ELÍXIR PASAJERO Y LA MANADA
Dejando atrás los sinsabores de la vida, uno prueba ese elíxir pasajero que solo la calle brinda.
Es el que susurra: “Te graduaste. Ya dejaste de ser víctima; ahora eres cazador. Aprendiste a vivir entre nosotros, ya eres parte de la manada. Sabes bien que el respeto se gana, y estás listo para defender lo que es tuyo. Cumpliste tu paso por esta universidad: dejaste de ser quien recibe, para ser quien actúa”.
Entonces comienza otra etapa. Aparecen esos placeres breves que se disfrutan al creer que ya se sabe todo. Cosas que la gente común desconoce, y que muchos usan simplemente para sobrevivir: esa es la ley de la calle.
Ahí se aprende a ganar dinero fácil, a trabajar poco y obtener mucho. Y con eso llegan los contactos: personas con poder, con fama, con dinero. Esos que llaman “padrinos”, quienes te abren la puerta apenas crees haber terminado tu aprendizaje, y te ofrecen lo que parece lo mejor del mundo.
Pero hay algo que no dicen enseguida: lo que dan no es verdadero apoyo, sino una miel dulce diseñada solo para usarte, para aprovecharte. Porque al dejar de ser novato, te conviertes en soldado: alguien que produce, que actúa, que hace lo que otros no quieren —cosas indebidas, que quien conoce la calle sabe que terminan costando caro.
Y justo ahí empieza el verdadero peligro, la oscuridad profunda. Es el momento de la gran elección: separarse del mal y crecer, salir adelante y superarse… o quedarse en el mismo camino, y terminar arrastrando a quienes apenas llegan, a los nuevos alumnos que siempre aparecen.
Porque la calle nunca se queda vacía: siempre hay alguien que llega por primera vez.