Escarlata Rebelde

54. Diana

El calor de media mañana cae sin piedad sobre el tejado al que nos hemos subido para observar la licorería, mientras Ceres echa un vistazo más de cerca. Aquí, apostada junto a Lyra, con toda mi armadura brillando al sol, me doy cuenta de la locura en la que se está convirtiendo todo esto. Abajo, lo único que veo es un negocio en pleno funcionamiento, con gente entrando y saliendo como cualquier otra mañana.

—Nada en este lugar parece una guarida —observo en voz alta.

—Tampoco lo parecía el orfanato —contesta Lyra con sequedad.

De reojo puedo ver su gesto serio e intuyo claramente su rabia contenida mientras observa el lugar desde el borde. No mira a la gente; su vista está fija en el edificio. Como si contemplarlo con insistencia pudiera obligarlo a mostrarnos la entrada al refugio de Dominic.

—Ceres no debería tardar mucho —le digo, intentando suavizar su ánimo.

—Eso espero —responde sin apartar la vista del lugar—. Preferiría no tener que bajar allí sin ella.

—Yo también lo preferiría —añado con un suspiro resignado.

Está claro que Lyra no está bien. Nunca la he visto comportarse así. Es como si la desesperanza se hubiese instalado en ella de forma irremediable. Me gustaría poder asegurarle que, en verdad, todo va a salir bien. Pero ni siquiera yo estoy segura de ello.

Apenas unos minutos después, Ceres aparece reptando por el lateral del edificio hasta nosotras.

—¿Y bien? —pregunta Lyra sin rodeos—. ¿Cómo entramos?

Ceres me lanza una mirada rápida que me hace entender que esto no va a ser tan fácil como pensábamos.

—A ver… —empieza a explicar—. Por lo que he visto, la destilería no es más que un almacén de madera enorme, lleno de cubas gigantes de fermentación, barriles apilados y gente trabajando…

—O sea, que a simple vista es exactamente lo que parece —añado.

—¿Y ya está? —pregunta Lyra, con la frustración dibujada en el rostro.

—No he visto ningún movimiento extraño, pero dentro del almacén hay una zona cerrada, separada del resto. Como unas oficinas improvisadas.

—¿Has podido entrar? —sigue interrogando Lyra.

—No… —responde Ceres—. El lugar está atestado de trabajadores y ha sido difícil moverme. Pero si hay algo debajo, tiene que estar ahí. No he visto ningún otro sitio que lo permita.

—Entonces hay que entrar —sentencia Lyra.

—Os recuerdo que Dominic nos espera —apunta Ceres, con razón—. Si no he visto nada sospechoso dentro, es porque, posiblemente, no quiere que lo veamos.

Lyra aprieta la mandíbula.

—Nos está esperando —añado—. Sea lo que sea lo que haya ahí abajo, no va a ser una sorpresa agradable.

—Lo sé —responde Lyra, volviendo un segundo la vista al edificio—. Por eso no podemos entrar tal cual.

Entonces se gira hacia nosotras y puedo ver cómo una idea brilla en sus ojos.

—Le prenderemos fuego al lugar… Si evacúan, tendremos suficiente tiempo para colarnos. Es una licorería; no será difícil hacerla arder.

Ceres y yo nos observamos unos segundos, calibrando su plan.

—Lyra… —empiezo—. Hay gente trabajando ahí. No todos son cómplices de Dominic.

—Trabajan para él —me corta—. Y mientras cargan barriles y cobran su jornal, Evans y Rurik están encadenados en algún sitio bajo ese suelo.

—Eso no los convierte en culpables —replico.

—No —niega—. Pero tampoco en mi prioridad.

Observo a mi amiga, consternada. No puedo creer que esté proponiendo poner en peligro a tanta gente. Lyra parece adivinar mis pensamientos antes de seguir:

—No vamos a encerrarlos ahí para que ardan, Diana. Las puertas estarán abiertas, pueden salir con facilidad. Nosotras solo tenemos que aprovechar el caos para entrar…

—Es muy peligroso —protesto.

—Tenemos las pociones del templo —Ceres exhala despacio—. Algunas nos pueden ayudar a resistir el calor, el humo… durante un rato. No es bonito, pero puede funcionar.

Miro de nuevo el edificio. Pienso en los rostros que he visto moverse ahí abajo. En las consecuencias. En la línea que estamos a punto de cruzar.

—Si lo hacemos —digo al fin—, nada de cerrar salidas. Provocamos la evacuación y entramos. ¿Entendido?

Lyra asiente en silencio.

—¿Y cómo lo hacemos? —pregunta Ceres.

—Eso dejádmelo a mí —responde Lyra mientras se desabrocha el arco de la espalda.

A continuación, saca unas pocas flechas de su carcaj y las extiende delante de ella.

—Necesito algo de tela —dice, echando un vistazo a su alrededor.

—He visto ropa tendida cerca —observa Ceres, que parece haber captado su idea—. Ahora vuelvo.

—Genial… además de pirómanas, ladronas —murmuro para mí.

Lyra no parece oírme o, si lo hace, prefiere ignorarme mientras saca de su bolsa algo de yesca y pedernal. Ceres vuelve apenas un minuto después y trae consigo una camisa de lino que le ofrece de inmediato a Lyra. Esta no pierde el tiempo y empieza a cortar tiras con el cuchillo para, a continuación, enrollarlas en la punta de sus flechas. Ceres y yo la observamos trabajar en silencio. Finalmente, saca una pequeña petaca que suele llevar encima y rocía su contenido por encima del lino.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.