Prepárate para el golpe, Lyra.
Es el único pensamiento coherente al que consigo aferrarme tras la vorágine de sucesos que estamos viviendo. Lo único que hace que me detenga en seco y me tense antes de llegar hasta Dominic.
Pero el golpe de poder no llega.
Puedo ver cómo el sectario extrae con sádica satisfacción la daga del pecho de Mirabel y cómo el cráneo retorcido que descansa en la cima del tótem y que contempla con sus cuencas vacías a su víctima, empieza a erguirse, hasta mirar al frente. Sus ojos empiezan a brillar con la misma luz enfermiza con la que brillaron los del tótem del orfanato. Pero el estallido de poder que vivimos allí no se produce.
Esta vez lo que ocurre es algo muy distinto. En el momento en que Mirabel exhala su último aliento, la luz no se expande, se curva. Se estira como un hilo de poder puro que se tensa en el aire hasta encontrar el pecho de Dominic. Este lo recibe sin miedo, abriendo los brazos como si estuviera dando la bienvenida a una bendición largamente esperada.
—¡El poder es solo mío! —proclama con fervor cuando el haz de luz se extingue al hundirse en su pecho—. Ya no podéis robarlo. Mi señor no lo consiente.
Dominic retrocede hacia el centro de la sala mientras se contempla las manos, evaluando la magnitud del poder recibido. El medallón que cuelga de su cuello empieza a palpitar con violencia, golpeando contra su torso como un segundo corazón.
Y entonces Ceres grita.
No es un grito de dolor, ni de advertencia. Es puro miedo.
Me doy la vuelta y la veo en el mismo sitio donde se ha quedado clavada hace unos minutos. Pero ya no está de pie, sino completamente encorvada y de cuclillas, con las manos en la cabeza y la vista fija en un punto vacío donde no hay nada. Y, aun así, veo el terror en sus ojos.
—No…no…—balbucea entre dientes mientras sacude la cabeza con violencia—No quiero…
Pero sus sollozos no son los únicos que recorren la sala.
Lidia corre hacia el tótem central con lágrimas en los ojos. Ni siquiera mira al sectario al pasar junto a él. Solo tiene ojos para Mirabel.
—¡No!¡No…! —llora mientras la veo aferrarse al cuerpo inerte de su amante, tirando de él, como si pudiese arrancarlo de las garras del tótem a base de pura desesperación—. Mirabel…mi amor…no…por favor…
Sus manos buscan la herida, intentando contener la sangre que ya apenas fluye. Pero no hay nada que hacer. Y cuando Lidia lo entiende, el sonido que sale de su garganta no es un grito de angustia, sino un lamento intenso y roto, fruto de la comprensión y la perdida.
Y eso último es lo que me hace reaccionar. Salir de esta parálisis provocada por el shock de los acontecimientos y seguir corriendo hasta colocarme entre Dominic y el tómen donde mantiene a Evans prisionero.
Desde donde me encuentro puedo ver a Diana, con el escudo en alto, como si también hubiese esperado el golpe de poder que no ha llegado. Está completamente lívida, con la mirada fija en el cuerpo de su maestra muerta. Todavía incapaz de reaccionar.
A mí ya no me quedan flechas, pero aún tengo la varita de proyectiles. Me niego a terminar como Lidia, aferrada a lo que queda de su amor. Voy a luchar por el mío con uñas y dientes. Así que apunto a Dóminic, que aún saborea su nueva sensación de poder.
—¡Nexvar thol! —pronuncio las palabras de mando y los proyectiles salen volando hacia mi objetivo.
Cruzan la sala como relámpagos y se estrellan en el pecho de Dóminic con golpes secos, haciéndole tambalearse hacia atrás. Durante un instante observa los agujeros que han abierto en su túnica, casi con curiosidad, antes de sonreír.
—Esto habría sido un inconveniente hace unos minutos —dice.
Yo ahogo un grito de rabia y vuelvo a dispararle, pero ni siquiera parece dolerle. Tan solo consigo hacerle perder el equilibrio por el impacto.
En ese mismo instante Ceres vuelve a chillar, como si algo estuviera rompiéndose dentro de su mente y esto hace que Diana también reaccione por fin.
—Ceres… —alcanza a decir mientras se acerca a ella con la intención de ayudarla.
Dóminic también se vuelve para observarla y su sonrisa se ensancha.
—Ahora lo entiendo. Urkhos te está castigando —continúa con desprecio, señalando a Ceres—. No eres más que una débil mujer que creía que podía controlar su poder. ¡¡Pero no puedes!!
Luego se vuelve hacia nosotras.
—Ninguna podéis —sentencia—. Este poder os supera. Así que dejadme que os alivie de su carga.
Entonces alza el bastón ritual.
La madera negra parece vibrar en su mano cuando lo levanta hacia los montones de cuerpos que se pudren en los rincones de la sala.
—Urkhos, señor de la carne corrupta —declama con voz firme—. Que aquellos que han sido ofrecidos en tu nombre vuelvan a alzarse para luchar por ti.
Clava el bastón contra la piedra con un golpe seco.
—Obedeced a vuestro señor —ordena—. ¡Ahora!
Durante un instante no ocurre nada.
Luego uno de los cadáveres amontonados junto a la pared mueve los dedos. Otro gira la cabeza de un modo antinatural, con un chasquido húmedo. Un tercero empieza a incorporarse lentamente, como si algo invisible tirara de sus huesos desde dentro.
#6429 en Fantasía
#6887 en Otros
#962 en Aventura
aventura fantasia, aventura amigos, fantasia epica investigacion
Editado: 31.03.2026