El eco de nuestros paso resonaba en la gran escalera, mezclándose con el murmullo lejano de estudiantes y el crujir de los retratos que nos observaban pasar. Todo parecía normal… hasta que él habló.
—Por favor, Ori, déjame por lo menos echar un vistazo a tu libro de Pociones. ¡Sé que el que necesito lo tienes ahí! —dijo con desesperación, casi atropellando sus propias palabras mientras caminaba a mi lado.
Solté un suspiro largo, pesado… de esos que salen cuando ya sabes que no tienes escapatoria. Giré la cabeza lentamente hacia él, mirándolo con cansancio.
—Okey… te lo presto —murmuré, sin mucho entusiasmo.
Metí la mano en mi mochila y saqué el libro. Apenas lo vio, sus ojos brillaron como si le hubiera entregado un tesoro. Estiró la mano de inmediato, pero justo cuando iba a dárselo… me detuve.
—Pero cuidadito…
Hice una pausa, alargando el momento. Él intentó agarrarlo otra vez.
No.
Apreté un poco el libro y lo miré fijamente mientras nos deteníamos en medio del pasillo.
—Cuídalo como tu vida… porque te conozco, Nicolas Longbottom.
Él rodó los ojos, cruzándose de brazos por un segundo.
—Tranquila, no soy tan… torpe —dijo con una sonrisa ladeada, aunque claramente ofendido.
Le entregué el libro finalmente.
—Gracias, gracias —dijo casi cantando, y antes de que pudiera responder, ya estaba corriendo quién sabe hacia dónde.
Lo vi desaparecer entre la multitud… y no pude evitar reír por lo bajo.
Negué con la cabeza y retomé mi camino. La clase de Hechizos me esperaba… y, siendo sincera, ya iba tarde. Mi horario era un caos total, como si alguien se hubiera divertido desordenándolo a propósito.
—¡Uy, Oriana! ¡Gran partido! —escuché de repente.
Un chico de Ravenclaw me señalaba con una sonrisa. Asentí levemente.
—Gracias, gracias —respondí sin detenerme.
—¡Es verdad! Si vieras cómo está la casa de Slytherin —añadió una chica de Hufflepuff, riendo mientras se acercaba un poco.
Sonreí de lado.
—Sí… ya me los imagino.
Seguí avanzando, mirándola mientras hablaba… error.
No vi cuando alguien se puso frente a mí.
Choqué contra él.
—¿Qué mierda? —solté automáticamente, frunciendo el ceño.
Alcé la mirada.
Uniforme rojo y dorado.
Gryffindor.
Y entonces… lo reconocí.
—¿Qué quieres, Estiben?
Él abrió la boca para responder, pero ya no tenía paciencia para eso.
—Sabes qué, olvídalo.
Intenté esquivarlo y seguir caminando, pero su voz volvió a alcanzarme.
—Pero Orian—
Alcé una mano sin siquiera mirarlo.
—No. Y no. Déjame en paz porque, como puedes ver, estoy apurada.
Aceleré el paso… o eso intenté.
Sentí su mano sujetar la mía, obligándome a detenerme.
Giré bruscamente, molesta.
—La profesora Minerva te quiere en el Gran Salón.
El tiempo pareció detenerse un segundo.
Parpadeé.
Una vez.
Dos.
Solté el aire lentamente, cerrando los ojos por un instante antes de abrirlos otra vez.
—Lo que faltaba… —susurré, sintiendo cómo el estrés volvía a caer sobre mí como un balde de agua fría.
De un tirón, liberé mi brazo.
Y sin decir nada más… seguí caminando.
Porque si algo tenía claro…
…es que cuando Minerva te mandaba a llamar, nunca era por algo sencillo.