Escarlata Rebelde

53.Lyra

Diana sostiene la carta entre las manos y yo, en cambio, apenas soy capaz de sostenerme a mí misma.

—A quienes creen que van un paso por delante —empieza a leer mi amiga—. Vuestros compañeros siguen con vida. Por ahora —Diana alza la vista para mirarme un segundo antes de seguir—. Las garras de nuestra señora llegan a todos los rincones de Erat, incluso a aquellos donde pensabais que los vuestros estaban a salvo. Si queréis recuperarlos, ya sabéis dónde encontrarlos. Venid solas y pronto o aceptad que algunas decisiones tienen consecuencias que no se pueden deshacer. El tiempo ya no está de vuestro lado —Diana se detiene un segundo antes de añadir—. Firmado: Dominic.

Noto una fuerte presión en el pecho y apenas puedo respirar mientras me apoyo en Ceres. Miro a mi alrededor y me da la sensación de que la habitación empieza a estrecharse a nuestro alrededor.

Siguen vivos… por ahora.

La frase se repite en mi mente una y otra vez.

—Respira, Lyra —dice Ceres mientras me sujeta—. Estás sufriendo un ataque de ansiedad.

Un hormigueo me sube por las piernas y me obliga a soltarme del apoyo de mi amiga y empezar a andar por la sala mientras sacudo las manos y trato de recobrar el control de mí misma. Escucho las voces lejanas de las demás y veo cómo Diana intenta acercarse a mí, pero la detengo con un gesto de la mano antes de inclinarme y apoyar las manos en mis rodillas y conseguir respirar por fin.

—¿Cómo ha podido pasar? —logro articular.

—Yo… no lo sé… —titubea la dama Lidia.

Me enderezo de golpe, empujada por la rabia que me provoca su respuesta.

—¿No lo sabes? —pregunto, y apenas reconozco mi voz—. ¡¿Cómo que no lo sabes?! —insisto con dureza—. Evans y Rurik no desaparecen así sin más. No se los lleva el viento.

Doy un paso hacia ella apretando los puños. Siento el pulso en las sienes.

—Lo siento, Lyra… —se disculpa Lidia—. Creíamos que estarían seguros en el orfanato.

—Estaban bajo tu protección —digo, mirándola directamente a los ojos—. ¡Te confié su seguridad! ¡Y ahora Dominic nos escribe para decirnos que siguen vivos por ahora, como si fuera un favor!

—No podíamos prever algo así —se defiende la sacerdotisa.

—¡Por supuesto que no! —le grito, con gesto acusador—. Pero os limitasteis a esconderlos donde no os molestasen y a rezar para que nadie se diese cuenta. Eso no es proteger.

Lidia mira a Diana, luego a Ceres, como si esperara que alguien la salve de mis palabras.

—No estás siendo justa, Lyra… —empieza a decir Diana.

—Ah, ¿no? —contesto, con la voz cargada de veneno, mientras me vuelvo a dirigir a Lidia—. Llevamos unos días haciendo el trabajo sucio mientras vosotras os limitabais a investigar cómodamente desde el templo. Solo os he pedido una cosa a cambio y no habéis sido capaces de cumplirla.

Lidia intenta decir algo, pero termina bajando la mirada, avergonzada, y eso me hace sentir el impulso de golpearla. Diana parece adivinarlo y se interpone entre nosotras, agarrándome por los hombros.

—Lyra, gritándole a la dama Lidia no solucionaremos nada.

Levanto el rostro hacia mi amiga, que me contempla con gesto conciliador, y entonces noto cómo todo se viene abajo.

—Lo van a matar, Diana —logro articular mientras las lágrimas corren por mi rostro—. Y no quiero perderlo…

Diana no dice nada. Simplemente me rodea con los brazos y me atrae contra su pecho antes de que pueda apartarme. Mis manos se aferran al metal de su armadura como si fuera lo único sólido de esta habitación.

—No permitiremos que les hagan daño —me consuela.

—¿Y si ya se lo han hecho? —digo, apoyando la frente contra el metal de su pecho—. Nada se lo impide.

—Debemos confiar en que siguen vivos, Lyra —interviene Ceres desde detrás de mí.

Sus palabras no borran el miedo que se asienta en mi corazón, pero el nudo en el que se ha convertido se endurece. Respiro una vez y otra más y me separo de Diana, secándome las lágrimas con el dorso de la mano.

—Entonces tenemos que ir —mi voz, aunque aún temblorosa, suena firme—. Ahora.

Diana abre la boca para responder, pero Ceres se adelanta.

—Lyra, espera —dice—. Si Dominic quiere que vayamos solas y deprisa es porque nos está tendiendo una trampa. Podemos investigar la Destilería primero, ver entradas, salidas, cuántos son…

—No —la corto—. Tendremos que improvisar.

—Pero eso es muy arriesgado —intenta convencerme.

—No hay tiempo, Ceres —niego mientras rodeo a Diana y me dirijo hacia la puerta.

Esta me agarra un momento por el brazo y me detiene.

—Lyra —insiste Diana, ahora más seria—. Escúchame. Podemos ir, pero no así. No solas. Podemos buscar ayuda, preparar algo, no lanzarnos a ciegas.




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