Escarlata Rebelde

51.Lyra

Mi mente divaga entre el sueño y la vigilia, completamente ajena a mi cuerpo cansado, que clama por dormir. Imágenes de miembros mutilados, cuerpos amontonados, hilos de sangre ardiente y demonios de piel corrosiva se suceden una y otra vez en mis pensamientos.

Hasta que el murmullo de la voz de Ceres me hace despertar. Me incorporo con brusquedad, movida por el estado de alerta en el que aún me encuentro. A mi lado, Diana sigue dormida.

Me cuesta creer que estemos en la misma cama donde esta mañana me perdía entre los brazos de Evans.

No hay rastro de Ceres hasta que oigo el sonido del pasador del baño y el agua de la bañera correr.

Me paso una mano por la cara, consciente de que no me va a resultar fácil volver a dormir.

Sentada en la cama, escucho el murmullo apagado de la voz de Ceres al otro lado de la puerta y me debato ante la idea de acercarme y preguntar si está bien. Pero finalmente desisto. Hay momentos en los que ayudar significa mantenerse al margen y dejarle su espacio.

No logro distinguir las palabras, pero sí el tono. Es como si estuviese discutiendo con alguien que no quiere responderle. Ojalá yo tuviese las respuestas que tanto ansía. Nada me haría más feliz que poder ayudarla en momentos así. Pero ahora mismo no puedo hacer gran cosa por ella.

Desvío la mirada hacia Diana.

Ahí sigue, respirando despacio, con el ceño algo fruncido, como si incluso dormida siguiese cargando con un peso que no sabe cómo soltar. Un peso que arrastra desde la muerte de Fara en la arena del Coliseo. Como si fuese culpa suya, por no poder traerla de vuelta.

Puedo entenderla. Yo me sentía igual al principio. Al fin y al cabo, la idea de los arneses fue mía. Incluso llegué a pedirle perdón a Elana, semanas después, antes de separarnos. Todavía recuerdo sus palabras: “No puedes pedir perdón por algo que no puedes controlar. ¿Acaso el mar pide perdón cuando las olas, agitadas por la tormenta, engullen algún barco? Los accidentes ocurren, Lyra. Todas deseábamos volar contigo sobre la arena”.

Y tenía razón. Yo no maté a Fara; eso lo asumo. Pero mi ambición fue lo que nos llevó al final de la Legión. Yo y mi necesidad de destacar cada vez más y más… ¿Y para qué? Para intentar que mi nombre no se perdiera entre la gran colmena que es Erat.

Es curioso: ahora mismo, lo que necesito para sobrevivir es justo lo contrario.

Estiro el brazo para coger la manta que se ha deslizado y arropar un poco mejor a Diana, imaginando que ese simple gesto es suficiente para darle consuelo, o incluso para hacerla volver en sí. Ojalá no hubiese tenido que forzar su magia hasta ese punto. Ojalá fuese tan poderosa como ella… De ese modo no tendría por qué llegar a estos extremos por mí, por nosotras.

Y, aun así, aquí estamos.

Ceres hablando sola en el baño. Diana vacía por dentro después de quemarse hasta el último resto de luz. Y yo… despierta y sintiéndome inútil. Preguntándome en qué momento nuestra búsqueda de Elana pasó a convertirse en esto.

Me siento inquieta. Tengo la boca seca y puedo notar un leve temblor en las manos, uno que ya reconozco bien. Y eso es lo que más me molesta. Porque puedo reconocer ese murmullo incómodo que me promete calma a cambio de rendirme.

Necesito tomar algo.

Llevo días luchando contra la necesidad de anestesiarme como antes. Como si todo pudiera ser más fácil con solo un trago. Y aunque sé de sobra que nunca lo es, ahora mismo necesito dejar de luchar también contra esto.

Despacio y en silencio abandono la cama y me deslizo con suavidad por la habitación en dirección a la sala de estar. Cruzo la estancia, que hoy está perfectamente ordenada, y me acerco al aparador del fondo. Abro uno de los armarios bajos y allí encuentro la botella de siempre, entre los demás enseres. La reconozco al instante, incluso en la penumbra. Durante años fue lo único constante cuando todo se desmoronaba.

La saco con cuidado y me doy cuenta de que el vidrio pesa menos de lo que recordaba. Saco un vaso del aparador, me sirvo un poco de licor y lo contemplo a la luz del amanecer que ya empieza a despuntar fuera.

Tomo un sorbo, lo justo para mojarme los labios.

Antes beber era fácil. No era más que una respuesta rápida a las preguntas del día a día. Una salida falsa que no exigía nada a cambio… salvo tu humor al día siguiente. Pero ahora, emborracharme hasta caer inconsciente ya no es una opción. Ni una necesidad.

Con estos pensamientos rondándome la cabeza, cojo una silla y tomo asiento cerca de la ventana para ver cómo la luz del amanecer empieza a bañar las calles.

Una mano en el hombro me saca del ensimismamiento. A mi lado, Ceres, aún con el pelo mojado y una frágil sonrisa en el rostro, toma asiento sin decir nada.

—¿Y si lo dejásemos estar? —le digo sin más, permitiendo que mis pensamientos se tornen palabras—. Hemos cumplido con el rey, hemos ayudado a Tobias Licorambarino y, lo más importante, encontramos a Elana.

Ceres se limita a observarme, sopesando mi pregunta.

—Sé que nos prometimos vengarla —sigo—, ¿pero a qué precio, Ceres? Nadie podría acusarnos de huir si decidiéramos marcharnos ahora.

—Es tentador —responde con voz cansada—. Viajar a una ciudad distinta, sin sectas oscuras ni cloacas sanguinarias…




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.