Escarlata Rebelde

66.Ceres

No es verdad… no lo es. Existimos… nosotras existimos…

Las voces se retuercen y lamentan en mi cabeza mientras intento seguir escuchando la conversación de la sala.

¡¡Somos parte de ti…!! ¡¡Lo somos!!

Aprieto los dedos contra la mesa y respiro profundamente para intentar apartarlas de mí mientras centro mi atención en Beren.

—Están construyendo un plano artificial —afirma mientras señala el libro.

—¿Eso es posible? —se sorprende Lyra.

—Teóricamente sí —responde Emirat sin apartar la vista de las páginas del libro.

—Según el Codex Planarum —explica Beren—, las almas no están siendo destruidas para generar energía mágica pura, sino que se está usando su esencia para construir y estabilizar un espacio intermedio entre planos.

No es verdad… somos más que simples ladrillos… tenemos que serlo…

Puedo sentir una enorme tristeza emanando de las voces.

—Eso explicaría los ecos espirituales que detectamos —murmura Lidia.

Permanece unos segundos observando el libro antes de negar lentamente con la cabeza.

—No puedo creer que hayamos tenido la respuesta tan cerca todo este tiempo.

—¿A qué te refieres? —pregunta Diana.

—En el templo de Péloran también tenemos una copia del Codex Planarum. Me la regaló Mirabel hace años.

Un gesto de profundo dolor, al mencionar a la maestra, se dibuja en su rostro

—No es algo raro —puntualiza Emirat—. La mayoría de grandes bibliotecas arcanas conservan una copia.

—En su día fue bastante popular —añade Thaella—. Sobre todo, por lo extravagantes que parecían algunas de sus teorías.

—Parece que no eran tan extravagantes después de todo —murmura Lyra.

—No, al parecer no— asiente Beren lentamente antes de volver la vista hacia mí—. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde lo que te ocurrió?

—Unos veinte años —respondo.

—Dioses… —susurra Delesli.

Puedo ver cómo los demás sacerdotes parecen alarmarse por mis palabras.

—Eso es más que suficiente para lograr su cometido —expone Emirat—, si tenemos en cuenta que posiblemente lleven incluso más tiempo.

—Podría ser, sí —ratifica Beren, que vuelve a mirarme—. Creo que cuando el haz de luz te tocó, estableciste una conexión directa con ese lugar.

Noto cómo un escalofrío me recorre lentamente la espalda. Las voces vuelven a agitarse en mi mente.

No le escuches. Solo quiere confundirte. ¡Confundirnos! Nosotras siempre hemos estado aquí, contigo.

—¿Estás diciendo que conecté con lo que sea que están construyendo?

—Sí. O al menos con la parte de él que ya existía por aquel entonces —responde el mago.

—Entonces… ¿qué son las voces de mi cabeza? —pregunto en voz baja.

Beren guarda silencio unos segundos antes de responder.

—Probablemente sean residuos conscientes de las almas atrapadas durante el proceso.

La palabra “residuos” hace que algo se sacuda violentamente dentro de mi cabeza.

No somos residuos… no somos cosas…

Aprieto los dientes con fuerza.

Siempre pensé que estaba maldita, o incluso loca… pero esto no. Esto es distinto.

—Entonces ¿por qué siguen con ella? —pregunta Lyra, claramente incómoda.

Beren baja lentamente la mirada hacia mis manos.

—Cuando la energía ritual atravesó sus heridas, una pequeña fracción de esas almas quedó anclada a su esencia.

Siento un nudo formándose lentamente en mi estómago.

—¿Quieres decir que esas almas están… dentro de mí?

—En cierto modo, sí —responde Beren con calma—. Más bien quedaron adheridas a ti. Como fragmentos residuales de una conexión planar incompleta. Además, de algún modo, creo que parte de esa conexión no llegó a cerrarse del todo.

Noto cómo mis manos empiezan a temblar.

No puede ser.

Caelum… el alma de Caelum podría estar atrapada.

—Eso explica por qué las voces son más intensas cuando estamos cerca de un tótem —reflexiona Diana.

El silencio vuelve a extenderse por la sala.

—Además, creo que los tótems podrían actuar como puntos de anclaje entre nuestro mundo y ese lugar artificial —observa Emirat.

—Pero los destruimos —interrumpe Lyra.

—Así es —interviene Thaella—. Habéis destruido parte de ellos. Pero es posible que haya más cuya existencia desconozcamos.

—Como el que había en mi casa —observo con pesar.

El que estaba utilizando esa mujer cuyo rostro me resultaba familiar. ¿Tal vez alguna sirvienta que no consigo recordar?




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