Escarlata Rebelde

64.Lyra

64.Lyra

Evans permanece en silencio.

Sentado a los pies de la cama, mantiene la vista fija en algún punto del suelo mientras sus dedos juguetean distraídamente con los pequeños hilos que sobresalen de las vendas de su muñeca.

Acabo de contarle todo: lo que vivimos durante la falsa despedida de soltera, cómo volvimos al templo para descubrir que los habían secuestrado y cómo eso me hizo perder la poca entereza que me quedaba. Cómo mis actos nos llevaron hasta los acontecimientos de hace dos noches.

La luz anaranjada del atardecer atraviesa la habitación, perfilando su rostro, que ahora se contrae con seriedad.

Aparto la mirada de él y la dirijo a ese mismo punto que observa, como si pudiese hallar ahí las palabras que está tratando de encontrar. Algo incómodo empieza a retorcerse en mi pecho con cada segundo de silencio transcurrido.

—Dime algo… —murmuro al final.

Evans deja escapar el aire despacio y se pasa la mano por el rostro.

—No sé muy bien qué decir, Lyra —alza la vista hacia mí por fin, pero no puede evitar desviarla un segundo hacia mi cicatriz—. Siento que estos días has pasado por un auténtico infierno. Y no he podido ayudarte.

—Las tres lo hemos hecho —matizo.

—Lo sé —asiente.

Bajo la mirada hacia la manta que cubre mis piernas y entrelazo los dedos sobre ella.

—Por eso no quiero que la odies —le digo al fin—. Si la odias a ella, también tendrás que odiarme a mí.

Lo veo fruncir el ceño ligeramente. Parece que vaya a protestar, pero antes de que diga nada, yo sigo.

—Que me atacase fue consecuencia de lo que sea que le esté haciendo el poder de los tótems. Al igual que también lo fueron todos los horrores que infligí cuando liberé el poder en aquella sala…

—Te estabas defendiendo, Lyra. ¿Qué más podías hacer?

—Exacto —asiento a sus palabras.

Pero aun así, la duda se abre paso en mi interior. ¿Cuánto de lo que hice allí estuvo fuera de mi control? ¿Cuánto fue en defensa propia y cuánto fue por pura necesidad de hacerles daño?

—Lo que intento decir —prosigo, intentando escapar del hilo de mis pensamientos— es que Ceres, de algún modo, también se defendía. Además, se expuso al tótem por mi culpa. Mis actos la obligaron a hacerlo —lamento—. Así que no la odies por eso.

—Después de lo que te hizo, una parte de mí me grita que lo haga —reconoce con honestidad—. Creo que, si no hubiese visto su reacción al final… sí la odiaría.

Suspira y niega suavemente con la cabeza.

—Lo que nunca deja de sorprenderme de ti —prosigue— es que sigues preocupándote más por ella que por ti misma.

Su mirada baja otra vez hacia la cicatriz de mi pecho.

—Yo… —las palabras mueren en mi boca, incapaces de salir, porque quizá tenga razón.

Evans apoya los antebrazos sobre las rodillas y me observa durante un momento. Entonces deja escapar una pequeña risa cansada.

—Supongo que hay cosas que nunca cambian —prosigue mientras se frota la nuca—. Así que, si tú todavía eres capaz de confiar en ella después de todo esto… yo también puedo intentarlo.

—Me alegra oír eso —el alivio dibuja una sonrisa en mi rostro.

Pero esa sensación dura poco cuando otro pensamiento ocupa su lugar.

—¿Y Diana? —pregunto enseguida.

Lo veo alzar las cejas ligeramente.

—¿No puedes evitarlo, verdad? —se cruza de brazos—. Por los dioses, ¡acabas de volver de entre los muertos! Podrías centrarte en descansar, para variar.

—Son mis amigas… mi familia —respondo con un mohín—. Además, solo ha sido una visita fugaz al otro lado.

La broma no tiene el efecto que esperaba y su rostro se ensombrece.

—Lo siento —tiendo la mano hasta alcanzar la suya.

Él deja escapar el aire lentamente y se reclina hasta apoyarse en el dosel de la cama.

—La verdad es que no sé cómo está Diana —admite con sinceridad—. No es que la conozca tan bien.

—Entiendo… —mi pecho se encoge ligeramente.

Él parece percatarse de mi desengaño y se queda pensativo unos segundos, buscando las palabras adecuadas.

—Lo que te puedo decir es que venía a verte constantemente —continúa—. Entraba, comprobaba cómo estabas, algunas veces se quedaba un rato, rezando para que despertases… y después volvía a marcharse otra vez.

—Bueno, eso encaja con la Diana que conozco.

—Creo que el resto del tiempo lo pasaba en la capilla —añade después de un momento—. O al menos siempre parecía venir de allí.

Puedo imaginármela perfectamente, arrodillada frente al altar de Péloran, aferrándose a su fe con todas sus fuerzas.

—Por suerte para ella, nunca va a estar sola. Péloran siempre la acompañará —suspiro tranquila.

—Me da la sensación de que, aparte de vosotras, es lo poco que le queda —observa Evans.




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