Lilian
Perdí la noción del tiempo que llevaba aquí, cautiva bajo las cloacas de la gran ciudad de polvo. Archer me visitaba con frecuencia y bastante regularidad, pero desde hace algunos días no había visto, ni sentido rastros de él.
El repiqueteo de un par de gotas sobre las piedras de la prisión, era el único sonido que escuchaba en las cercanías. Pero esa noche algo cambio... El aire olía a muerte, el silencio era demasiado abrumador para ignorarlo y las pocas voces que alcance a oír durante los últimos años encerrada, también habían cesado.
La luz de la luna me brindaba la fuerza suficiente para mantenerme despierta, y la magia que protegía mi celda parecía haberse desvanecido. Encadenada de pies y manos no podía saberlo con seguridad.
El crujir de una celda al otro lado de la pared, me alerto de una presencia en las cercanías. Cuando el leve arrastrar de unos pies me convenció de que efectivamente alguien se acercaba. Fingí estar dormida, pero el intento no duro mucho.
Un olor a mortalidad y maldad era el nauseabundo aroma que el humano frente a mi desprendía.
En efecto, un individuo alto y de cabello oscuro permanecía de pie, apenas sostenido por los barrotes de hierro de la puerta de mi celda. Un nuevo aroma proveniente de él, me llego. Metálico, cobrizo y podrido, señal de que no le quedaba mucho tiempo.
— ¡Cortesía del bastardo de tu hijo! — Espeto con sarcasmo, proyectando también arrogancia, aun cuando estaba a solo pasos de su partida al siguiente plano.
Con solo mirarlo podía adivinar de que estaba hecho. Era de las peores calañas de mortales que había visto. Traicionero, envidioso y un absoluto bastardo.
—Seguramente te lo merecías. — Respondí, sin siquiera preguntarle quién era.
De todas formas, el humano pronto moriría y no habría nada que pudiera impedirlo.
— Me las cobraré deshaciéndome de su madre inexistente. — Alardeo. Y no pude evitar sonreír ante su audacia. — Ahora que Archer no está, no hay nada que me impida hacerlo. — Sostuvo.
— ¿A qué te refieres? — Pregunte confundida, pero el me ignoro.
El mortal libero una gran espada de entre sus ropas y con bastante dificultad se acercó a mí, con toda la intención de darme muerte con ella. Cuando la levanto en el aire antes de proceder a enterrarla en mi pecho, le sonreí.
Inmediatamente después de observarme mejor, el joven individuo se detuvo, asumiendo que quien verdaderamente estaba en riesgo era él. No porque se estuviera desangrando por la herida en su abdomen, más bien porque se había dado cuenta de que el sello que me mantenía apresada, se había roto.
— ¿Observas eso? — Le pregunte levantando el dedo para que se cerciorara de que no solo había cometido el error de aparecer delante de mí completamente indefenso, sino que también en el momento menos oportuno.
La luna me fortalece y me colma de gran poder y ahora con las protecciones de Archer abajo, el humano no tendría oportunidad.
Inflé el pecho para liberar aquella aura de color granate que destacaba mi magia y solté todo el poder que había estado reteniendo por años, convirtiendo al instante al mortal en polvo.
La fuerza con la que el magnetismo de fuerza lo azoto, penas le dio tiempo de huir o gritar, ni una pizca de remordimiento sentí por el desconocido aun después de observar sus cenizas en el suelo.
El ardor urente en la palma de mi mano me alerto del despertar del ultimo sello y no pude evitar sentirme orgullosa de ser portadora del poder definitivo de los Jinn. Solo me bastaba el fuego para alcanzar lo que ahora era mío y que residía en mi mano.
Con los músculos atrofiados por el tiempo que llevaba cautiva, camine hacia los barrotes de acero que permanecían abiertos, y por la que después de años logre salir. No tuve que avanzar mucho para encontrarme frente a frente con un macho joven de mi especie.
Aunque a simple vista no me genero confianza, sus palabras si lo hicieron.
― Tus hijos te necesitan. ― No me detuve a pedir ningún tipo de explicaciones y solo le otorgué la oportunidad de guiarme hacia lo que había anhelado todos esos años.
Reunirme con mis hijos…
Editado: 25.12.2025