Escarlata Rebelde

52.Diana

La luz me encuentra incluso antes de que despierte.

Puedo sentir el consuelo de su calor acariciando mi rostro. Frunzo el ceño como respuesta y respiro profundamente, como si tomara una bocanada de aire después de haber pasado demasiado tiempo bajo el agua.

Abro los ojos despacio y, por un momento, el resplandor me ciega. Cuando me acostumbro a él, me doy cuenta de que no se trata de la luz de una visión ni del brillo de las vidrieras de un templo. No es más que un rayo de sol vespertino, sencillo y real, que se cuela por la ventana mal cerrada de la habitación de Lyra.

—Gracias a Péloran —murmuro al comprender que logramos salir del gremio de ladrones.

Me incorporo ligeramente y veo que, a mi lado, se encuentra Ceres, profundamente dormida. Me acerco un poco a ella, con cuidado de no despertarla, y levanto con suavidad las sábanas. Solo viste ropa interior. Respiro tranquila al comprobar que apenas queda rastro de las heridas que sufrió anoche. Debe de haber tomado alguna de las pociones de sanación que me dio Mirabel.

No debo olvidar agradecérselo a mi maestra en cuanto la vea.

Echo un vistazo a la habitación en busca de Lyra, pero lo único que encuentro son las piezas de mi armadura repartidas por el suelo.

¿Dónde está?

Mi pulso se acelera, guiado por el miedo de no ver a mi amiga. Abandono la cama de un salto y salgo de la habitación con el corazón en un puño.

Estoy a punto de gritar su nombre cuando la veo dormida, hecha un ovillo en el diván del salón, abrazada a lo que queda de una botella de licor.

—Menos mal… —suspiro, aliviada.

La tensión del susto me abandona en ese momento y tomo conciencia de mi cuerpo dolorido y magullado. Noto un nudo persistente en el hombro que hace que mi brazo proteste en cuanto lo muevo, y en el rostro aún palpitan las zonas donde el ácido me alcanzó. Yo también debería curarme… pero no todavía.

Necesito rezar antes de que el sol se ponga de nuevo, pues parece que ya es entrada la tarde.

Pero no aquí. No quiero robarles más descanso con mis susurros.

La cocina me espera al fondo. No es un lugar habitual para estos menesteres, pero bastará.

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Entre la mesa de madera desgastada y la ventana, me arrodillo, posando las manos sobre mis muslos. Cierro los ojos y me concentro. Busco en mi mente ese lugar donde reina la calma. Donde se encuentra esa puerta a la que cada mañana llamo con humildad y que Péloran sigue abriendo para mí.

—Gracias por la luz de este día —empiezo a orar—. Por el calor que regresa y por el aliento que aún me sostiene.

Inhalo despacio antes de continuar.

—Concédeme aquello que sea necesario para cumplir mi deber, pues tuyo es el poder y yo solo soy su vehículo.

Alzo la mano para tomar el sello que cuelga de mi cuello.

—Dame claridad para distinguir lo justo. Fuerza para mantenerme en pie cuando otros caigan. Y voluntad para no apartar la mirada del mal, incluso cuando el temor me alcance.

Abro los ojos para contemplar el sol de Péloran grabado en el colgante.

—Si aún me consideras digna… guíame de nuevo.

Cuando termino, como siempre, noto ese calor suave y constante que nace bajo mi esternón. Así es como regresa mi magia. Como si fuese un cálido abrazo de Péloran. Sin estruendo, sin revelaciones.

Ahora sí estoy lista. Ahora puedo curarme con su poder.

Apoyo una mano en mi hombro dolorido y recito la oración de sanación. Al momento, el nudo bajo mi hombro se afloja y el dolor cede, convirtiéndose en un cosquilleo leve que recorre el músculo antes de disiparse. La misma sensación atraviesa mi rostro cuando las quemaduras desaparecen.

Listo.

Me pongo en pie y me estiro para comprobar que todo está en su sitio. Noto el cuerpo ligero y descansado.

El sonido de unos pasos precipitados devuelve mi atención hacia la puerta de la cocina.

—¡¿Diana?! —escucho la voz tensa de Ceres en el pasillo.

—Estoy en la cocina —respondo con calma.

Un segundo después aparece en el umbral, con el ceño fruncido y el pelo todavía revuelto, como si hubiese salido de la cama bruscamente.

—Estás… —empieza a decir, recorriéndome de arriba abajo con la mirada.

—¿Consciente? —interrumpo.

Veo cómo se desinfla cuando avanza hacia la mesa y apoya las manos en ella, soltando el aire y la tensión que tenía retenidos.

—Sí, consciente y curada.

Parece que Ceres va a decirme algo más, pero se detiene cuando oímos otro movimiento al fondo del pasillo. Lyra aparece al cabo de unos instantes, con gesto somnoliento. Me contempla en silencio unos segundos antes de abalanzarse sobre mí para abrazarme.




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