Estoy agotada.
Cada fibra de mi ser grita por un merecido descanso y, aun así, no puedo dormir.
Parece que hayan pasado días, y no solo horas, desde que entramos en ese maldito burdel. Acceder hasta el tótem, al final, ha resultado ser lo más sencillo de la misión. Salir ha sido otro cantar.
Tras el desfallecimiento de Diana, esperábamos que volviese en sí rápidamente, como la otra vez, pero no ha sido así. Cargar con ella a través de esa pesadilla bajo tierra, buscando una salida que no nos llevase de vuelta al burdel y con el temor constante de que alguien más nos atacase, ha sido una odisea. Una que no deseo repetir.
Deberías haberla dejado allí. No ha sido más que un lastre para escapar. Y lo volverá a ser, ya verás.
—¿Igual de lastre que he sido yo por culpa del veneno? ¿O del tótem? —les respondo enfadada tras cerrar la puerta del baño de Lyra—. ¡Pues ya somos dos!
Las voces no responden, y no sé si me siento aliviada o frustrada por ello, porque siento la rabia arder en el pecho. Rabia hacia Sasha, rabia hacia quienes han alentado tal masacre, rabia hacia mí misma por soportar estas malditas voces a las que solo me apetece gritar preguntas que no quieren responder.
Respiro hondo para tranquilizarme y cierro el pestillo con un clic seco. En la habitación de al lado, Lyra duerme junto a Diana, que sigue aún inconsciente tras desatar todo su poder. Agradezco a los dioses la suerte que hemos tenido al lograr salir de esas cloacas cerca de casa de Lyra.
Me acerco al calderín y añado más carbón para avivar el fuego. Luego abro la llave del agua, y esta empieza a manar caliente hacia la bañera, que se va llenando poco a poco, inundando la habitación con una acogedora nube de vapor.
Empiezo a desabrocharme con manos torpes el corsé que me prestó mi amiga. Hace unas horas era precioso; ahora está sucio y roto. Lo dejo caer al suelo, seguido del peto protector que llevaba debajo, las correas, los pantalones y las botas, formando un montón de prendas empapadas en sudor e inmundicia.
Alzo la vista y entonces veo mi reflejo desnudo en el espejo empañado. Mi cuerpo aún conserva el mapa de la pelea. Veo mi antebrazo lacerado, donde el quasit me alcanzó: la piel enrojecida, con un tono violáceo alrededor de la herida ya cerrada. Más abajo, un morado oscuro se extiende por mis costillas, recuerdo directo de la patada de Sasha. Miro mis manos, llenas de ampollas causadas por la baba corrosiva de los demonios. Paseo la vista por mis piernas, llenas de cortes, arañazos y moratones, fruto de la metralla de las diferentes explosiones de magia que me han golpeado.
Mírate, niña estúpida. ¿Qué ganas con todo esto? Solo heridas y dolor. ¿Es eso lo que quieres? Aún estás a tiempo de marcharte y dejar que el resto se pudra.
—He estado en peor estado —murmuro.
No es verdad… y si sigues así, lo único que vas a encontrar es más dolor… ¡¡¡incluso la muerte!!!
—La muerte nos llega a todos —tomo del estante la poción de curación que Lyra me ha dado y la contemplo—. Es inevitable.
¿Y por eso te empeñas en correr hacia ella, criatura idiota?
—Al menos hacerlo me hace sentir más viva que lo que estaba hace unos meses— respondo mientras dejo caer la poción sobre mi ropa—. Todavía no quiero tomármela.
¡¡¡Estabas a salvo!!!
—¿Y qué sentido tenía? ¡Estaba sola!
Me acerco a la bañera, que ya está llena.
No es verdad… nosotras estamos aquí. Tampoco te iba tan mal…
—¿Por qué? —mi voz no es más que un hilo de frustración—. Yo no pedí que vinierais a mí.
Para protegerte, cuando nadie más lo hacía.
—¿Protegerme de qué? —le pregunto con rabia a mi reflejo en el agua.
Pero nadie responde.
He perdido la cuenta de cuántas veces he tenido esta discusión en mi mente. Y siempre
termina igual, en un incómodo silencio.
—¡¡¡¿Protegerme de qué?!! —vuelvo a gritar la pregunta con frustración mientras golpeo el agua, haciendo que mi reflejo se distorsione en una versión grotesca de mí.
Las voces siguen sin decir nada.
Poco a poco me meto dentro de la bañera. Está caliente. Lo suficiente como para doler un poco al principio y obligarme a respirar profundamente antes de entrar.
El calor me envuelve de inmediato, subiéndome por las piernas, el vientre, el pecho. Se me escapa un gemido involuntario cuando el agua acaricia las quemaduras de mis manos. Mi instinto me grita que salga de ahí y que tome la poción de curación.
Pero no lo hago.
Igual que he aprendido a vivir con mis voces, tengo que aprender a vivir con las heridas y el dolor. No siempre habrá un vial de curación que me pueda ayudar, o un momento de descanso. Y quién sabe qué nos vamos a encontrar mañana, o pasado…
Cierro los ojos, apoyo la nuca en el borde de la bañera y me concentro en mi respiración. Al principio todo es calor y punzadas de dolor.
Inhalo despacio y exhalo aún más lentamente.
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Editado: 21.01.2026