Oigo los gritos…
Es lo primero que recuerdo. Los gritos de padre desde el salón.
Una noche más le está gritando a Caelum. Y eso siempre me da miedo, porque mi hermano siempre le replica, empeorándolo todo.
—Calla… calla… —susurro—. Ahora no… por favor… calla.
Estoy en el pasillo principal, donde me he agazapado. Mi padre me ha mandado a mi habitación después de que Caelum le contara que había salido a la ciudad con Efrey, el mozo de cuadras. Pero me he quedado escuchando.
A mi padre no le gusta que nos relacionemos con los hijos del servicio… ni con nadie que no sea de la nobleza. Y eso me pone triste, porque aquí no tengo con quién jugar. Excepto con Caelum.
Pero él ya es mayor y me dijo que, si padre volvía a gritarle, se iría.
No quiero que se marche.
Recuerdo la angustia de ese pensamiento.
Entonces mamá me encuentra ahí, quieta, y me riñe para que vaya a mi habitación.
Siempre me está riñendo. Dice que los Valtheris debemos comportarnos acorde a nuestra nobleza y rango. Pero yo no entiendo esas cosas, más allá de que me hacen llorar.
Como ahora, que vuelvo a estar en mi habitación sola y a oscuras, con lágrimas en los ojos, hasta que me duermo.
Pero no por mucho tiempo.
Me despierto con una punzada de angustia.
¿Y si Caelum se ha marchado?
Dijo que lo haría si volvía a pasar.
No puedo dejar que se marche.
Noto el frío suelo en mis pies cuando bajo de la cama.
Es noche profunda, pero la luz de la luna se filtra por los barrotes de mi ventana, proyectando sombras alargadas como serpientes oscuras que reptan por las paredes.
Siempre me dan miedo.
Cuando me despierto y las veo, aunque corra las cortinas, siguen ahí. Entonces me escondo bajo las sábanas…
Pero hoy no voy a esconderme.
Tengo que salir a buscarlo, aunque mis padres no consientan que salga. No les gusta que les contradiga. Pero las paredes de esta casa sin mi hermano me dan más miedo que sus reprimendas.
Fuera de mi cuarto está oscuro. No hay ventanas ni lámparas.
Siento la piedra en mis dedos, fría y rugosa. En plena noche todo se vuelve un laberinto de pasillos y escaleras.
Creo que me he perdido.
Sí… estoy perdida.
Me siento en el suelo, abrazando mis rodillas, llorando en silencio.
Entonces escucho algo. Unos susurros. Alguien en algún lugar está despierto como yo.
¿Será mi hermano?
Los murmullos trazan un camino que me lleva hacia abajo. Escaleras y más escaleras, hasta donde los pasillos se estrechan y los muebles escasean.
Y entonces llego.
Hay una luz al final, tras una cortina, que danza al ritmo de un cántico extraño y rítmico. No entiendo las palabras, pero me atraen inevitablemente.

Alguien ríe muy bajito… o tal vez sea un sollozo.
El aire huele a cera derretida, a flores marchitas y a algo más… algo metálico.
Estiro la mano y cruzo la cortina.
Me duelen los ojos. Los colores son demasiado intensos: negros, dorados, escarlatas que me queman. Apenas distingo siluetas que se mueven, danzando alrededor de una estatua grotesca de miembros contorsionados.
El suelo está resbaladizo.
Me caigo de bruces.
Ahora mis manos están mojadas. Trato de secarlas en mi camisón, pero este se tiñe de rojo y mis dedos siguen sucios.
Levanto la cabeza, temiendo por un momento que me hayan visto.
Pero no.
Las figuras de la habitación siguen entonando aquel cántico extraño. Sus rostros están ocultos por las sombras y ninguno mira en mi dirección.
Y entonces lo veo.
En ese momento no sabía qué era, pero ahora lo sé… lo reconozco.
El tótem.
La madera negra se alza en el centro de la estancia, retorcida como si hubiese crecido torcida desde la propia tierra. Huesos y fragmentos de metal sobresalen de su superficie, y en lo alto descansa un cabeza ósea que parece observar el suelo con sus cuencas vacías.
Contemplarlo me llena de miedo.
Nunca había visto algo tan horrible.
Hay alguien atado a él.
Al principio no entiendo lo que estoy viendo. Solo distingo una figura inclinada hacia delante, con los brazos extendidos y las muñecas sujetas por anillos de hierro.
La cabeza cuelga.
El cabello oscuro le cubre el rostro.
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Editado: 31.03.2026