfecto en el piso de baldosas. Adentro del círculo, una vela blanca. Adentro del círculo, ella de rodillas.

No sabía bien las palabras. Nadie las sabía ya. Pero sintió algo cuando el humo comenzó a elevarse recto, demasiado recto para la corriente de aire que siempre entraba por la ventana.

— Ánimas del purgatorio — susurró.

— Por las almas de mis muertos, por los que me vieron nacer y los que me verán morir, les pido por mi hijo. Sáquenlo de esto. Devuélvanmelo sano —

La vela parpadeó. El departamento, a pesar de la calefacción, se enfrió.

Margarita sintió un peso en el pecho, como si alguien hubiera puesto una mano sobre su corazón. Y luego, nada. El humo volvió a moverse con la corriente. La calefacción zumbó encendiéndose.

— Gracias — dijo, aunque no sabía por qué.

A la mañana siguiente, los análisis de Mateo mostraron una reducción del treinta por ciento en el tamaño del tumor. Los médicos hablaron de remisión espontánea, de casos documentados en la literatura, de milagros. Margarita sonrió y dijo que sí, que era un milagro.

Pero esa noche, cuando fue a cambiar la sábana inferior de la cama de Mateo, encontró sal en las sábanas. Granos finos, como si alguien hubiera sacudido un salero sobre la almohada.

— Se habrá caído de la cocina — murmuró, y sacudió las sábanas por la ventana.

El 4 de noviembre, el tumor había desaparecido por completo. Los médicos lloraban. Las enfermeras trajeron pastel. Mateo preguntó si podía ir a la plaza.

Esa noche, Margarita despertó a las 3:00 de la madrugada. Alguien estaba en la cocina.

Se levantó en silencio, con el corazón golpeándole las costillas. Desde el pasillo vio la silueta de su hijo frente a la mesada. Estaba de espaldas, completamente quieto.

— ¿Mateo? —

El niño se volvió. Tenía los ojos abiertos, pero no la miraban a ella. Miraban un punto detrás de su hombro. Sonrió con una sonrisa que no era suya, una mueca que estiraba demasiado las comisuras.

— Todavía no — dijo con la voz de Mateo, pero no era Mateo quien hablaba.

— Faltan cinco noches —

Y volvió a la cama caminando hacia atrás, sin dejar de mirarla, sin dejar de sonreír.

Margarita no durmió el resto de la noche. Cuando llegó el día, Mateo era Mateo otra vez. No recordaba nada. Preguntó por el desayuno.

El 5 de noviembre, Margarita fue a la iglesia. Buscó al padre Aníbal, un hombre mayor que había conocido a su abuela. Le contó todo: la sal, la vela, lo del niño en la cocina.

El padre escuchó en silencio, acariciándose la barba. Cuando ella terminó, negó con la cabeza.

— Las ánimas no son santas, hija. No son demonios, pero no son santas. Están en el purgatorio porque deben purgar sus pecados. Tienen prisa por salir de ahí. Tienen hambre de gracia. Y cuando ayudan a los vivos, lo hacen a cambio de algo —

— ¿De qué? —

— De tiempo. De descanso. De que alguien rece por ellas. O de cosas más oscuras. Depende del alma que responda. Hay muchas ahí, Margarita. Y no todas fueron buenas personas —

Esa noche, Margarita no dibujó el círculo. Dejó la sal en la alacena. Se acostó con Mateo abrazado, oliendo su pelo, sintiendo su respiración.

A las 3:00 de la madrugada, él se incorporó de golpe.

— Mami — dijo con su voz.

— Hay alguien en la puerta —

Margarita miró. No había nadie. Pero la puerta del dormitorio estaba abierta, y ella recordaba haberla cerrado.

— No abras — susurró Mateo, y sus ojos tenían ese brillo vidrioso de la noche anterior.

— Dicen que todavía no —

El 6 de noviembre, Margarita compró sal bendita en una santería. La esparció por todas las ventanas, por todas las puertas. Colgó cruces en las cabeceras de las camas. Llamó al padre Aníbal para que bendijera la casa.

El padre vino, rezó, esparció agua bendita. Al terminar, le dijo:

— Van a venir esta noche. Es la séptima. Van a reclamar lo que les ofreciste —



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En el texto hay: relatos de terror

Editado: 17.03.2026

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