Escarlata Rebelde

61.Lyra

Floto a la deriva en un limbo atemporal.

Sin pasado.

Sin futuro.

En la nada más absoluta.

No siento dolor ni frío.

No siento nada más allá del vaivén de las olas de este inmenso mar de tranquilidad.

A mis espaldas noto el rumor de una tormenta, pero su rugido apenas es un susurro imperceptible. En algún momento sentí miedo de ella, o tal vez es una sensación que está por llegar. Es difícil saberlo mientras navego en un lugar donde el tiempo no existe.

No puedo saber cuánto llevo aquí: tal vez segundos, tal vez toda una era.
Aquí esas cosas han dejado de importar. También todo lo demás.

Los recuerdos se escapan de mi ser. Fluyen y se entremezclan sin sentido, formando imágenes inconexas a mi alrededor, algunas de las cuales empiezan a diluirse.

Y siento que yo me disuelvo con ellas…

Me sumerjo lentamente en la nada.

Ahora ya no escucho el eco sordo de la tempestad tras de mí. Solo hay quietud y paz.

Entonces una calidez me envuelve y creo percibir algo más allá de esa calma. Unas notas sostenidas en la distancia, demasiado débiles para distinguirlas, pero imposibles de ignorar.

Al principio son un murmullo tenue. Tonos dispersos que aparecen y desaparecen entre la niebla de mi memoria. Las siento como gotas de lluvia golpeando la superficie de este mar infinito.

Las notas me acarician con suavidad, deslizándose por mi esencia poco a poco, cada vez más claras. Se enlazan entre ellas hasta formar una melodía sencilla y acogedora.

No la reconozco… O tal vez sí… pero ya la he olvidado.

Y aun así, algo en mi esencia responde. La parte de mí que aún sigue existiendo aquí se aferra a ella y siento cómo tira de mí con una delicadeza imposible de rechazar.

El mar inmóvil sobre el que floto empieza a cambiar. Su superficie comienza a ondular al compás de la canción, cuya melodía se ha convertido en un adagio lento y suave.

Y entonces los fragmentos de recuerdo que levitan a mi alrededor también empiezan a cambiar. Revolotean y danzan, y algunos de ellos vuelven a recomponerse. Al principio en fragmentos pequeños y lejanos: una taberna abarrotada, unas maracas en un cajón, el sonido de unas risas, cinco mujeres conversando alrededor de una mesa, gente que aplaude, sangre vertida sobre arena…

Nuevas notas se incorporan a la melodía y el ritmo cambia hasta convertirse en un andante pausado y envolvente. Nuevas imágenes giran a mi alrededor: una carta escrita con prisas, una mujer de pelo corto que agarra mi mano mientras otra, de profundos ojos negros, nos sonríe y bromea.

Siento una gran cercanía al contemplarlas, pero también una enorme nostalgia.

Y entonces otro fragmento me muestra unos ojos verdes, una sonrisa cansada, una voz burlona demasiado cerca de mi oído… y una oleada de amor y desazón me golpea.

La melodía cambia de golpe.

Las notas se elevan y el andante da paso a un allegro frenético y luminoso que me hace estremecer.

Los recuerdos empiezan a precipitarse a mi alrededor: combates, lágrimas, canciones, pérdidas, promesas, besos, manos aferrándose a las mías.

Todo gira a mi alrededor.

Todo canta.

Y la melodía sigue expandiéndose. Más y más, hasta convertirse en un crescendo imposible que amenaza con desgarrar lo poco que queda de mí.

Es demasiado… Solo puedo encogerme mientras soy arrastrada durante lo que parece una eternidad… o tal vez apenas ha sido un suspiro.

Siento que voy a desaparecer, arrastrada por la vorágine de recuerdos y música que me golpean como una ola contra el acantilado.

Y entonces… tres notas atraviesan el caos.

Claras.
Firmes.
Perfectamente reconocibles.

La música se detiene de golpe a mi alrededor.

Ante mí, las imágenes empiezan a recomponerse una última vez.

Primero veo unos risueños ojos negros observándome desde las sombras. Ya no hay miedo ni distancia en ellos, solo cercanía.

Ceres.

Luego aparece una figura bañada en luz cálida, firme incluso cuando el mundo se derrumba a su alrededor.

Diana.

Y finalmente él.

Una sonrisa dulce antes de un beso.

Unas manos sujetando las mías con fuerza, como si temiera perderme incluso en aquel lugar imposible.

Evans.

Y por primera vez desde que llegué aquí… recuerdo quién soy.

Aún sigo aquí… y ellos siguen esperándome.

Mi canción aún no ha terminado.

Lo primero que siento es el peso.

Pero no se trata de un peso ajeno, sino del mío propio.

El peso de mis brazos reposando a mis costados. El de mis piernas estiradas bajo las mantas que me cubren.




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