Escalofrios

LA CASA DE LOS DEMONIOS

La casa llevaba vacía 30 años, pero el barrio la recordaba como si fuera ayer. Sus ventanas eran ojos ciegos que miraban la calle adoquinada desde el número 14 de la Calle de las Ánimas, una dirección que ningún cartero visitaba, ningún repartidor de pizzas reconocía, ningún niño usaba como atajo para ir a la escuela.

Cuando Leo Marchetti firmó el contrato de compra, la inmobiliaria no ocultó su sorpresa. Era la quinta vez que intentaban vender la propiedad en dos décadas. Las anteriores compras se habían deshecho por "circunstancias imprevistas": un matrimonio que se divorció la noche antes de mudarse, un inversor extranjero que desapareció sin dejar rastro, dos hermanos que discutieron tan violentamente sobre la distribución de las habitaciones que acabaron en el hospital.

Pero Leo no era supersticioso. Era restaurador de arte, un hombre meticuloso que había pasado los últimos quince años devolviendo la vida a pinturas muertas. Cuando vio el precio ridículamente bajo de la mansión victoriana, no pensó en fantasmas. Pensó en espacio. En luz. En el estudio que siempre había soñado.

"¿Qué clase de demonios puede haber en una casa?" le preguntó a su amiga Clara, la única persona a quien confió el asunto.

Clara, que era psiquiatra y tenía una fe inquebrantable en la mente humana, sonrió con condescendencia. "Los únicos demonios que existen son los que fabricamos nosotros mismos".

Llegó un viernes de octubre. El cielo estaba gris como una losa de cemento, y el viento arrastraba hojas muertas que parecían manos arañando los adoquines. La camioneta de mudanzas se había negado a acercarse más que a media cuadra.

"La calle es muy angosta", mintió el conductor, evitando mirar la fachada.

Leo cargó sus propias cajas: libros de historia del arte, pinceles, tubos de óleo, telas preparadas. La puerta principal era de roble macizo, con una aldaba de bronce que representaba una cabeza de perro con los colmillos al descubierto. Cuando la tocó, el metal estaba frío. Demasiado frío. Como si la casa respirara por ella.

La cerradura cedió con un gemido que no venía del hierro oxidado, sino de algún lugar más profundo, como si la casa misma exhalara después de tres décadas de contener el aliento.

El interior olía a polvo, a madera podrida, a algo que Leo identificó vagamente como "tiempo estancado". Pero debajo de esos olores reconocibles había otro aroma, casi imperceptible: un matiz metálico que recordaba a la sangre seca, mezclado con incienso viejo y rosas marchitas.

Caminó por el vestíbulo. Sus pasos resonaban en el parqué de roble, pero el eco era extraño, como si alguien imitara sus pisadas un segundo después, con un ritmo ligeramente diferente. Se detuvo. El eco también se detuvo. Dos latidos después, se reanudó. Solo.

La escalera principal era majestuosa, una doble curva que ascendía hacia un rellano iluminado por una claraboya de vidrio emplomado que representaba un árbol, pero no cualquier árbol: las ramas se torcían en formas que recordaban extremidades humanas, y las hojas tenían el tono de la carne amoratada.

"Original", murmuró Leo, tomando notas mentales para su diario de restauración. "Alguien tuvo un gusto... peculiar".

Subió al primer piso. Los pasillos se bifurcaban en direcciones que no seguían la lógica arquitectónica de la fachada. La casa era más grande por dentro de lo que parecía por fuera, una imposibilidad que Leo atribuyó a un error de percepción. El jet lag. La emoción del momento.

La primera habitación que exploró tenía las paredes cubiertas de papel pintado con un estampado de hiedra. Pero la hiedra no era verde; era de un púrpura oscuro, casi negro, y las hojas tenían formas que, si se miraban con atención, recordaban máscaras teatrales. Una de ellas, en la pared este, parecía estar llorando. Una gota de humedad resbalaba por su superficie, trazando un camino que se perdía en el zócalo.

Leo pasó el dedo por la gota. La llevó a sus labios por puro instinto profesional (solía probar los pigmentos para identificar su composición) y sintió un sabor salado. Como lágrimas. Como sudor. Como algo que no era exactamente agua.

"Interesante", dijo en voz alta, solo para romper el silencio que empezaba a pesar sobre sus hombros como un abrigo mojado.

Su voz no resonó. Fue absorbida por las paredes como si nunca hubiera sido emitida.

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Durante la primera semana, Leo se dedicó a catalogar los objetos que la casa contenía. Contrario a lo que había pensado, la mansión no estaba vacía. Cada habitación guardaba muebles bajo fundas de sábanas blancas que parecían fantasmas domésticos, y en las paredes colgaban cuadros. No eran pinturas valiosas en el sentido comercial, pero Leo reconoció la mano de un artista consumado.

El estilo era único: retratos de personas que parecían normales a primera vista, pero cuyos rostros, si se observaban con atención, revelaban expresiones que no correspondían a la composición facial. Sonrisas que se torcían en muecas, ojos que miraban en direcciones imposibles, dedos que apuntaban a lugares que no estaban en el lienzo.

El más perturbador ocupaba un lugar de honor en el salón principal. Representaba a una familia: padre, madre, tres hijos, todos vestidos con ropa de finales del siglo XIX. Pero el padre sostenía su propia cabeza en las manos, una cabeza que tenía una expresión de serenidad absoluta mientras el cuerpo, sin cabeza, permanecía erguido junto a la madre. Ella sonreía con la boca demasiado abierta, mostrando dientes que parecían demasiado afilados. Los niños... los niños eran lo peor. El mayor, un varón de unos diez años, señalaba al espectador con un dedo que no tenía piel. El hueso blanco asomaba entre carne desgarrada, y sin embargo, sonreía.



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En el texto hay: relatos de terror

Editado: 04.07.2026

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