Escarlata Rebelde

49.Diana

49. Diana

La mujer que nos observa desde uno de los pasillos laterales no es alguien que yo haya visto antes. Su rostro conserva la armonía inquietante de los elfos, con esos pómulos marcados y la piel pálida, pero su mandíbula firme es demasiado humana, al igual que su estatura. Una espesa trenza castaña rodea su cabeza como una corona, dejando a la vista unas orejas ligeramente puntiagudas. Sus ojos negros, más grandes que los de un humano común, nos observan con un inquietante desdén. La luz de los calderos recorta su silueta, haciendo que su sombra se extienda hacia nosotras. Una sombra que parece acomodarse más a su alrededor que proyectarse.

El instinto me hace avanzar unos pasos para colocarme entre ella y mis compañeras.

—Vosotras debéis ser las LERDA —nos dice con una tranquilidad pasmosa—. La señora de la Calavera me advirtió de que vendríais a visitar mi hogar. Pero no esperaba que llegaseis aquí incluso antes que yo.

—Sasha… —murmura Ceres tras de mí.

No aparto la vista de la semielfa, que avanza un par de pasos más hacia nosotras y adopta una postura relajada mientras nos observa.

—Así que la dama de la Calavera te advirtió —la interpela Lyra mientras la apunta con su arco—. Pues parece que no te ha servido de nada.

—Tal vez no os he podido preparar el recibimiento que merecéis —nos dice con aire burlón—. Pero aquí estáis, ¿no es así? Ella nunca se equivoca.

—Y aun así parece que has llegado tarde —sigue Lyra, tensando la cuerda un poco—. Y tu juguete está roto.

La sonrisa de Sasha no se borra; más bien se afila ante las palabras de mi amiga.

Puedo ver las intenciones de Lyra. Está jugando a un juego peligroso, pero tal vez logremos conseguir algo de información valiosa.

—Ese “juguete”, como tu ignorante lengua lo llama, ya casi había cumplido su función. No es una gran pérdida —echa un vistazo rápido a los restos del monolito—. Lo que sí es una pena es que no haya podido usarlo con vosotras, la verdad.

—Sigue soñando —dice Ceres con tono cortante.

—¿Qué función es esa? —intervengo antes de que Ceres lo eche todo por tierra—. ¿Convertir el gremio en una morgue? Has matado a tu gente.

—No dramatices —responde con suavidad—. No los he matado, les he dado un propósito.

—¿Cuál? —insisto—. ¿Qué cosa merece tal sacrificio de vidas? ¿Para qué tanta crueldad?

Sasha da un paso más hacia el centro de la sala. Su sombra se estira con ella, demasiado larga para la distancia que la separa de los calderos.

—Eso a vosotras no os incumbe —empieza a perder la paciencia—. Mi señora exige resultados. Y yo se los he dado.

—Tu señora te ha utilizado —la acusa Ceres—. ¡Solo es una maldita recolectora!

Sasha ríe suavemente, como si le hubiera hecho gracia la palabra.

—Llámala como quieras —responde—. Pero no es a ella a quien debéis temer.

Aprieto los dedos alrededor de la maza.

—¿No? —pregunto, buscando la respuesta que ya sé—. Entonces dime a quién sirve todo esto.

Sus ojos negros se clavan en mí con una intensidad súbita, pero veo cómo su sonrisa vacila, por primera vez.

—Hay cosas —dice despacio— que no responden a nombres pequeños. Cosas que no escuchan plegarias… ni advertencias.

Recorre con la mirada la sala, los cuerpos, los restos del monolito.

—Esto no era un final —continúa—. Era una preparación.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Preparación para qué? —insisto.

—Sé a qué estáis jugando, humanas estúpidas —me dice, mientras borra la expresión de burla de su rostro—. Sabéis de sobra de qué estamos hablando. Vuestra fingida ignorancia es un insulto. ¿Acaso creéis que mi señora desconoce hasta dónde habéis llegado?

El silencio cae como una losa.

Ceres da un paso involuntario hacia atrás, colocándose a la defensiva. Lyra mantiene el aliento mientras sigue apuntando su arma.

—Solo os diré una cosa más —añade—. No importa cuántos tótems destruyáis. La sangre ya ha sido derramada… y eso no puede deshacerse. A quien deberíais temer no es a mi señora. Es a lo que ella está preparando el camino.

Sasha levanta lentamente una mano y, por un instante, me da la sensación de que un halo oscuro se arremolina a su alrededor.

—Ahora ya lo sabéis —dice—. Y eso os convierte en parte del problema —sus labios se curvan en una sonrisa fría—. Mi señora exige vuestra muerte, así que tendré que mostraros un atisbo del poder que otorga a sus siervos.

Lo que hace un momento era una sensación ahora se hace palpable, como si la oscuridad de la sala se hiciese más densa y fluyese hacia ella. Puedo sentir cómo mi vello se eriza al momento en que la semielfa empieza a hablar:

—Lo que fue entregado no duerme —pronuncia—. Sangre derramada, te invoco. ¡¡¡Responde, recuerda y sírveme!!!

Apenas logra terminar la última palabra de su invocación, escucho vibrar la cuerda del arco de Lyra y una flecha cruza la sala, silbando, directa al pecho de Sasha.




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