Escarlata Rebelde

55.Ceres

Parece que tu amiga ha aprendido a hacer las cosas bien. Por fin alguien capaz…

Contemplo a Lyra mientras descendemos por la escalera. Su gesto serio, su postura rígida… incluso su piel, ya blanca de por sí, parece aún más pálida.

Y luego están sus ojos.

Su brillo ha desaparecido, sustituido por una sombra violácea que, cuando me mira, hace que se me erice la piel y quiera apartar la vista.

—Lyra —la llamo en voz baja—, déjame adelantarme; podría haber trampas.

Ella no responde de inmediato. Sigue descendiendo un escalón y luego otro, como si no me hubiera oído.

—Lyra… —empiezo a decir.

—Ten cuidado —me interrumpe mientras se detiene y se aparta para dejarme pasar.

Paso al frente y continúo bajando.

Deberías haberla dejado adelantarse… parecía bastante dispuesta a morir ensartada por alguna trampa. ¡Y, por fin, una distracción menos!

La escalera desemboca en un pasillo estrecho, excavado en la roca y reforzado con muros de piedra que, por su aspecto, no parece demasiado antiguo. Aquí abajo, el aire es más fresco, ajeno al infierno que hay sobre nuestras cabezas. El corredor, iluminado por antorchas cada pocos metros, está bastante limpio y no huele a abandono.

Apoyo la mano en la pared para avanzar, mientras me fijo en cualquier irregularidad o indicio de mecanismo. A los pocos metros distingo una serie de marcas gastadas por el uso y unos símbolos apenas visibles que se extienden por las paredes y el suelo. Se trata de una trampa mágica. Una que claramente está desactivada.

—Quieren que entremos sin problemas —murmuro.

Oigo el rechinar de la armadura de Diana cuando esta se tensa tras de mí. Lyra, en cambio, se limita a desenfundar la varita de proyectiles. Puedo notar su impaciencia desde aquí.

—Voy a adelantarme un poco —sugiero.

—No hay tiempo —me corta Lyra—. Sigamos.

¡Perfecto! Ahora está incluso más loca que tú. Y conseguirá que nos maten a todos.

No tiene ningún sentido discutir con ella, porque no va a atender a razones, así que trago saliva y desenfundo mis armas. Vuelvo a emprender la marcha, sabedora del sonido que hace Diana al moverse.

Avanzamos unos metros más y el pasillo empieza a ramificarse. A ambos lados se abren pequeñas estancias: dormitorios con camastros de madera, una cocina, una estancia que parece un comedor con mesas bajas y restos de comida.

—Viven aquí —susurra Diana—. No es solo un escondite.

No respondo, pero aprieto los dedos alrededor de la empuñadura de mis armas. Diana tiene razón. Este espacio es claramente el escondite de alguien, o tal vez su hogar improvisado. Y en estos momentos parece vacío.

Me siento como un animal camino del matadero mientras seguimos avanzando. El pasillo se estrecha de nuevo y gira levemente hacia la izquierda. Y entonces nos los encontramos de frente.

Tres hombres nos esperan más adelante. No están escondidos ni se sorprenden al vernos, sino que claramente nos esperan. Están colocados de forma deliberada: uno al frente, los otros dos ligeramente retrasados, bloqueando el paso.

—Preparados —ordena el que está delante de sus compañeros—. Son ellas.

No hay desafíos, solo tensión. Durante un par de latidos, nos contemplamos mutuamente, evaluando la situación.

Hasta que Lyra alza la varita y, antes de que podamos reaccionar, pronuncia la palabra de mando y dispara. Los proyectiles arcanos salen volando e impactan de lleno en el sectario del centro, obligándolo a retroceder con un gruñido de dolor. Diana actúa de inmediato y avanza, escudo en alto, cerrando el pasillo y cubriendo a Lyra.

Yo me impulso hacia un flanco, aprovechando las sombras y fundiéndome en ellas. Las botas de presteza hacen su trabajo y apenas un par de segundos después salto encima de uno de los hombres de detrás. El sectario no es capaz de verme venir, así que clavo mi espada corta en su costado antes de que pueda alzar siquiera su arma. El frío se extiende rápidamente desde el filo, recorriendo su cuerpo. Entonces cae al suelo, rígido y sin vida.

Lástima que el hielo no deje correr la sangre.

Mientras tanto, parece que el guerrero del centro intenta rehacerse del impacto de la varita de Lyra, pero Diana no le da tiempo. Con un movimiento rápido, carga contra él, usando el escudo como si fuese un ariete. El golpe es brutal y lo lanza contra la pared, donde queda aturdido, con la respiración entrecortada. Lyra no le da tregua y, sin moverse de su posición, dispara una segunda y tercera ráfaga de proyectiles que impactan sin piedad en el pecho de su víctima. El hombre, apoyado en la pared, se resbala por esta hasta quedar sentado, mirando a Diana con incredulidad antes de caer inconsciente.

El último de los hombres nos observa con los ojos muy abiertos. No mira a su compañero caído. No mira al que yace muerto a mis pies. Nos mira a nosotras, una por una, como si estuviera confirmando algo. Estamos más preparadas de lo que pensaba.

Y entonces se da la vuelta y echa a correr pasillo adentro.

—¡No! —gruñe Lyra al tiempo que descarga su varita de nuevo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.