JULY BROSSIER
Al despertar busqué mi reloj, estaba congelado pero intuía que había dormido más o menos ocho horas.
Me senté y saqué un paño con bocaditos que me había llevado del baile. No es que tuviera hambre, pero me gustaba comer al despertar, era parte de mi rutina. Saqué un libro, dudaba que tuviera tiempo para leer durante el resto del año, y mi primo me había dicho que estaríamos por aquí unos días. Calculé unas veinte páginas para racionarlo y caminé por la habitación. Tendría unos diez metros cuadrados, así que esa sensación claustrofóbica no sería un problema por ahora, mi habitación en Mmela no era mucho mayor. Solo era blanca, sin más, lo único que había en toda la habitación eran mis pertenencias.
Si tenía que quedarme aquí por un tiempo indefinido, montaría el campamento.
Empecé a sacar cosas de la mochila para saber de qué disponía: cantimplora, paños con comida, una libreta, cartas vakenianas, una peonza, un diapasón, una cuerda, algo de magnesio, un gancho sovende de escalada, unas gafas oscuras para el sol, un libro, una chocolatina, otra peonza, ¿por qué tenía dos? Un kit de costura y un kit de sanadora.
¿Tendrían cámaras o alguna forma de vernos? Suponía que sí.
Cogí todos mis objetos menos mi cama improvisada; formada por el suelo y mi almohada. Empecé a repartirlos por la habitación para que pareciera desordenada, mientras más cosas, mejor. Conocía mi cerebro, mientras antes se sintiera en hogar, menos energía gastaría en ver el sitio cómo hostil.
Solté un suspiro, la armónica la había traído en la maleta en lugar de en la mochila. No se volvería a repetir.
Las paredes eran perfectas, de blanco titanio, luz por las aristas del techo en lugar de en el centro. El blanco, y esta luz blanca empezaba a molestar en los ojos. Aunque la sala no estaba para hacerme sentir a gusto, precisamente.
—¿Alguien está encargado de vigilarnos? Me llamo July, encantada. Que yo sepa el tema de los nuevos es decidir qué área queremos defender para la guerra. Bueno, no me gusta la magia a la que podemos acceder los sovende. La infantería tampoco me gusta demasiado, es más sencillo morir sin magia, así que lo mío creo que va a ser la escalada, no es que tenga mucha fuerza ni demasiada capacidad física, soy una persona atlética, no me malinterpretes, no al nivel de un vaken pero puedo entrenar. Analizo y absorbo todo tipo de información así que creo que podría ser un buen activo... Espero que me esté escuchando alguien.
Volví a sentarme, cogiendo mi almohada, abrazándola y mirando a la esquina más alejada.
Ni siquiera había un rastro de luz solar, nada natural, solo esas luces neones fuertes pero neutras, como si estuviera nublado. Esa luz cortante y blanquecina que se hacía pasar por inofensiva pero hacía más doloroso respirar.
Aunque parpadeara la luz seguía tan constante como el cielo de Mmela en verano, con el sol de medianoche cortado solo por la brisa marina. Las cosquillas del océano en la punta de mis dedos si bajaba los pies de escalón.
De un momento a otro mis pies volvían a estar en el tercer escalón del templo de Líodes, dónde me sentaba a descansar tras trabajar con la sacerdotisa.
—El planeta está sano, pero las lunas se mueven, ¿por qué el templo no se llena de agua? —pregunté un día de niña.
La sacerdotisa Amara se sentó a mi lado, sus dedos eran el doble que los míos, claros, cristalinos como la luz de luna. Rozó el agua con ellos y los posó sobre mis párpados, permitiéndo continuar su camino por el puente de mi nariz.
—Las lunas no se mueven, orbitan el mundo como nosotros orbitamos a la estrella que nos da vida, el ciclo depende de todos.
—Pero eso no tiene que ver con el agua, en las playas sube y se traga la pesca si no te das cuenta.
Ella me apartó los mechones de la cara. Sus ojos brillaban de un azul blanquecino a frontera del plata.
—Nuestras lunas controlan las mareas, July. Líodes, nuestra señora, no permitiría que el templo erigido a ella quedara cubierto de agua. Si lo hiciera tendrías que ayudarme a limpiar y secar el agua del mármol todas las mañanas.
Solté un gruñido.
—No me gusta fregar el suelo. Hay niños que lo hacen sin agacharse, tienen fregonas o magia para hacerlo fácil.
—A mí me gusta fregar con paños porque así le pongo más mimo a cuidar de nuestra ofrenda a La Pequeña. Así demuestro que agradecemos su existencia, que merece ser cuidada palmo a palmo. Que es igual de importante que sus hermanas.
—¿Y lo es?
La sacerdotisa Amara no respondió al instante, solo dejó que sus pulmones se llenaran mientras la observaba desde la distancia.
—¿A tí no te lo parece?
Seguí su mirada, empezando a sentir frío solo con las telas ceremoniales. Que siguiera habiendo luz no hacía que las noches fueran cálidas.
Líodes me devolvió la mirada, abriéndose paso entre las nubes, que ahora tapaban a sus hermanas, como si quisiera ser vista sin comparaciones. Plata, azulada, brillante.
Abracé mis rodillas, el agua no pasaba nunca de la planta de mis pies, sin importar la hora del día en el que me sentase en ese tercer escalón. Apoyé la barbilla en ellas, devolviendo mi mirada al cielo.
—Es más importante que sus hermanas.
La luz neón parpadeó, devolviéndome al presente. Suspiré, sería un día largo.