La aldea de Ashburn no aparecía en los mapas desde hacía cuarenta años. No porque hubiera desaparecido, sino porque quienes cartografiaban la región aprendieron, después de perder a tres equipos de reconocimiento, que era más seguro fingir que el valle simplemente no existía. Un error topográfico, un capricho de la orografía. Cualquier explicación servía, siempre que alejara a los curiosos de la línea de árboles.
Alfredo llegó en Noviembre, cuando las nieblas trepaban desde el río como dedos buscando agarradero en los troncos. Era antropólogo, especializado en comunidades aisladas, y Ashburn representaba el tipo de enigma académico que podía consagrar una carrera. Dos siglos de independencia, ningún registro eclesiástico de nacimientos o defunciones, y una sola carretera de acceso que nadie recordaba haber construido.
— No se quede después del ocaso — le dijo el conductor del camión que lo dejó en el desvío. Tenía los nudillos blancos apretando el volante, la mirada fija en el retrovisor, como si esperara ver algo aproximándose por el camino vacío.
— Y si oye que alguien llama su nombre desde el bosque, no responda. Aunque le parezca que conoce la voz. Aunque le parezca imposible no hacerlo —
Alfredo asintió por compromiso, cargó su mochila y comenzó a caminar. Los árboles se alzaban a ambos lados, pinos centenarios cuyas copas se mecían en direcciones opuestas al viento que soplaba en el suelo. Notó el detalle, lo archivó en su libreta mental como una curiosidad microclimática, y siguió adelante.
El pueblo lo recibió con puertas cerradas y cortinas que se movían a su paso. Las calles empedradas estaban vacías, pero Alfredo sintió decenas de miradas perforándole la nuca. Llamó a tres puertas antes de que alguien accediera a abrir. Era una mujer mayor, con ojos del color de la ceniza húmeda, que lo escudriñó en silencio durante un minuto entero antes de hablar.
— ¿A quién busca? —
— Soy Alfredo Costa, vengo de la universidad. Tengo una autorización del concejo... —
— Aquí no hay concejo — lo interrumpió ella.
— Aquí sólo hay lo que el bosque permite que haya —
Le indicó la única pensión del pueblo, un edificio de piedra de tres plantas con las ventanas tapiadas hasta el segundo piso. La dueña, una mujer llamada Sara que aparentaba 40 años pero cuyos ojos reflejaban siglos, le entregó una llave sin preguntar su nombre.
— Cenaremos dentro de 1 hora. No salga después de cenar. Si oye algo, quédese en su habitación. Si llama alguien a su puerta, no abra. Si reconoce la voz, menos aún —
— ¿Qué clase de voces podría oír? —
Sara se limitó a señalar la escalera. Alfredo subió, dejó sus cosas y abrió la ventana para ventilar el cuarto. Desde allí podía ver el límite del pueblo, la última calle de casas y, más allá, el muro vegetal del bosque. Algo se movió entre los árboles. Una silueta. Demasiado alta para ser un hombre, demasiado erguida para ser un animal. Parpadeó y la silueta había desaparecido, pero en el lugar donde estuvo, las ramas continuaban temblando como si algo acabara de pasar entre ellas a gran velocidad.
La primera noche transcurrió en silencio. Alfredo cenó solo en un comedor vacío, atendido por Sara que se movía sin hacer ruido y retiraba los platos antes de que él terminara de dejar los cubiertos. Subió a su habitación, leyó a la luz de un candil (no había electricidad en Ashburn) y se durmió con la libreta abierta sobre el pecho.
Despertó 2 horas después, sin saber qué lo había sacado del sueño. La habitación estaba a oscuras, la luna no entraba por la ventana, y sin embargo Alfredo podía verlo todo con una claridad enfermiza, como si la oscuridad misma emitiera una luz negra que revelaba contornos imposibles.
Entonces oyó la voz.
— Alfredo... —
Era su madre. Llevaba 15 años muerta, pero allí estaba su voz, idéntica, con aquella cadencia que usaba para llamarlo a cenar cuando era niño y se demoraba jugando en el jardín.
— Alfredo, hijo, ¿no vas a abrirme? —
Los dedos se le agarrotaron sobre las sábanas. La voz provenía de la ventana, del otro lado de los postigos de madera que Sara había cerrado antes de subir. Pero también provenía de debajo de la puerta. Y del techo. Y de algún lugar dentro de su propia cabeza, directamente conectada a sus oídos.
— No respondas — susurró para sí mismo, repitiendo las advertencias.
— Aunque conozca la voz. Aunque le parezca imposible no hacerlo —
— Alfredo, hace frío aquí fuera. Déjame entrar, sólo un momento. Quiero verte. Sólo verte —
La voz de su madre comenzó a entrecortarse, a superponerse con otros sonidos. Debajo de las palabras, Alfredo distinguió un crujido húmedo, como de madera mojada retorciéndose, y un susurro que podrían ser hojas arrastrándose sobre la tierra.
— No eres mi madre — dijo, y su propia voz le sonó extraña, demasiado fuerte en el silencio de la habitación.
Del otro lado de los postigos, algo rió. No era la risa de su madre. Era un sonido seco, quebrado, como ramas que se parten en una noche de tormenta.
— No — respondió la cosa.
— Pero he conocido a tantas madres. He guardado tantas voces. La tuya también la guardaré. Todas las voces acaban guardadas aquí —