El apartamento en el que nos encontramos tiene unas vistas perfectas del recinto del orfanato.
Apoyada en el alfeizar, observo el ir y venir de la calle contigua. A mi lado, Evans revisa algunos de los pergaminos que nos ha entregado Emirat «por si acaso». Ceres permanece callada en un rincón, afilando con cuidado el filo helado de su arma. Diana, en cambio, se pasea nerviosa por la sala, haciendo que su armadura chirríe a cada paso.
Vuelvo a fijarme en Evans. Han pasado tres días desde la reunión. Tiempo suficiente para que los sanadores hayan dejado su brazo a punto, a pesar de no haber parado quieto. Apenas ha estado en el templo, inmerso como estaba en su misión de remover el avispero.
Ojalá hubiese podido ayudarle, pero tras la reunión convinimos que lo más prudente era escondernos bajo la tutela de Emirat hasta que todo estuviese listo.
Y ese momento ha llegado.
—¿De quién decías que era este apartamento? —le pregunto a Evans, intentando buscar una excusa para distraerme.
Él se vuelve para mirarme y el arco de su ceja se eleva cuando responde.
—De una amiga.
—Ya… de una amiga —resoplo—. ¿Qué tipo de amiga?
Evans guarda el pergamino que estaba leyendo y se cruza de brazos.
—Del mismo tipo de amiga que los que tú tenías de vez en cuando —responde algo ofendido—. ¿Nos estamos juzgando, Rutkowsky?
—¿Yo? —levanto los brazos inocentemente—. Lidamar no lo quiera.
Él se acerca despacio y rodea mi cintura mientras me mira con aire divertido.
—Si quieres, te puedo contar cómo he conseguido que nos lo deje hoy —me dice con voz sugerente.
—No sé si quiero saberlo —respondo con un mohín.
Rompe en carcajadas.
—Nada de lo que debas preocuparte. Algún guiño por aquí, un poco de sugestión por allá. Por muy poco no fui el primero de mi clase, ¿recuerdas?
Echo mano a la bolsa que cuelga de mi cinturón.
—La diferencia hubiese sido mayor si no me la hubieses jugado con estas —le digo mientras le muestro las maracas que tan amablemente dejó en mi cajón aquel día.
Las contempla como quien contempla un trofeo.
—Y aun así siempre las guardaste.
Yo también me las quedo mirando un segundo.
—Me recuerdan de lo que soy capaz a pesar de las circunstancias.
—Oh… ya veo... —detecto un brillo de decepción en sus ojos.
—Y también me recordaban a ti —añado.
Me estudia con detenimiento, buscando algún resquicio de mentira en mis palabras, hasta que parece quedarse satisfecho. Después se inclina despacio y me besa con suavidad.
Un carraspeo exageradamente sonoro atraviesa la habitación.
Nos separamos al instante.
—¿Os importaría recordar que estamos a punto de infiltrarnos en el nido de una sectaria fanática? —pregunta Diana desde el otro extremo de la sala.
Noto cómo Ceres intenta aguantar la risa desde su esquina.
—Mis disculpas, señora —responde Evans con teatralidad.
Por un momento yo también estoy tentada de replicarle, pero termino conteniéndome cuando comprendo que todas estamos nerviosas y cada una intenta canalizarlo como puede.
Miro el reloj de la pared para comprobar que apenas quedan diez minutos para la hora acordada. Después vuelvo la vista a la calle, que parece igual de tranquila que hace un rato.
—¿Crees que acudirán? —No puedo esconder la preocupación en mi voz.
—Lo harán —me tranquiliza—. La gente ahí fuera está más harta de lo que pensábamos. Vendrán.
Durante unos minutos más continúo observando la avenida, que sigue prácticamente vacía más allá de algunos transeúntes que cruzan de acera, un vendedor ambulante que empuja su carro y un par de guardias que patrullan cerca de las puertas del recinto.
Nada más.
Diana deja de pasearse por la habitación y se acerca también a la ventana.
—¿Estás seguro de que era a esta hora? —pregunta.
—Sí —responde Evans con tranquilidad—. Dadles tiempo.
Y poco a poco comienzan a aparecer.
Al principio no son más que tres o cuatro personas que se acercan al lugar con mirada nerviosa. Al momento son una docena más. Luego varias decenas.
Algunos llevan brazaletes carmesí. Evans nos explica que es el color que ha adoptado el movimiento. Simbolizan la sangre del pueblo, contraria a la sangre azul.
Con el paso de los minutos se forman pequeños grupos alrededor de la puerta de hierro que marca los límites del recinto. Algunos señalan el edificio mientras otros discuten entre sí.
Poco a poco el gentío va creciendo. Y sigue creciendo hasta que resulta imposible ignorarlo. Imposible para nosotras e imposible para la guardia real. Desde la ventana distingo varios grupos de soldados aproximándose desde distintos puntos de la avenida.
#7240 en Fantasía
#7626 en Otros
#1119 en Aventura
aventura fantasia, aventura amigos, fantasia epica investigacion
Editado: 27.06.2026