Escuela para Jóvenes Artistas: Ilusionistas y Hechiceros.

Toda la EJAIH está hecha para matarte si te quedas atrás.

Que no me pasaría nada.

Eso dijo mi madre cuando nos dejó aquí a mi primo y a mí.

Mi macuto cayó con un ruido sordo del teleférico. Un chico de pelo afro y unos cuernos retorcidos que daban la vuelta a sus orejas me sonrió con malicia.

Mensaje recibido, otro más que no me quería aquí y ni siquiera habíamos llegado a la zona donde aterrizábamos nosotros y no nuestras pertenencias.

Al mirar abajo, un pellizco de vértigo me mantuvo sujeta a la realidad , la nieve era preciosa pero a esa altura no me apetecía nada mirarla. Todos empezaron a empujarme, ahí comprendí que el teleférico no iba a parar por nosotros y al parecer querían usarme a mí como peso muerto para comprobar si estaba muy alto. Se ve que no les había parecido suficiente tirar mis cosas.

Miré a mi primo, que se estaba atusando el pelo largo, con sus músculos tensándose con el movimiento. Miré mis propios bíceps, ojalá yo pudiera presumir de lo mismo.

Me empujaron de nuevo. No tenía otra opción, así que salté esperando con todas mis fuerzas que este no fuera mi final, mientras ya veía por el rabillo del ojo otros cuerpos siendo arrojados, seguramente sovende.

Intenté colocar una buena posición para caer, pero sinceramente, ¿Cómo se caía bien? Según mi gran experiencia en caídas, podría decir que con el trasero, dónde se supone que tenemos más grasa.

Cambié de posición para caer con las nalgas y no destrozarme el coxis, pero cuando toqué suelo, lo que en un principio pensaba que era tierra nevada resultó tener una base de goma bajo la nieve.

A causa de mi posición reboté un par de veces más antes de quedar enterrada hasta los hombros.

Cuatro personas copiaron mi acción, siguiendo el ejemplo de mi salida ilesa, menos el chico de antes, que saltó de pie como si no pasase nada, plantándose en el suelo en perfectas condiciones. Tenía buena genética y unos ojos azules que brillaban de forma antinatural, seguramente vaken.

Otro chico parecido pero más alto quiso seguir su ejemplo, saltando un poco más tarde de lo que debía, apenas había nieve y se fundían los primeros elementos de la arboleda. Cayó recto, rebotando mientras gruñía de dolor con la cadera algo desviada, el movimiento hizo que fuese directo hacia una rama.

Aparté la mirada antes de escuchar los gritos de varios nuevos voluntarios. El sonido del cuerpo cayendo en la nieve me hizo arrugar la nariz. Era un asco.

Miré a mi alrededor cuando todos hubieron saltado, mi primo ya me estaba ofreciendo la mano para ayudarme a salir de la nieve con su macuto, y el mío rescatado, colgados del hombro.

Sonreí.

—Sabes que voy a morir aquí, ¿no, Sean?

El rió, mostrando su sonrisa perfecta, a mi lado ya había unas chicas mirándolo desde hacía horas desde dentro del teleférico. Sí, ya sabía que él tenía todos los genes buenos pero hacerlo tan evidente empezaba a tocarme la moral.

Me levantó como si nada y comprobó que estuviese entera.

—No, mujer, no pienses así. Seguramente sea en la guerra, tampoco te quites mérito.

Lo miré mal antes de observar a los empalados.

—Ocho menos —el tono monótono, natural.

A su lado, yo quedaba por su hombro ejercitado y ligeramente bronceado. Mi tono pálido casi enfermizo contrastando en otro recordatorio de cómo no se suponía que yo debiera estar aquí.

Pero los Dos Reyes habían comunicado las bajas en la frontera con Vagnneukrish. Éramos jóvenes, pero aún así queríamos ayudar, así que tras ser mayores de edad, rápidamente se habían colapsado las listas de inscripción para entrar en la EJAIH. No era fácil, y sabíamos que moriríamos tarde o temprano, aun así, aquí estábamos, insensatos e impulsivos voluntarios.

Hashnak, nuestro reino de dos coronas, no se encontraba en su mejor momento, aunque por otra parte yo había nacido en el mejor instante posible.

Unos sesenta años antes, la historia de nuestro continente cayó en su tiempo más oscuro. Vagnneukrish, o el reino Krishi para acortar, estaba habitado por una especie completamente distinta a la de nuestro lado de la cordillera. Para ellos, lo más importante eran las emociones. Y, por supuesto, sus emociones estaban ligadas a su magia, corrientes de poder que se acumulaban listas para usar. Nunca habíamos tenido problemas serios, nuestras relaciones se limitaban a un simple beneficio comercial mutuo. Sin embargo, lo poderoso de las emociones es lo mismo que las hace tan peligrosas, son inestables.

En Hashnak las cosas fluían de manera distinta. Convivíamos dos reinos de etnias distintas dentro de la misma especie: los vaken y los sovende. Esta especie era distinta a los del otro lado de la montaña. Nosotros sentíamos, pero de forma más específica, casi confidencial. Sin embargo, con el paso de los años y las continuas relaciones comerciales, el afecto se había convertido en una fachada que nos habíamos acostumbrado a mantener erguida.

Fue un problema. La traición se toma tan personal como un ala rota.

El foco de toda ira se concentró en los sovende, cuya forma de magia llegaba a resultarles insultante y poco natural. Enfermiza. Vergonzosa. Seres débiles y mediocres, acostumbrados a sobrevivir a expensas de la comunidad, una plaga.

Al principio, vaken, de magia pura canalizada de la propia tierra, estuvieron de acuerdo, embriagados por la red afectiva que habían aprendido a construir. Sin embargo, cuando los ataques llegaron y todo Hashnak salió afectado, los discursos políticos no estuvieron tan a favor, la frontera se cerró y los habitantes del otro lado en ambos bandos fueron eliminados.

La relación con los vaken había mejorado desde entonces, envueltos en el dolor de perder a tantos, la gran mayoría cambió de postura. Una simple cuestión cultural. La lógica estaba de nuestra parte, no se puede erradicar una etnia por completo. Alguno de nosotros podría descubrir la cura para alguna enfermedad o en nuestro ADN existiera la clave para algo que aún no podían imaginar.




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