No puedo creer que nadie se haya dado cuenta de que sigo aquí escondida. Ni siquiera yo me lo creo. ¿Qué necesidad tenía? No es que sea mi intención robar a nadie ni rebanarle el pescuezo… aunque esto último siempre es divertido.
El olor de la sangre, ese grito ahogado y gutural que emiten cuando se dan cuenta de que se están muriendo y ni siquiera han visto llegar el cuchillo…
¡Concéntrate, Ceres! No las escuches. Ahora no estamos para esto. Matar no nos daría de comer; más bien solo nos traería problemas. Recuerda aquella vez que mamá me encerró por enseñarle a Tomy cómo era por dentro su hámster favorito… el niño preguntó y yo solo tenía curiosidad. No entiendo a qué vinieron esos llantos, prácticamente me había pedido que lo hiciera. Y a las voces les pareció bien.
Me asomo discretamente por la rendija del biombo. Ahí está la albina, aún peleando con su armadura de cuero. Por suerte, eso la ha tenido distraída y me ha permitido entrar sin ser vista. No era mi intención inicial esconderme… pero por algún motivo se me da bien abrir las puertas sin hacer ruido y, al verla distraída, la fuerza de la costumbre me ha dominado. ¿Ves, Ceres? Por esta clase de cosas papá trató de enviarme a ese reformatorio caro del que me escapé.
Nosotras te ayudamos, no lo olvides…
Lo sé, y desde entonces estabais calladitas… ¿qué necesidad teníais de volver hoy? En fin… la cosa es que ni siquiera tenía intención de quedarme, pero entonces ha aparecido la gigantona —Diana, creo— y luego las otras dos, una rubia con cara de guerrera y una pecosa de mirada afilada, y ya me ha dado miedo salir.
Por lo visto, la albina se llama Lyra, y está intentando reclutarlas para luchar en la Arena. Pero, la verdad, parece que no tiene ni idea de lo que hace más allá de dar palmaditas entusiasmada. Está siendo bastante divertido ver cómo improvisa sobre la marcha. Casi tengo que morderme los labios para no reírme cuando confiesa que el grupo que ha anunciado por toda la ciudad ni siquiera existe todavía. ¿De verdad lo está diciendo en serio?
Lo más increíble es que las demás no se hayan ido aún. Parecen desconcertadas, tal vez molestas, pero siguen escuchándola. Incluso la chica grande intenta aportar algo positivo sobre entrenar juntas. Supongo que siempre es más fácil caer bien cuando mides dos metros y puedes partir huesos con una mano.
De repente, Lyra menciona algo que me resulta familiar.
—¡Yo aporto el espectáculo! —dice mientras se levanta—. No en vano estáis ante una Rutkowsky.
—Espera... ¿Rutkowsky… como el circo Rutkowsky? —pregunta la rubia, que se hace llamar Elana.
¿De qué me suena?
Hago un esfuerzo de memoria que me lleva a ese lugar que mantengo encerrado en mis recuerdos, a mi infancia, en otra vida, cuando todavía estaba en casa. Me llegan imágenes de carpas de colores, de banderines ondeando al viento, de escudos y blasones de las familias nobles que hacen de mecenas, como la mía. Inunda mis sentidos el olor a paja y heno extendidos por el suelo, a incienso para disimular el olor a estiércol y a la comida que se ofrecía en las tiendecitas. Recuerdo sorprenderme con los saltimbanquis, o con el faquir y su resistencia al dolor. Deseaba poder volar como los trapecistas y esconderme tras mi hermano, asustada, al ver al domador de cocatrices…
Me aferro un ratito a este recuerdo feliz y lo vuelvo a encerrar donde merece estar.
Tiempo después, nos necesitabas siempre. Mira hasta dónde has llegado con nuestra ayuda. No necesitas esto…
Sacudo la cabeza y me concentro en escuchar cómo Lyra empieza a convencerlas de nuevo. Lo admito, es buena. Si fuera predicadora podría crear una religión propia. Habla del aburrimiento de la Arena actual, y en eso estoy totalmente de acuerdo. Incluso a mí me está empezando a convencer.
«Seremos un espectáculo», dice.
Y por un segundo, incluso yo quiero ser parte de ese «nosotras».
¿Qué demonios me está pasando?
Finalmente, ya no puedo contenerme más. El silencio que sigue a su discurso me obliga a salir. Empiezo a aplaudir, primero lento, luego más rítmico mientras abandono mi escondite.
¿De verdad, Ceres, esto es lo mejor que se te ocurre?
Las cuatro mujeres se sobresaltan y abandonan sus asientos. Diana adopta una posición defensiva que me da ganas de echar mano de mi cuchillo, pero aguanto el tirón de esa emoción.
—Bonito discurso —digo con el tono más conciliador posible mientras levanto las manos en señal de paz—, pero ¿nadie ve el problema con el nombre?
Lyra me mira con una sorpresa mayúscula y, a continuación, mira la puerta.
—¿Quién eres? ¿Desde cuándo estás aquí? Es más… ¿cómo has entrado? —pregunta atropelladamente.
—¡Oh! Llevo un rato aquí. He entrado cuando estabas teniendo… problemillas con tu armadura y pensé que sería grosero interrumpir…
—¿Y has preferido permanecer ahí escondida todo el tiempo? —me pregunta Elana con cara de pocos amigos.
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Editado: 27.06.2026