Escapándome del lobo

34

—¿Que está pasando, Anne? —cuestionó Kayler, mirándonos.


 

Miré a Thomas, quien tenía las manos apretadas.


 

—Es una larga historia, Kayler —le respondí sin mirarlo.


 

—Ven, ellos tienen que hablar —Carolina se lo empezó a llevar, su novio no se opuso, solo nos dio una mirada rápida para caminar en dirección a la casa.


 

Si, iba a ser un sacrificio de todas formas.


 

—Anne, no te preocupes —me dijo Thomas—. Nadie te pondrá una mano encima, ¿entiendes?


 

No lo miré. Mi mente estaba en la nota llena de sangre y en la carpeta azul. Me arrodillé, cogiéndola ¿quien era Augusto y porqué nos tomaba fotos? La carpeta la había dejado en mi casa ¿cómo es posible que la hayan encontrado? Aunque son vampiros, obvio pueden salir y entrar cuando se les de la gana.


 

—No tienes nada que hacer, Thomas —lo miré—. Esto no es culpa de ellos, solo tuya. —dicho eso me giré sobre mis pies, empezando a caminar.


 

—Anne —se puso delante de mi—. ¿Que se supone que significa eso? Pedí perdón por no decirte, no sabes lo que había estado haciendo para que ni Clark ni Elleon te pusieran una mano encima. No lo había permitido antes y mucho menos pasará ahora, solo confía en mi. Solo necesito que estés conmigo.


 

—¿Se supone que te debo de agradecer? Thomas, me mentiste... aunque sé que no teníamos nada... Yo...


 

—Anne, no lo digas, sabes qué sientes lo mismo que yo... Es solo que ahora estás muy dolida como para perdonarme. Pero lo harás. Ahora ven, es peligroso estar aquí. —me intento coger de la mano pero me le aparté, empezando a caminar adelante.


 

Solo sentía que venía detrás de mi. En silencio.


 

Al llegar dentro de la casa noté que era un caos, habían personas arreglando la casa, otros bebían algo en unos vasos. Al otro extremo noté a Carolina hablando con Will, no dude en acercarme.


 

—Caro —la llame. Los dos voltearon a ver—. Feliz cumpleaños, Will —le dije, dándole un pequeño abrazo y un beso en la mejilla.


 

—Gracias, Anne —respondió—. ¿Tu también eres una... loba? —inquirió en un susurro tomándome completamente por sorpresa. Miré a Carolina con horror.


 

—Tranquila —rió a lo bajo—. Ale se lo dijo.


 

Asentí.


 

—Ya decía yo que ese novio de Carolina no era normal —bromeó—. Pero sinceramente no pensé que estas cosas existieran, es... increíble. Es decir, Carolina y yo nacimos en un ambiente donde esas cosas son pura fantasía... las desestimábamos.


 

—Así es, por eso la verdad me costaba mucho creerlo y aceptarlo.


 

—Y no, Will, yo no lo soy. Soy la única del grupo que no es eso. Igual que Kenzie también.


 

—Ale me dijo que yo era su mate, ni siquiera sabía que era eso pero me lo explico, así como Carolina es la de Kayler y Kenzie de Connor pero ¿y el tuyo? —quiso saber.


 

Me tensé ¿el mío? Estoy llegando a pensar de que yo no tengo mate... digo, que no soy mate de nadie.


 

—Era Apolo —respondí—. Pero luego pasó algo y... ahora hay dos lobos que dicen que soy su mate. Es... Complicado.


 

—Vaya, eso es extraño.


 

—Lo se —admití.


 

—Bueno, Will, Anne y yo tenemos un par de cosas de que hablar. —Carolina me tomó del brazo—. Nos vemos al rato.


 

—Está bien —asintió el.


 

Carolina y yo subimos por unas escaleras en dirección al segundo piso, al llegar me dirigió a una habitación. Al abrir la puerta habían unas maletas allí. Eran las mías.


 

—Tu dormirás aquí —me dijo sentándose en el borde de la cama.


 

La habitación era un poco grande, tenía dos sofás pequeños en una esquina, un televisor en frente de la cama pegado en la pared, una mesita de noche y el papel tapiz era color blanco. Era linda. Dejé la carpeta azul en la cama.


 

—Aún no entiendo como llegó aquí —murmuró ella.


 

—Ni yo —me senté.


 

—Anne, eso del sacrificio es demasiado surreal que no lo creo, es decir, Thomas no lo permitirá.


 

Claro, él no lo permitirá, si como no.


 

—Ya, Carolina, no quiero hablar de eso... Me pone... Mal —admití. Era cierto, era demasiado sensible que no me gustaba hablar de cosas que me ponen triste precisamente para eso, para no estar triste. Hago lo que puedo para pensar en cosas buenas para que el autoestima y el ánimo se me suba.


 

—Esta bien, tienes razón. Bien, entonces... ¿cómo están tus heridas?


 

En realidad era malísima para cambiar de tema.


 

—Sanando —le dije—. Casi no me duelen.


 

Las del corazón siguen abiertas.


 

—Me quedé pensando en esos lobos, se miraban raros y quizás hasta vengan... me preguntó: ¿los reconoceremos si vienen? Es decir, obvio vendrán siendo humanos.


 

—No lo se, solo espero que no se arme un alboroto —admití—. No soportaría más pleitos.


 

—Ni yo.


 

Y así, nos quedamos platicando de cosas sin sentido para no pensar en lo malo que se avecinaba.


 


 


 

***


 

La noche cayó, escuchaba la música resonar demasiado alto incluso en mi habitación, me encontraba frente al espejo, mirando mi imagen. Me había decidido por un vestido color rosa pastel que me llegaba un poco más arriba de mis rodillas. Llevaba unas sandalias de plataforma no tan altas y mi cabello estaba en una coleta un poco alta. No me había maquillado ya que no me sentía a gusto, pero así bajé.


 

Habían luces de todos los colores, demasiadas personas bailando. Muchas diría yo ¿de donde salieron tantas? Busque entre la multitud a Carolina o a alguien conocido, pero alguien me tomó  del brazo, haciéndome chocar con un abdomen plano.




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