LA DECISIÓN QUE CAMBIA TODO
Teniendo en mi cabeza toda aquella experiencia adquirida, todo lo que aprendí sobre la realidad de las cosas y de la vida, estando en medio de la calle entendí que llegaba el momento de la verdadera decisión: saber cómo dirigir mi camino. Podía emplearme por lo malo, o dedicarme a construir lo bueno; podía elegir hacer el bien, o perderme haciendo lo que parece fácil. Como siempre digo: la calle te enseña lo bueno y lo malo, pero es decisión tuya qué haces con lo que aprendes. Estaba lleno de pensamientos encontrados, viendo injusticias, falta de amor y poco interés por los demás — sentimientos que se quedan pegados al alma y que a veces no sabes cómo manejar, que te frustran y te pesan mucho. Allí pude haberme dejado llevar por el camino equivocado, como tantos otros. Pero decidí tomar el mejor: salir adelante, forjarme como persona, trabajar honradamente como vendedor, construir un hogar y cambiar mi rumbo: de la destrucción a la construcción, de la pérdida a crear un futuro nuevo. Y no solo para mí, sino para las personas que se convirtieron en mi mayor motivo: mis cinco hijas. Esa fue una de las decisiones más difíciles que me ha tocado tomar. Porque la verdad es esta: lo malo suele parecer más bonito, más placentero, más rápido al principio, pero al final te lleva a la ruina. En cambio, lo bueno cuesta trabajo, es duro, muchas veces hasta dudas si vas bien porque el camino se hace pesado… pero al final te lleva a la rectitud, a la paz y a la gratitud. Te enseña a valorar lo que tienes, a superar lo malo que viviste y a convertirte en la persona que realmente debes ser.