La realidad se ha vuelto densa a mi alrededor. Como si estuviese sumergida bajo el agua y todo ocurriese con una lentitud suave y, a la vez, desgarradora.
Sentir el filo de la traición de la dama Lidia, contemplar cómo el alma de Mirabel era arrancada y deformada por Dominic, presenciar cómo el poder resultante era capaz de controlar esos pobres cuerpos torturados… y usar toda la fe que me resta para devolverlos al infierno, donde merecen estar… Todo ello ha hecho que el mundo, de repente, se vuelva lento y silencioso.
Observo con impasividad cómo Lidia llora, agazapada a los pies del tótem donde hace un momento estaba atada Mirabel. Puedo verla intentar agarrar las cenizas en que se han convertido sus restos, como si con ese inútil gesto pudiese recomponerla.
Pero no puede.
Jamás podrá… No hay magia capaz de hacerlo, pues su alma ha sido destruida.
¿Debería sentir rabia? Verla ahí, sucia y encorvada, abandonada por nuestro dios y llorando la pérdida de su amor ya es suficiente castigo para ella. Lo único que debería sentir es lástima.
Pero ahora mismo ni siquiera soy capaz de sentir eso.
Solo siento cansancio y una terrible sensación de ir a la deriva.
Entonces algo rompe ese silencio.
Un sonido seco. Metálico.
Al principio no sé identificarlo. Mi mente se resiste a salir de ese letargo espeso en el que me he refugiado. Pero luego llega otro estímulo.
Desde el fondo de la sala, escucho a Evans gritar.
—¡Lyra…! ¡Nooooo!
Me doy la vuelta para darme cuenta de que el bardo sigue atado al tótem. Busco de inmediato con la vista a Lyra.
Durante un segundo, no entiendo qué estoy viendo. Ceres está frente a Lyra, apenas a un paso de ella. Tiene el brazo extendido y la postura tensa. Y entre ambas puedo ver brillar el arma de Ceres.
El tiempo vuelve de golpe cuando Ceres empieza a sollozar.
—Lyra… no… no…
Lyra se tambalea y Ceres la agarra de la cintura, intentando mantenerla en pie.
—No… no… no… —gimotea.
Entonces la sangre empieza a manar del pecho de Lyra y todo encaja.
Dejo caer el escudo y la maza al suelo y corro hacia ellas.
—Lo siento… lo siento… —murmura Ceres mientras desliza el cuerpo de Lyra hasta el suelo, donde queda tumbada e inmóvil.
—¡¿Qué has hecho?! —le grito cuando llego hasta ellas.
Pero no hace falta que responda. Ahora puedo ver claramente cómo la empuñadura de una de sus dagas sobresale del pecho de mi amiga.
Me dejo caer junto a ella y aparto a Ceres sin cuidado.
—¡Déjala! —le digo con sequedad.
Mis manos ya están sobre el cuerpo roto de mi amiga. Un pequeño hilo de vida la mantiene aún en este mundo, pero es apenas un susurro que se apaga a cada segundo. Observo con terror cómo la daga está clavada justo en su corazón. Si la saco… se desangrará. Si la dejo, morirá de todas formas.
—Diana… —llora Ceres a mi lado—. Haz algo…
Agarro la empuñadura de la maldita arma y tiro de ella hacia fuera para extraerla con cuidado. Lyra emite un gemido apenas audible cuando la hoja abandona por fin su cuerpo. Entonces la lanzo lejos de nosotras, como si ese simple gesto borrara todo el daño que acaba de hacer.
La sangre empieza a manar de la herida como un torrente incontrolable. Ceres se lanza hacia delante para presionarla con ambas manos. Yo coloco las mías encima de inmediato.
—Tienes que curarla —me pide Ceres.
Asiento, aunque no estoy segura de a quién intento convencer. Soy consciente de que estoy agotada… no solo físicamente. La expulsión me ha dejado vacía.
Cierro los ojos un instante y aferro el símbolo de Péloran con la mano ensangrentada. Busco los restos de mi poder y lo invoco, como he hecho tantas veces. Pero no está… o tal vez sí, pero tan débil que apenas lo siento. Es un eco lejano, escaso. Aun así, trato de canalizarlo.
—Mi señor Péloran —invoco—. Que tu luz sane esta herida.
La mano que tengo sobre la herida brilla con debilidad durante unos segundos y luego se apaga. Eso es todo cuanto he sido capaz de canalizar.
Y no es suficiente.
Durante un breve instante, parece que la hemorragia se detiene, pero enseguida veo cómo la sangre se cuela entre mis dedos de nuevo, caliente e imparable.
—No puedo —sollozo.
Ceres aprieta con fuerza la herida, como si sus manos pudiesen retener la vida dentro de ella. Pero no funciona.
—¡Tienes que hacerlo! —me grita Evans desde el tótem.
—Yo… no puedo…
Entonces un susurro se cuela entre tanta desesperación.
—Diana… —La voz de Lyra es apenas un suspiro.
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Editado: 28.04.2026