Han pasado un par de horas desde que Lyra nos leyó las cartas, y aunque tenemos más preguntas que respuestas, también algunas certezas. Por mi parte, les expliqué que Iborian no es un nombre cualquiera: es el comandante de la guarnición del norte de la ciudad, una guarnición que, como bien apunta Ceres, responde directamente ante el rey. Si alguien así está implicado con los republicanos y se dedica a reclutar en secreto, entonces el movimiento está mucho más enraizado de lo que imaginábamos. Un claro ejemplo de ello es que tanto el maestro del gremio de carpinteros como un comerciante de tanto prestigio como Beren también forman parte de él.
Ninguna de las tres ha oído hablar de esa tal "Señora de la Calavera", pero todo apunta a que está manipulando al movimiento para fines mucho más oscuros. Por desgracia, las cartas no revelan con exactitud cuáles son sus verdaderas intenciones.
Cuando salió a relucir el nombre de Uranfena, Ceres no pareció sorprendida. Según dijo, lleva tiempo oyendo rumores sobre sus actividades en el mercado negro. Aparentemente, comercia con productos ilegales provenientes de Aldaria, en nuestro continente vecino. Si esto es cierto, tiene sentido que se oponga a las nuevas políticas belicistas del rey. Lo inquietante es que, a juzgar por lo que sugiere la carta, sus planes no se limitan a una causa política. El secuestro del hijo de Licorambarino podría indicar que está directamente implicada en eso que llaman "la cosecha".
El último documento, en cambio, es un enigma. No hay palabras, solo símbolos. Ninguna logramos identificar su contenido
—¿Estás segura de que no se trata de un conjuro? —pregunta Ceres a Lyra mientras examina el pergamino con atención.
—No lo creo —responde ella, negando con la cabeza—. No está escrito en ninguna lengua arcana que conozca. Incluso intenté usar magia para revelar algún contenido oculto, pero no funcionó.
—Puedo intentar detectar si hay maldad en él —ofrezco.
—No creo que sea necesario —me responde Lyra, pensativa—. Lo importante es lo que dice, no de dónde viene.
Ceres sigue observándolo en silencio. Inclina un poco la cabeza y lo gira entre las manos.
—Podría ser un cifrado —murmura al fin—. Algunos mensajeros y contrabandistas usan este tipo de escritura. A veces no es un lenguaje como tal, sino una forma de codificar información.
Lyra se incorpora de un salto con los ojos brillando.
—¡Abelardo! —exclama—. Conozco a alguien en el gremio de escribas. Abelardo Folkor. Un gnomo de lo más peculiar. Un cascarrabias, obsesionado con los códigos y las escrituras antiguas. Si alguien puede descifrar esto, es él.
—¿Y confías en él? —le pregunto, con cautela.
—Hasta cierto punto —responde con una sonrisa torcida—. Si se lo presento como un reto, no se resistirá. Y si no, sé cómo convencerlo.
—Entonces es nuestra mejor baza —asiente Ceres—. Yo te acompaño.
—Y mientras vosotras vais al gremio, yo volveré al templo —digo, poniéndome en pie—. Tengo que hablar con la dama Lidia. Debe saber lo que hemos visto: el altar, los sacrificios... El templo de Péloran no puede seguir cerrando los ojos ante el mal que crece en esta ciudad.
Nos quedamos en silencio por un momento. Nos miramos, sabiendo que ninguna de nosotras quiere separarse otra vez. Pero también con la certeza de que es necesario.
—Pues adelante —nos dice Ceres—. Hora de mover ficha.
A pesar de que no ha trascurrido ni una semana, el tiempo que he pasado fuera del templo se me antoja una eternidad. Volver a pasear por sus jardines y cruzar el claustro se siente como un abrazo reconfortante en mi corazón. Por desgracia, el motivo que me trae de vuelta empaña cualquier sentimiento de paz que pueda proporcionar este lugar.
Encuentro a la Dama Lidia en la sala de oración secundaria, compartiendo sus plegarias con Mirabel.
Ambas están arrodilladas frente al altar menor, con las manos entrelazadas y la cabeza inclinada. La luz que entra por los ventanales altos baña la estancia con un tono cálido y por un instante me quedo observándolas desde la puerta, sin atreverme a interrumpir.
Es Mirabel quien alza primero la vista.
—Bienvenida seas, Diana —me dice, levantándose con una sonrisa sincera.
Se acerca a mi y coloca su mano cariñosamente en mi brazo. Un gesto sencillo y espontaneo que consigue que me relaje por fin.
—Te hemos echado de menos por aquí— añade en voz baja—. Empezaba a pensar que Erat no quería devolverte al templo.
—Ha sido…una semana complicada—respondo, apartado la vista avergonzada.
La sonrisa de Mirabel se apaga apenas un segundo, y puedo intuir la preocupación en sus ojos.
—Me alegra verte entera —dice finalmente—. Estas aquí y eso es lo importante.
La dama Lidia se incorpora con la misma serenidad de siempre y señala el espacio a su lado.
—El templo siempre recibe a quienes regresan con el corazón cargado —dice—. Siéntate con nosotras, Diana.
Obedezco, arrodillándome frente al altar e intento alzar una plegaria, pero no puedo. La urgencia la situación me abruma.
—Mirabel… —empiezo, con cautela—. ¿Podrías dejarnos un momento?
Ella me mira, sorprendida al principio. Luego su expresión cambia hasta convertirse en una preocupación sincera.
—Claro —responde tras un breve silencio—. Estaré en la biblioteca, por si necesitáis algo.
Se inclina respetuosamente ante Lidia y me dedica una última mirada antes de salir de la sala, cerrando la puerta tras de sí con cuidado.
La dama Lidia me observa sin hablar, dejándome espacio para ordenar mis ideas.
—Lo que voy a decirle… —comienzo—, no es algo que desee que salga de esta sala, por ahora.
Lidia asiente lentamente.
—Lo que se diga aquí —afirma con solemnidad— quedará entre estas paredes. Por mi fe, por mi cargo y por mi palabra.
Durante varios minutos le relato todo lo ocurrido. Dese la investigación sobre Audry hasta como nos infiltramos en el orfanato. Ella me escucha en silencio, sin emitir ningún juicio. Le hablo del engendro vampírico, de Elana y su destino, y de las demás personas zombificadas y asesinadas. Su semblante se va tornando más duro cuando le cuento lo ocurrido con el tótem y el hombre torturado.
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Editado: 10.02.2026