Escarlata Rebelde

10. Diana

En cuanto las palabras salen de mi boca, la nostalgia me golpea sin piedad. Intento sonreír, pero no puedo evitar que algo dentro de mí se resquebraje un poco. Veo que Lyra me mira con esos inquisitivos ojos violeta, esos con los que siempre consigue leerme.

—Ven aquí, joder…—murmura antes de tirar de mí.

Y nos fundimos en un abrazo.

Su cuerpo es más ligero de lo que recordaba, pero su calidez sigue ahí. Huele a cerveza, a taberna y a esa fragancia de rosas que siempre la envuelve. Durante unos instantes cierro los ojos y me permito olvidar los años sin vernos. Es un abrazo sincero, contenido, como si ambas necesitáramos confirmar que la otra sigue aquí, de carne y hueso.

—¿Sabes? Si sigues apretando así, la gente va a pensar que me has echado de menos

Y ahí está la Lyra de siempre.

No puedo evitar resoplar mientras le doy una palmadita en la espalda antes de separarme.

—No te emociones demasiado. Solo quería comprobar que sigues viva —respondo con sorna.

—Me alegra comprobar que eso no ha cambiado —ríe con sinceridad, haciendo un gesto para que me siente.

—Me sorprende que hayas sobrevivido estos años sin mi —contesto mientras tomo asiento.

Con la tenue luz del farol que decora el centro de la mesa, puedo verla mejor. Lleva el mismo corte de pelo tan característico. Sus gestos, su postura, su manera de vestir…, es como si no hubiesen pasado tres años. O lo sería, si no fuese por esa sombra que se dibuja bajo sus ojos. Unos ojos que se me antojan apagados, tal vez tristes.

Me pregunto cómo me verá ella... ¿Habré cambiado yo a los suyos?

—Te veo distinta —me sincero con ella.

Ella ladea la cabeza con su habitual sonrisa burlona y pregunta:

—¿Más Hermosa? ¿Más sabia?

—Más triste.

El peso de mis palabras cae sobre la mesa.

No ha sido un reproche, ni tampoco ha sonado como tal, pero es un hecho que no puedo ignorar. Tampoco quiero hacerlo. Ella traga saliva y desvía la mirada, pensativa. Sus dedos tamborilean en la mesa. Tal vez está buscando algo ingenioso que desvíe la conversación. Algo muy propio de ella.

Pero esta vez, me sorprende que no sea así.

—Bueno…— suspira, encogiéndose de hombros—. Supongo que eso pasa cuando una se deja arrastrar por la corriente. A veces es difícil encontrar un tronco al que aferrarse.

Siento una punzada de remordimientos, pero me obligo a no apartar la vista de ella. Veo cómo se recompone y vuelve a mirarme al tiempo que pregunta:

—¿Y tú? ¿Encontraste tu tronco a la deriva? —dice, fijándose en el amuleto de Pelor que cuelga de mi cuello.

—Me gusta pensar que si —respondo, llevando instintivamente mi mano al colgante.

—Me alegro por ti, de verdad.

Siento la honestidad de sus palabras y todo el miedo que tenía por este encuentro termina por disiparse.

—Escuche tu canción.

—Vaya…pensaba que habías llegado justo después —responde con un tono avergonzado.

—Es preciosa. Cantas tan bien como siempre.

Ella se ríe, pero no hay burla en su expresión. Más bien fragilidad.

—Y tú sigues hablando lo justo para saber qué tecla hacer sonar.

—Y justo por eso me quieres —digo sin pensar, sorprendiéndome a mí misma.

Por primera vez desde que nos sentamos, sonríe con genuina alegría, aunque la emoción en sus ojos la delata. En respuesta, extendiendo la mano sobre la mesa.

—Te he echado de menos —me sincero—. Lo siento.

Ella observa mi mano por un instante antes de colocar la suya encima, apretándola con suavidad.

—Y yo a ti, idiota. Y no hay nada por lo que pedir perdón.

Nos quedamos en silencio, viendo nuestros dedos entrelazados. Pero la burbuja que nos rodea se rompe de la forma más inesperada.

—¿Desde cuándo organizamos reuniones sin peleas previas? Ah, no…espera, que la pelea viene después.

Ceres está a nuestro lado. Sentada. Como si siempre hubiese estado ahí.

Lyra y yo damos un respingo por lo inesperado de su presencia. Retiro la mano con torpeza mientras Lyra suelta una carcajada entre incrédula y divertida.

—¡Maldita seas, Ceres! —exclama, llevándose la mano al pecho con fingido dramatismo —. ¿Es que quieres matarnos? ¿Cómo lo haces?

Tal vez sean imaginaciones mías, pero por un instante me da la sensación de que la mirada de Ceres se desenfoca, antes de responder.

—No lo sé. ¿Un don natural? — se encoge de hombros.

Se reclina en la silla y nos observa con esa mirada felina tan característica torciendo la boca con una sonrisa.

—A ver —prosigue—. No me digáis que me habéis echado tanto de menos que os habéis quedado sin palabras.

—La verdad, estaba decidiendo ahora mismo sí te echaba de menos —digo, cruzando los brazos con fingida indignación.

—Seguro que sí —responde, mientras recorre la taberna con la mirada en busca de un camarero—. ¿Vamos a hacer esto sobrias o vamos a brindar por los viejos tiempos?

Lyra y yo nos miramos un instante con diversión. Por desgracia, conozco la respuesta a la pregunta.

—¡Tres cervezas! —dice Lyra levantando una mano con tres dedos.

Y, de algún modo, todo vuelve a encajar.

—Te veo bien Ceres —comento.

—Yo a ti también Diana —responde con aparente despreocupación antes de señalar a Lyra—. Bastante mejor que a ella, para serte sincera. Al parecer la vida clerical sienta mejor que… lo que sea que haga Lyra cuando se baja del escenario.

Vuelvo a notar ese desenfoque en sus ojos. Apenas es un latido, pero estoy segura de que estaba ahí. No soy la única que se da cuenta. Lyra la observa con aire preocupado. Tal vez sepa más que yo.

Ceres agita la cabeza, como espantando algún recuerdo, y acto seguido mira a Lyra con un gesto que podría describir de disculpa. Desliza su silla hasta colocarse a su lado y rodeo sus hombros con el brazo.

—Era broma, Lyra, no me lo tengas en cuenta. De verdad me alegro de verte —le da un apretón afectuoso.




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