El desierto de Sonora no perdona. Lo saben los cactus, que almacenan agua como avaros, y lo saben los huesos blanqueados de animales que yacen entre las rocas como advertencias silenciosas. Pero ni los coyotes más viejos, ni los narcos más experimentados, ni siquiera los ancianos de la tribu Tohono O'odham, que conocen cada sombra del desierto desde hace mil años, podrían predecir el momento exacto en que el Hotel Cortez decide aparecer.
No surge de la nada. Más bien, se recuerda a sí mismo en el espacio.
Un viajero solitario, un camionero perdido, un par de novios que buscan un lugar apartado para pasar la noche, pueden pestañear y encontrarlo de repente en el horizonte. No está allí, y luego, en el parpadeo, sí. Como si siempre hubiera estado, esperando pacientemente a que alguien tuviera la desdicha de mirar en la dirección correcta en el instante preciso.
Es una mole de hormigón envejecido, de cinco plantas, con ventanas como ojos vacíos y un letrero de neón en la fachada que parpadea con un tono ámbar enfermizo, deletreando ”HOTEL” en una tipografía de los años cincuenta. Pero las letras nunca se encienden todas a la vez. La ”O” y la “T” siempre están fundidas, dejando un zumbido eléctrico que vibra en los dientes.
Cuando aparece, hay un momento, un solo segundo, en que el desierto se queda en silencio. Los grillos callan. El viento cesa. Es como si el mundo contuviera el aliento ante una presencia intrusa y maligna. Luego, el sonido regresa, pero es diferente. Es un eco. El eco de un lugar que no debería estar ahí.
Martín era un hombre de números. Auditor financiero. Su vida eran las columnas de Excel, las certezas contables, la lógica inapelable del debe y el haber. Conducía desde Tucson a San Diego para una reunión. Un desvío por obras lo había llevado por una carretera secundaria y, cuando el sol se ocultó tras las montañas como un tajo de sangre, el coche empezó a hacer un ruido metálico en el motor.
Vio el letrero del hotel a lo lejos. El “HOTEL” incompleto. No sintió alivio, sino una punzada fría en el estómago. Pero no tenía cobertura en el móvil y la noche se le echaba encima. Era un lugar lógico para pasar la noche.
El vestíbulo olía a humedad, a ceniza fría y a algo dulzón y rancio, como flores marchitas en un ataúd. La moqueta, de un rojo sangre coagulada, amortiguaba sus pasos hasta hacerlos inexistentes. En la recepción, un hombre alto y espectral, con una chaqueta de botones dorados que le quedaba grande, le sonrió. Su sonrisa era un gesto mecánico, un espasmo muscular que no llegaba a sus ojos, dos pozos negros y acuosos.
— “Bienvenido al Cortez“ — dijo, con una voz que sonaba a papel de lija.
— “Le tenemos preparada la habitación 217” —
Martín no había hecho reserva. Se lo dijo. El recepcionista inclinó la cabeza, un movimiento de pájaro.
— “Siempre le tenemos una preparada a usted, señor. Todos vuelven a su habitación” —
El ascensor para llegar a la segunda planta era una jaula oxidada que se movía con lentitud nauseabunda. Las paredes del pasillo estaban empapeladas con un patrón de diamantes granates y dorados que, si se miraba fijamente, parecían moverse, reconfigurarse en rostros deformes que se deshacían en cuanto se les prestaba atención. La habitación 217 estaba al final. La puerta, de madera oscura y barniz cuarteado, tenía un picaporte de latón con forma de cabeza de león. Cuando Martín lo tocó, sintió que el metal estaba caliente, como si del otro lado alguien hubiera estado apoyando la mano.
La habitación era espartana. Una cama con colcha beige áspera, una mesilla de noche con una lámpara de flecos, un armario empotrado que despedía una corriente de aire frío, y un espejo de cuerpo entero en la pared, justo enfrente de la cama. Martín dejó su maleta y se sentó en el colchón, que crujió con un quejido que no pareció venir de los muelles, sino del fondo de la habitación.
No durmió bien.
A las 3:00 de la madrugada, se despertó con una opresión en el pecho. La habitación estaba a oscuras, pero no del todo. Un tenue resplandor, como el de una pantalla de televisión sin sintonizar, emanaba del espejo. Parpadeó, frotándose los ojos. La luz no procedía del cristal, sino de dentro de él. Como si el espejo fuera una ventana a otra habitación, una réplica exacta de la suya, pero iluminada por una luz de hospital.
Y entonces, la vio.
Una silueta, sentada en la cama de esa habitación reflejada. Una mujer. Llevaba un camisón blanco manchado. Tenía la cabeza gacha, el cabello negro y lacio cubriéndole el rostro. Estaba meciéndose. Ligeramente. Adelante y atrás. Un movimiento hipnótico y errático.
Martín quiso gritar, pero su garganta era un nudo de alambre. Quiso levantarse, pero su cuerpo estaba paralizado por un miedo atávico. Solo podía mirar. La mujer dejó de mecerse. Muy despacio, como si le costara un esfuerzo sobrehumano, comenzó a levantar la cabeza. Su cabello se apartó, revelando un rostro… que era el suyo. Los mismos ojos aterrorizados, la misma boca abierta en un grito silencioso. Se miraba a sí mismo en el espejo, pero no era un reflejo. Era él, pero descompuesto, enfermo, con la piel cerúlea y los ojos inyectados en sangre.
De repente, la figura sonrió. Una mueca cruel y burlona. Y con una voz que no salió del espejo, sino que resonó directamente en su mente, susurró: