Aunque Lyra ya no canta, aún me sobrecoge el odio que contenían los versos de su canción. Siguen ahí, sus palabras, dando vueltas en mi cabeza. El dolor físico que las acompañaba ya no está, aunque intuyo que en nuestro caso ha sido la mitad de desgarrador que para el resto. Imagino que el poder que nos confirió el tótem nos ha hecho resistentes de algún modo. A nosotras y, por ende, a Dominic.
Y eso es casi más aterrador que la canción en sí.
¿En qué nos convertirá esto cuando todo acabe? De un modo u otro, si sobrevivimos… ¿seguiremos siendo las mismas o nos perderemos por el camino?
Por unos momentos en verdad he creído que había perdido a mi amiga. Pero la persona que me ha mirado tras lanzar su dolor al mundo, con los ojos llenos de lágrimas, sigue siendo ella. Al menos así lo siento mientras la veo avanzar.
Un fuerte y ya familiar olor a putrefacción me saca de mis pensamientos. Seguimos adentrándonos por el pasillo por el que ha escapado Dominic. Este desciende aún más hacia las entrañas de la tierra, lejos del sol, donde sé que no vamos a encontrar más que muerte.
Ceres avanza unos pasos por delante, atenta a cada sombra, a cada baldosa, a cada recoveco sospechoso. Lyra camina en silencio a mi derecha, con sus manos firmes sujetando el arco y la última de sus flechas. Yo cierro la marcha, comprobando que lo único que nos sigue es el eco de nuestros pasos.
El corredor parece girar bruscamente hacia la izquierda más adelante y veo cómo el pasillo se tiñe de un color más azulado, propio de la luz mágica y no de las antorchas.
Ceres se detiene de golpe, echándose una mano a la frente.
—Está cerca… —murmura—. El tótem… está más adelante. Siento la presión.
Lyra parece querer acercarse a socorrerla, pero se para en seco.
—¡Evans! —exclama—. No…
La calma que había conseguido mantener, de nuevo, vuelve a diluirse en pánico y sale corriendo. Pero esta vez reacciono rápido y la sigo de cerca.
Corremos unos cuantos metros más antes de llegar a nuestro destino.
Y el aire cambia. No es solo el olor… sino el peso. Un ambiente denso, similar al que notamos en las cloacas, donde el mal lo impregnaba todo.
La sala de sacrificios se abre ante nosotras como una herida abierta, llena de sangre y dolor. Otra vez una sala amplia y circular, excavada en la tierra, donde han arrancado la piedra a golpes para crear este profano lugar. La luz azulada que se filtraba por el corredor nace aquí: emana de los ojos de una enorme estatua de Urkhos que nos contempla desde el fondo de la estancia. Su luz se expande por toda la sala, pulsando con un brillo frío y enfermizo que, reflejándose en la sangre fresca que baña el suelo, hace que reluzca con un tono verdoso.
Los ojos me escuecen por lo insoportable del olor.
A un lado, apilados sin ningún tipo de respeto, están los cuerpos de las innumerables víctimas de la secta. Aunque algunos parece que llevan aquí unos días, muchos de ellos parece que fueron sacrificados no hace más de unas horas. Ni siquiera les preocupa deshacerse de los cuerpos.
Están sacrificando en masa… y esta es la finalidad de este lugar. Puedo verlo claramente cuando me percato de que no estamos ante uno, sino ante tres tótems. Tres pilares de madera negra y retorcida, incrustados de huesos y metal para darles esa forma tan abominable, con esa cabeza cadavérica que mira hacia su víctima, esperando su recompensa.
Y no están vacíos. Amarrado al de la izquierda se encuentra Rurik.
Está atado con los brazos extendidos, las muñecas clavadas a la madera con grilletes que parecen fundidos al propio tótem. Su cabeza cuelga hacia delante, el rostro cubierto de sangre seca. Tiene el torso desnudo, atravesado por cortes rituales recientes que aún supuran lentamente. Pero respira. Su pecho sube apenas un milímetro.
El de la derecha sostiene a Evans, y su visión hace que Lyra se pare en seco.
Parece que aún sigue consciente.
Tiene el rostro hinchado, un ojo completamente cerrado, los labios partidos. Su camisa está empapada en sangre y algo oscuro ha sido dibujado sobre su piel con trazos deliberados. Sus brazos están extendidos igual que los de Rurik, pero su cabeza se alza lo suficiente como para mirarnos.
Y cuando sus ojos encuentran a Lyra, puedo ver cómo una mezcla de alivio y dolor se dibuja en su rostro.
—Lyra… —logra articular.
Entonces me fijo en el tótem central y en la figura que hay atada en él. El corazón me deja de latir cuando reconozco a la mujer amordazada que me mira con el miedo y la incomprensión dibujados en sus ojos.
Mirabel.
Mi maestra.
Tienen a Mirabel y no lo sabíamos… Yo no lo sabía…
¿Cómo es posible?
Un sonido seco me obliga a apartar la mirada de ella. Dominic está ahí, de pie ante los tótems, con un bastón ritual en una mano y un cuchillo en la otra. El medallón que lleva en el pecho brilla con una luz inestable, como si latiera demasiado deprisa.
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Editado: 16.03.2026