Escribiendo desde las sombras

Capítulo 5

El amor, la palabra de cuatro letras que lo explica todo.

El amor es esa palabra de solo cuatro letras que encierra un mundo entero, tan inmenso que ni siquiera alcanzamos a comprenderlo del todo. Muchos creen que el amor es solo pareja, cariño por los hijos o afecto familiar, pero en realidad es mucho más: el amor lo es todo en la vida.
Fue por amor que Dios envió a su Hijo para salvarnos. Es el quinto elemento sobre la tierra: nos da fuerza para seguir, nos despierta la esperanza y le da sentido a cada paso. Sin amor, nada existiría.
Su poder es tan grande que basta con que un hombre y una mujer se unan para que, desde ese sentimiento, nazca una nueva vida. Eso es solo un reflejo de su capacidad inmensa para crear. Pero hay que tener claro: el amor construye, transforma, pero también puede destruirse si se usa mal.
La historia lo demuestra claramente. Grandes mujeres, como Cleopatra y otras figuras de la antigüedad, supieron usar el amor que los hombres sentían por ellas, su belleza y su influencia, para mover imperios, cambiar destinos y llegar a lugares que pocos, incluso los más poderosos, alcanzaron. Eso prueba que el amor es una herramienta, un arma de doble filo: sirve para lo más noble y también para lo más bajo, según quién lo use y con qué fin.
Si todos viviéramos el amor en su forma verdadera, no habría guerras, ni hambre, ni desigualdades. Bastaría con practicarlo para que todo cambiara. Pero solemos confundirnos: pensamos que el amor es solo placer o momentos bonitos, y no es así. El amor también es perdón, paciencia, compañía y capacidad de aguantar lo difícil. Como bien se dice: todo lo soporta, todo lo espera, todo lo perdona.
Además, el amor tiene muchas formas y no todos son iguales ni se pueden comparar. No es lo mismo el amor de pareja que el de una madre por su hijo. Hay amores pasajeros, que vienen y van, que duran mientras hay presencia o interés, y que con el tiempo se olvidan. Pero existe uno que sí es eterno: el amor de una madre por su hijo.
Ese sí es el sentimiento más puro, las lágrimas más sinceras. Cuando un hijo se va o muere, a una madre le arrancan literalmente un pedazo del corazón. Es un amor que no se acaba, no se apaga ni cambia con los años ni la distancia. Aunque el hijo se pierda de vista o ya no esté en este mundo, ese cariño sigue intacto y muchas veces crece más con el recuerdo.
Por eso digo que el amor es lo más perfecto que existe y lo que todos deberíamos observar con atención. No son los gobiernos, ni el dinero, ni los líderes lo que nos falta para cambiar el mundo. Lo único que hace falta es más amor: por nosotros mismos, por los demás y por el planeta donde vivimos. Al final, a todo en esta vida le hace falta amor.




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