Nadie recuerda haberla visto aparecer. Es un rumor que los niños del barrio de Las Acacias se cuentan al anochecer, cuando las farolas aún titubean antes de encenderse. Dicen que es una niña de vestido blanco antiguo, con manchas de humedad y tierra en el dobladillo. Lleva el cabello negro y lacio, peinado con dos trenzas que le caen sobre los hombros. No tiene rostro: solo una máscara lisa y gris donde deberían estar los ojos, la nariz y la boca. Pero su mano derecha sostiene una pelota roja. Siempre la misma. Roja como un corazón expuesto.
La leyenda urbana ha mutado con los años, pero los abuelos del barrio (los viejos que aún fuman en los balcones de hierro forjado) cuentan una versión más cruda: Esa niña no busca jugar. Busca cerrar un círculo. Cuando un niño la ve, ella fija sobre él una mirada invisible. Y desde ese momento, no lo suelta. No importa dónde se esconda, ni cuánto crezca, ni que se mude al otro lado del mundo. La niña de la pelota roja se instala en la periferia de su vida, un parpadeo carmesí en el borde del sueño, un rebote seco en mitad de la noche. El niño, ya adulto, olvida el encuentro. Pero ella lo acecha. Años después, el día que la Muerte viene a buscarlo, la niña se interpone. Le ofrece la pelota. Y si él la toca… lo cruza. Al otro lado del umbral. No al infierno ni al cielo. A un lugar peor: el juego eterno de una niña que nunca encontró con quién jugar.
Esta es la historia de un niño que sí la vio.
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Mateo tenía 8 años cuando su madre lo mandó a comprar leche a la tienda de la esquina. Eran las 8:00 de una noche de Noviembre, un aire viscoso pegaba las hojas muertas al asfalto. La calle Olmos era un túnel de luces anaranjadas y silencio. Solo se oía el zumbido de los transformadores eléctricos. Mateo caminaba rápido, con las manos en los bolsillos del abrigo, silbando un tema de una serie de robots que le gustaba. Llevaba el dinero justo en el puño cerrado.
A mitad de cuadra, la pelota apareció.
Rebotó desde ningún lugar. Pom. Pom. Pom. Sonó a goma hueca contra la acera, cada vez más cerca. Mateo se detuvo. La pelota rodó hasta sus pies y se quedó quieta, temblando ligeramente como si latiera. Era roja. Un rojo de sangre seca y barniz viejo. Con una franja blanca que la circundaba.
— ¿Es tuya? — preguntó Mateo al aire.
Al principio no vio a nadie. Luego, entre dos coches estacionados, la sombra de una figura pequeña recortada contra el farol. La niña del vestido blanco. Su piel era de cera, casi translúcida. Las trenzas parecían hechas de hilos de carbón. Y el rostro… Mateo sintió que el estómago se le helaba. No tenía facciones. Solo una superficie gris, lisa, como una piedra de río pulida. Pero sabía que ella lo estaba mirando. Podía sentirlo como se siente la electricidad antes del rayo.
— Juega conmigo — dijo la niña. Su voz no salía de la boca (porque no había boca) sino de algún punto detrás de Mateo, como si susurrara desde su propia nuca.
El niño quiso correr, pero las piernas no le respondieron. No tenía miedo. Eso fue lo peor. No sentía miedo, sino una calma gelatinosa, irreal, como si el mundo se hubiera vuelto de gelatina. La niña levantó la mano huesuda, señaló la pelota roja.
— Tómala —
Mateo, sin pensarlo, se agachó y la recogió.
El tacto fue ardiente y frío al mismo tiempo. Un recuerdo que no era suyo lo invadió por un segundo: una caída, un golpe sordo, una puerta que se cierra, una madre que llora en algún lugar muy lejano. La imagen de una niña sola en un sótano, con una pelota roja, esperando. Esperando. Esperando.
— Ahora eres mío — dijo la niña.
— Hasta que mueras —
Y desapareció. La pelota se deshizo en ceniza entre los dedos de Mateo. El niño miró sus manos vacías, sintió la leche derramada en el bolsillo del abrigo (porque el producto se había roto) y echó a correr llorando.
Su madre creyó que le habían robado. Su padre le pegó una bofetada por no saber cuidar el dinero. Ninguno de los dos preguntó por la niña sin rostro.
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Mateo creció, como todos. Olvidó el episodio. No del todo: a veces, despertaba con la sensación de haber soñado con un rebote. O veía una mancha roja (un cartel, un coche, la tapia de una casa) y sentía un escalofrío inexplicable. Pero la memoria de la niña se fue disolviendo en la rutina de la adolescencia: los exámenes, los amigos, la primera novia.
Solo que algo iba mal.
En las fotos de grupo, Mateo siempre salía con sombras alargadas detrás de él. Sombras que nadie más veía en el momento del disparo, pero que revelaban el revelado como una mancha borrosa con forma de trenzas. En su habitación, los objetos cambiaban de lugar por las noches. La pelota de tenis de su perro aparecía en el lavabo. Un globo rojo inflado amanecía atado al pomo de su puerta, aunque nadie lo había comprado. Y siempre, siempre, un ruido: pom. pom. Tres rebotes, justo antes de que el sueño lo venciera.
A los diecinueve, Mateo se fue a estudiar a la capital. Creyó que dejaba atrás al fantasma. Alquiló un minúsculo apartamento en un barrio ruidoso, lleno de estudiantes y grafitis. Las primeras semanas fueron tranquilas. Pero una madrugada de vuelta de fiesta, borracho y solo, vio a una niña sentada en el borde de la acera, frente a su portal. Vestido blanco. Pelota roja en el regazo. Mateo se quedó paralizado, el alcohol evaporándose en pánico puro. La niña giró la cabeza sin rostro hacia él. Una hendidura comenzó a abrirse donde debía tener la boca. No decía nada. Solo esperaba.