Escenas Extras

Extra #1 Imperio De Mentiras

Liana

Las risas de Nikolai resonaban por todo el patio cubierto de blanco. Mi hijo adoraba el invierno. Cada mañana se despertaba cuando salía el sol, se abrigaba con lo primero que encontraba y corría al exterior para hacer angelitos o armar un muñeco de nieve.

Andrei y yo le explicamos que podría enfermarse, pero no había manera de convencerlo de que permaneciera encerrado en la casa, así que lo dejábamos ser y era un niño increíblemente feliz. ¿Cómo podríamos negarle algo cuando sus sonrisas iluminaban nuestros días?

Nikolai era un niño alegre, inocente, bondadoso. Aún no había conocido la maldad de la mafia y esperaba que así fuera por mucho tiempo. Mi esposo y yo tuvimos una seria conversación sobre el tema. Al ser heredero del imperio Stepanov, cumpliría con ciertas obligaciones cuando se convirtiera en un adulto, pero mientras tanto, disfrutaría su infancia cómo era debido.

Nada de sangre, violencia ni terror. Nikolai estaba siendo criado en un ambiente sano.

Me apoyé contra el marco de la puerta, sosteniendo una humeante taza de café y lo miré con ternura. Sus mejillas estaban sonrojadas por el frío y sus risitas eran contagiosas. De vez en cuando levantaba la cabeza para atrapar los copos con la lengua, convencido de que tenía un misterioso sabor. Mi niño era tan bueno que no me cabía en el pecho el orgullo que sentía por él.

También era sobreprotector con las personas que amaba, muy obediente y leal. Cada vez que su pequeña hermana lloraba hacía lo imposible para calmarla. Le compartía sus juguetes y durante las noches inventaba historias para que Sofia pudiera dormir. A veces deseaba que nunca creciera y siguiera siendo este hombrecito tan amoroso que conocía.

Lamentablemente el destino tenía otros planes. Sabía que tarde o temprano se convertiría en un hombre hecho, conocería a la mujer de sus sueños y seguiría los mismos pasos que su padre en la mafia. Nikolai estaba destinado a convertirse en el próximo Pakhan.

Solo esperaba que fuera feliz con cualquier decisión que tomara.

—¡Mami! —exclamó Nikolai, señalando el horrible muñeco de nieve que había hecho—. ¡Mira, mira! ¡Este es mucho mejor! ¿No? ¡Dime que sí!

Me reí entre dientes y coloqué un mechón de pelo detrás de mi oreja. No iba a decirle que seguía siendo un pésimo creador de muñecos de nieve. Ese ni siquiera tenía forma.

—Tienes razón, cariño —mentí—. Ese sí es un muñeco de nieve. ¡Bien hecho!

—¡¡Sí!!

Negué con la cabeza y bebí un sorbo de café. Andrei tenía que estar aquí pronto. Había pasado la noche fuera de la casa por negocios. El primer año de casados tuvimos muchas peleas sobre eso. Yo odiaba que pasara tanto tiempo lejos de mí, pero no podía hacer nada al respecto.

Me casé con un hombre atado a la bratva. Era aceptarlo o vivir enojada el resto de mi vida. Amaba a Andrei. Lo amaba tanto que estaba dispuesta a caminar entre las llamas del infierno a su lado. Yo era la mujer del diablo de Rusia.

Una ligera llovizna sacudió los árboles y me apresuré a recoger a mi hijo. Nikolai protestó cuando lo cargué en mis brazos y regresé a la sala. Sacudió sus piernitas de un lado a otro, haciendo berrinches. Cesare nos miró aburrido antes de bostezar y volver a dormirse sobre la alfombra cerca de la chimenea. La vejez le estaba pesando. Ya no jugaba tanto.

—¡Aún no terminé el muñeco de nieve, mami! —chilló Nikolai.

Froté su espalda y le besé el pelo. Se calmó al instante mientras lo dejaba en el sillón frente a la chimenea. Esa pequeña nariz estaba roja por el frío, pero sus ojos verdes se iluminaron. Era tan dolorosamente hermoso que me costaba creer que era mío. Era una versión más pequeña de Andrei.

—Cariño, te prometo que mañana vas a hacer unos nuevos —Me puse de cuclillas y le sonreí con suavidad—. Ahora te quedarás aquí y beberás un poco de chocolate caliente. Tu favorito, ¿sí?

Su rostro estalló en una enorme sonrisa que podría acabar con los días grises de Moscú.

—¡Sí! —espetó con alegría—. ¿Cuándo regresará papi? ¡Lo extraño!

—Pronto, amor —Le alboroté el cabello—. Ahora vamos a pasar la mañana con tu abuela Zaria.

Nikolai levantó sus puñitos de alegría y en ese instante entró la madre de Andrei con mi pequeña en sus brazos. Ella amaba a Nikolai, pero era un hecho que Sofía era la consentida de la abuela. Le compraba prendas de las mejores marcas: Gucci, Dior, Versace.

La habitación de Sofia estaba decorada de rosa, repleta de peluches y juguetes. Era demasiado mimada y hasta malcriada. Culpaba a Andrei por complacerla en absolutamente todo. No le negaba nada a su hija. Sofía solo tenía que sonreír y su padre le bajaba la luna.

—Pensé que la princesa estaba dormida —murmuré.

Sofía succionó el chupete y abrazó más fuerte a su abuela. Lucía adorable con el pijama de Stitch. Ella era muy parecida a mí. Cabello castaño rizado, pequeña nariz y rostro en forma de corazón. La única diferencia eran sus ojos. Eran azules como los de su padre. La mezcla perfecta.

—Tenía hambre y le pedí a Calina que prepare el biberón—respondió Zaria, sentándose al lado de Nikolai sin soltar a Sofía—. No paraba de llamar a su padre. ¿Cuándo regresará?

Mi corazón se hundió y miré el reloj en la pared. Casi mediodía. Sin señales de mi marido.

—Estará aquí pronto—insistí, mordiéndome el labio inferior—. Tal vez se le complicó algo en el trabajo.

Zaria forzó una sonrisa.

—Sí, ya sabes como funciona esto —dijo de manera gentil, acunando a mi niña.

Lo sabía, por supuesto. Pero nunca me acostumbraría. Extrañaba todos los días a mi esposo. Echaba de menos sus brazos rodeándome al despertar, sus besos, sus sonrisas, sus palabras dulces. Necesitaba a Andrei.

Calina entró a la sala y le entregó a Sofía el biberón mientras a Nikolai una taza de chocolate con leche tibia. Esta buena mujer hacía que la convivencia en la casa fuera mucho más ordenada. No solo era una excelente cocinera, también era mi amiga.




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