Escarlata Rebelde

63.Diana

63.Diana

Cuando salimos de la habitación en la que se había recluido Ceres, la luz del sol está empezando a caer. Caminamos juntas por los pasillos tranquilos del claustro en dirección a los baños.

Ahora que la rabia inicial ha empezado a apagarse… no sé muy bien qué decirle. Lyra sabe hacer estas cosas mejor que yo, así que me limito a guiarla en silencio mientras doy vueltas a lo que me acaba de contar.

La luz del atardecer tiñe los pasillos vacíos que atravesamos. Este siempre ha sido mi momento favorito del día, cuando de verdad parece que los dedos de Péloran acarician el mundo pintándolo de oro. Esa visión siempre me ha llenado de paz y, aun así, incluso tras saber que Lyra ha despertado, hoy no encuentro sosiego.

El alivio por mi amiga sigue ahí, cálido en algún rincón de mi pecho, pero mezclado con demasiadas otras cosas: el miedo acumulado durante estos dos días, la desesperada traición de Lidia, el recuerdo de las cenizas de Mirabel…

Me doy cuenta de que apenas me he concedido un momento para pensar en lo ocurrido. Ni siquiera lo hice cuando Emirat vino al templo y tuve que informarle de todo.

Recuerdo haber relatado los hechos con una frialdad casi mecánica: los muertos, la destilería, los tótems, el estado de Lyra, la aparición de Lidia y lo que suponía… Como si estuviese hablando de la tragedia de otra persona.

Después simplemente me marché antes siquiera de escuchar del todo su respuesta. Lo único que importaba entonces era volver junto a mi amiga.

Por el rabillo del ojo veo cómo Ceres camina a mi lado, encorvada. La veo abrazarse a sí misma, frotándose los brazos con manos nerviosas. Intento no fijarme demasiado en ellas. Todavía están cubiertas de sangre seca y mirarlas me hace recordar la daga atravesando el pecho de Lyra.

Pero también me trae el recuerdo de Ceres intentando taponar la herida, con lágrimas en los ojos.

Respiro hondo al notar cómo la ira enquistada en mí ya casi se ha disipado.

Finalmente llegamos a los baños. Un vapor cálido se escapa del lugar nada más abrir la puerta. Con un leve gesto le indico a Ceres que pase y después la sigo al interior. Nos encontramos con un grupo de novicias terminando de asearse. Nada más vernos entrar interrumpen su alegre parloteo y lo sustituyen por susurros. Conozco a la mayoría de ellas. Muchas llevan aquí más de dos años.

Puedo ver cómo me miran y cómo la incertidumbre se dibuja en sus ojos. Parece que las noticias sobre lo ocurrido ya empiezan a circular. Al fin y al cabo, no es algo que se pueda ocultar.

Ceres se encoge a mi lado, visiblemente incómoda.

—Rian —le digo a la más veterana de ellas—, ¿seríais tan amables de dejarnos solas?

—Por supuesto, dama Diana —responde haciendo una leve reverencia que imitan todas las demás.

“Dama Diana”.

Sus palabras me sorprenden e incomodan a partes iguales. Durante años ese trato ha estado reservado para la suma sacerdotisa o incluso para Mirabel, como maestra principal. Mujeres que parecían capaces de sostener este templo.

Puedo entender por qué lo hacen, aunque no me agrade.

Lidia perdió el favor de Péloran. Mirabel ha muerto. Y desde que los rumores sobre lo ocurrido en la destilería comenzaron a extenderse, muchas de las novicias me observan como si esperasen encontrar respuestas en mí.

Y ahora mismo no tengo nada que ofrecerles.

Siempre entendí mi lugar junto a Péloran de una forma mucho más simple. Ser una mano

ejecutora de su voluntad. Una llama contra la oscuridad. Curar cuando hiciese falta. Luchar cuando fuese necesario.

Pero liderar… es algo muy distinto.

Mientras se marchan, puedo verlas mirarme con esperanza.

Finalmente nos quedamos solas.

—Puedes limpiarte las manos allí primero —señalo las pilas de piedra junto a la pared—.

Mientras, iré a por toallas y una muda limpia.

Ceres se queda un momento observando el lugar. La veo acercarse despacio, como si se debatiera entre lo que le pido y la creencia de que no merece limpiarse.

Cuando regreso junto a ella, se ha sentado frente a una de las pilas y se está frotando las manos con una fuerza casi obsesiva. Pero la sangre parece seguir ahí, incluso cuando el agua se tiñe de rojo.

Una lágrima fugaz atraviesa su mejilla, pero enseguida se la limpia con la mano, dejando sin querer un rastro de sangre a su paso.

Parece darse cuenta de inmediato.

La veo mirar su reflejo en el agua un momento y entonces vuelve a frotarse las manos con más fuerza.

Demasiada.

La piel de sus nudillos empieza a enrojecerse bajo el agua caliente, pero aun así continúa restregándose una y otra vez.

Me doy cuenta de que ya no se trata solo de la sangre en sus manos cuando sus hombros empiezan a temblar.

Un gemido ahogado escapa de su garganta cuando por fin logra detenerse. Entonces rompe a llorar.

No dice nada. Ni siquiera lo intenta.




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