Desenlace
Una última mirada Arac antes de alejarme y continuar el camino por mi cuenta. La bestia de arena rasgaba la tierra con una brutal fuerza. Impaciente, desesperado, como si temiera dejarme continuar por mi cuenta. El polvo que levanto a su paso me causo tos y estornudos que me costó demasiado calmar. Me recompuse lo mejor que pude y continue la calzada terrosa y polvorienta con la mejor actitud. Más adelante sobre un desnivel de tierra, donde también la picada se tornaba deslavada, la dificultad para escalar se tornó ardua y complicada.
El terreno rocoso y resbaladizo no me permitía sostenerme a la pared por demasiado tiempo, cada vez que lograba escalar un par de metros, por algún motivo terminaba nuevamente resbalando y deslizándome hasta las profundidades de la cavidad.
Solo un diminuto circulo de luz, se lograba observar en las lejanías de la superficie. Quinientos metros o tal vez más me separaban de la extensión en lo alto de la cavidad, aunque no alcanzaba a calcular la distancia exacta entre el fondo y la superficie, si podía considerar que alcanzar por mi cuenta la cúspide de la grieta en lo alto, seria extremadamente difícil.
El peso de mi espada amarrada a la cintura y la incomodidad de mi propio cuerpo, volvieron hacerme retroceder. Una mirada rápida al reptil gigante que luchaba por alcanzarme, fue la señal que necesite para no regresar, ni rendirme.
Apenas sosteniéndome de incrustaciones sobresalientes de piedras, sobre aquella pared rocosa y húmeda, alcance a avanzar un par de metros sin suerte, antes de resbalar una vez más hasta el fondo.
En un tercer intento conseguí llegar a la mitad del camino, pero cuando una de las débiles rocas en la que me sostenía, se desprendió. mi caída al vacío fue rápida e inminente.
En aquella caída libre, en la que creí perdería la vida sin la más mínima oportunidad de luchar en la batalla, solo me quedo resignarme.
Antes de caer como un bulto pesado sobre la tierra, unas afiladas garras evitaron que me rompiera en pedacitos y me azotara contra el suelo. Cuando levante la mirada, Fafkernin volaba conmigo entre sus patas, acercándose más y más al pequeño agujero por donde la luz del sol escasamente lograba filtrarse.
Mientras cruzábamos a gran velocidad el umbral fuera del abismo bajo tierra, no podía dejar de pensar en Arac, en la dificultad que tendría para salir de ese lugar.
—No te preocupes tanto. Esa bestia pronto te alcanzara, no olvides que esos huecos de gusano son obra suya. —La voz tosca de Fafkernin se filtraba por mi mente como tentáculos al asecho, en busca de la más mínima información que pudiera utilizar.
Se me hacía fácil introducirme en la mente de Derek, pero con Fafkernin se me dificultaba demasiado. El dragón parecía poseer una coraza que cubría y protegía por completo su esencia. Un muro que levantaba a modo de protección en contra de intrusos indeseados como yo.
Al menos podía oír mis palabras y entenderlas, eso era más que suficiente. Así que exigir un derecho que sabia se me negaría, no era significativo para mí.
—Te dije, que si te encontrabas con dificultades en el camino me lo hicieras saber a través del vínculo. —Me reprocho mientras sobrevolábamos las alturas de un páramo destruido y devastado. ― Tuve que seguir mi intuición y correr a rescatarte. ― Se quejo, sin obtener una respuesta de mi parte.
Me quede callada por un largo periodo antes de decidir abrir nuevamente la boca.
Desde lo alto del cielo, podía distinguir pequeñas figuras que corrían como hormigas dispersas, defendiendo su territorio de aquellos con poder.
—¿Alféreces en el páramo? No entiendo… ¿Por qué? — Pregunté sorprendida de ver a la guardia de la ciudadela, protegiendo también el páramo. Aunque con un uniforme completamente distinto.
—¿Dónde creías que iban los alféreces que regresan ilesos de Veril? ¿De vuelta a la ciudad de polvo? Helión jamás permitiría que su fortaleza se desperdiciara en un lugar como ese. —Explico un fanfarrón Fafkernin dando vueltas circulares en el cielo como un huracán en ascenso.
El viento golpeaba mi cara y las finas hebras de mi melena revolotean rebeldes, eufóricas y desordenadas delante de mí rostro.
—¡Hueles a estiércol! — Protesto el dragón plateado tomándose el atrevimiento de gruñirme en el proceso.
—Lo sé, no tienes que decírmelo. Fueron horas las que pase bajo esa cloaca, como para no haberme infestado de su peste.
Una luz centellante y cegadora obligo a Fafkernin a seguir un rumbo diferente.
Un par de relámpagos que se escucharon uno tras otro, cuando la bestia plateada caía en picada a causa de un rayo que le golpeó y casi le pulveriza la cola.
Observé a Archie sobre Visedra enfrentándose a un dragón azulado que a simple vista no reconocí. Mi hermano esquivaba un coletazo que iba directo a su rostro. Su compañera en cambio lanzaba ventiscas de hielo y agua nieve a su oponente, obligándolo a retroceder cada un minuto. Estaba claro que el delgado dragón no tenía oportunidad con ella.
—¿Quién diablos es ese? No recuerdo haber visto un dragón así. —No tuve que modular las palabras para que Fafkernin me escuchara y me respondiera al instante.
—No te preocupes por él, los dragones acuáticos no son una amenaza. — No quise pensar mal, pero algo en el tono del dragón me hizo desconfiar.
Editado: 25.12.2025