Adrik Alzak
Lo malo de ser de segundo era tener que llevar los filtros de primero.
Justo la noche de la fiesta, porque a mí me gustaba descansar. Por alguna razón, dormir me solía parecer agradable.
Por desgracia, tenía que quedarme a ver cómo estos aspirantes a cadetes se volvían locos después de quedarse dos días solos, sin nada más que lo que tuvieran a mano. Por supuesto, la primera parte de esta prueba no era demasiado relevante. En circunstancias normales era más dura, pero no teníamos tiempo, así que la habíamos sintetizado en cuarenta y ocho horas, durante las cuales el tiempo se congelaría dentro de las cámaras. Sin necesidad de comer ni beber, solos ahí, tranquilitos con sus pensamientos. Tiempo suficiente para descartar a los que no tuvieran bien amueblada la cabeza, o una manera más de descartar a los sovende más insignificantes, que no aguantan ni unas horas de presión psicológica.
El objetivo era obligar a los novatos a conocerse a sí mismos. A enseñarles que siempre, siempre deben llevar algo encima. Si no eran capaces de soportar el aislamiento y un poco de privación sensorial durante un par de días, no estaban preparados para ser buenos soldados, mucho menos si los krishi se los llevaban.
Me senté en la silla de vigilancia en mi puesto, con sueño, una bebida energética en una mano y un yogur típico de la frontera en la otra. Me gustaban las moras de esa zona y, cuando llegaban postres, era el primero en ir por mi ración.
Observé las seis cámaras de los chicos a los que tenía que vigilar para saber si seguirían cuerdos al día siguiente.
Por «suerte», tenía en mi grupo a Nala. Una suerte incuestionablemente pactada con mis compañeros de tercero para cobrarme un favor. Por desgracia, yo también debía un favor y ahora tenía en mi grupo a la buceadora de pringue, Brossier.
El primero estaba desquiciado, parecía que tenía claustrofobia. Una pena. El segundo era el mestizo, mitad sovende, mitad vaken. Solo había un par en la EJAIH, privilegiados o condenados, según cómo se mirase. Parecía buscar una solución lógica, lo cual evidentemente no iba a conseguir. Una chica con el pelo verde lima, sucio y maquillaje corrido que parecía estar pensativa y, evidentemente, todavía ebria o con residuos de haberlo estado, ya estaba haciendo marcas en el suelo. Esa tendría que vigilarla. En ese bolsito solo llevaba una daga, dos chicles y un yoyó, y resultaba tenso cuando ponías a un sovende con algo afilado mientras estaba solo con sus pensamientos. Mi protegida parecía conocer la situación, así que estaba repasando de qué disponía y jugando con una pulsera. Al menos estaba cómoda en ropa de algodón. Otro chico estaba tumbado jugando con una pelota de peluche; también parecía estar cómodo en ropa de cama con figuras sovende. Brossier... ¿estaba durmiendo?
Solté una carcajada sin poder evitarlo y su primo apareció por el lateral.
—¿Tú llevas a July?
—Sí, y la condenada es la que más tranquila está.
—Sí, es de esas que dejan para después hasta preocuparse. Seguramente se pase horas durmiendo.
—No sé si eso se permite.
—Ya, no, no creo que le importe —dijo Sean, robándome un sorbo de bebida.
Le di un golpe en la frente.
—¿Sabes qué tiene en la mochila?
—De todo, te aseguro que tiene de todo.
—Tu prima es muy extraña.
—Es inteligente si estaba durmiendo con la mochila.
—Eso no te lo voy a negar —le quité mi bebida de las manos, dándole yo mi propio sorbo. Puse un pie en la pata de la mesa y me balanceé en la silla con ruedas, relajado.
—Le dije que en una prueba iba a tener que usar la paciencia y reflexionar, pero no sé si entenderá de qué va esto.
—Tampoco es que esté permitido que se lo digamos. ¿Sabes qué pista le dio su hermana a mi... a Nala?
—Que no luchara contra sus pensamientos —dijo, mirando con cariño la imagen de su primita.
Estaba con una pierna estirada y otra encogida, de lado, con un brazo debajo de la almohada para mantenerla cerca y abrazada a una mochila grande que a saber qué escondía.
—¿Me dejas que me coloque en el ordenador de al lado y vea a Na... a mi prima?
Yo alcé una ceja.
—Sí, si me vigilas a pelo sucio mientras me echo un rato.
—Podríamos hacer turnos.
—Trato.
Volví a mirar. Dormía como si nada. Por la mañana la espalda le mataría, pero en ese momento me daba envidia.
Miré a mi alrededor. La zona que habían habilitado para vigilar a los nuevos era bastante vakeniana. Las paredes eran de piedra negra y luces neón, intensas y brillantes, como si así nos pareciera más fácil permanecer despiertos. Los vaken no necesitábamos dormir tanto, pero era bastante productivo cuando lo hacíamos; nos permitía pensar lúcidamente sin los inconvenientes de estar despierto. No como los misterios sin sentido de los sovende con eso que llamaban soñar, ese conjunto de deseos y traumas reprimidos en escenas abstractas a las que buscarles un significado.
Me incliné en la silla y cerré los ojos, abriendo solo uno de vez en cuando para asegurarme de que Sean estaba atento a los dos grupos. Y de que Poe, el chico de tercero que nos vigilaba, estuviera en meditación lunar, como llamaba él a fingir que no dormía, y no haciendo su trabajo.
Cuando llegó mi turno, me detuve a analizar.
Su grupo era en su mayoría vaken. De hecho, creo que yo era el que más sovende tenía en el grupo, y eso sería un problema para conseguir que siguieran con vida.
Sus tributos parecían incómodos con estar consigo mismos. Sonreí. No saldrían todos de ahí, al menos no tenía pinta de que siguieran siendo los mismos. Podía llegar a ser aterrador estar ahí si no sabes qué está pasando y eres inconsciente de ti mismo. En realidad, en su mayoría eran pocos los que lo eran.
Miré de nuevo a mi grupo. No es que fuera mala idea dormir como lo estaba haciendo July, pero no le serviría como atajo. Solo contaban las horas de vigilia.