Puedo oír las voces murmurar entre sí.
Es un parloteo incesante que reverbera en el fondo de mi cabeza. Como si me observasen. Como si hablasen de mí.
Durante todos estos años me había preguntado por qué…
Por qué yo. Por qué a mí.
Qué pieza se había roto para que ellas ocupasen su lugar ahí. Siempre acompañándome, siempre intentando obligarme a hacer su voluntad, y muchas veces consiguiendo que así fuera.
No soy estúpida. Siempre temí saber la verdad sobre su origen y ahora entiendo por qué ellas peleaban tanto por ocultármela.
Porque la verdad es mucho más aterradora de lo que esperaba.
Y duele tanto…
Años de dolor suspendido en el olvido, esperando ser recordado. Y ahora es real.
Comprender que Caelum nunca me abandonó. Que no huyó de casa. Que no sigue vivo en algún lugar, alejado de nuestra familia, del mismo modo que hice yo en cuanto pude. En cuanto las voces me empujaron a hacerlo.
Asimilar que está muerto… y aun así no podía recordarlo.
Su muerte fue el origen de esta maldición que habita mi mente.
Las imágenes regresan una y otra vez, aunque intente apartarlas. La máscara de calavera. Los cánticos. La sangre cubriéndome las manos infantiles mientras intentaba arrancar aquella daga de su pecho, el haz de luz rodeando mis dedos heridos.
Trago saliva con dificultad y me encojo un poco sobre mí misma. Sentada en un rincón de esta habitación, creo enloquecer de nuevo cada vez que lo revivo.
Tal vez sería preferible…
Las voces se revuelven y los susurros se intensifican. Una voz se abre paso entre los murmullos, después de tantas horas apartada de mí. Una voz más calmada, más cálida.
Vas a morir de hambre.
Tal vez sea lo que merezca tras lo que le he hecho a Lyra.
No puedo recordar la sensación de la hoja hundiéndose en ella, pero no he olvidado el tacto de la empuñadura entre mis dedos al volver en mí.
Miro mis manos. La sangre seca sigue pegada a mi piel, acumulada bajo las uñas y en las líneas de mis dedos. Ni siquiera he sido capaz de lavarla.
Tal vez no quiera hacerlo. No quiero hacer nada.
No deseas morir de verdad. Además, no creo que a ella le haga mucha gracia que lo hagas.
En ese momento unos golpes resuenan en la puerta.
No respondo y durante unos segundos no ocurre nada, pero al momento vuelven a repetirse.
—¡Dejadme en paz! —protesto en voz alta—. No tengo hambre.
Desde mi rincón, escucho el leve chirrido de la puerta al abrirse. Maldigo en silencio que en este estúpido templo las puertas no tengan cerraduras.
—He dicho que… —Mis palabras enmudecen cuando veo quién me observa desde la puerta.
Diana está de pie en el umbral y en su rostro puedo ver que estar aquí no es precisamente lo que más le entusiasma.
—Lyra está despierta —dice finalmente.
Puedo notar cómo el alivio afloja cada uno de mis músculos entumecidos. Dejo caer la cabeza hacia un lado, apoyándola contra la pared.
Aunque sus palabras deberían consolarme, no cambian nada de lo que he hecho.
—Deberías estar con ella —respondo con frialdad—, no aquí, cerca de mí.
—Es posible —suspira mientras entra en la habitación y cierra la puerta tras de sí—. Pero a Lyra no le gustaría que volviese sin haber estado aquí antes.
—Pues ya me has visto. Ahora puedes marcharte —le digo señalando la puerta.
Diana tuerce el gesto con disgusto y se cruza de brazos.
—Créeme, eso es exactamente lo que me apetece hacer, Ceres. Pero a nuestra amiga no le va a hacer gracia.
Puedo notar la hostilidad en sus palabras. En cómo me mira, en cómo tensa los dedos alrededor de sus brazos. No merezco menos que eso.
—La apuñalé —le digo al tiempo que la miro a los ojos, esperando a que escupa su ira.
Ella sostiene la mirada mientras el eco de mis palabras se pierde por la habitación. La veo hacer un esfuerzo por mantener la calma.
—Sí —admite al final—, lo hiciste.
—Pues no hay más que discutir —encojo los hombros—, así que vete.
Durante un instante parece que va a largarse, pero finalmente avanza hasta la cama y se sienta en el borde, a un par de metros de mí.
—Ella… —titubea, buscando las palabras adecuadas—. Lyra está preocupada por ti.
—Pues no debería. Debería estar enfadada… debería odiarme… —ahogo mis palabras, incapaz de seguir.
—Tal vez, pero no es así —responde, y la veo pasarse las manos por el rostro cansado antes de suspirar.
—¿Y tú? —pregunto sin rodeos—. ¿Tú me odias, Diana?
Diana baja la vista hacia el suelo y permanece en silencio, meditando su respuesta durante un momento que parece interminable.
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Editado: 15.05.2026