ADRIK ALZAK
No sabía si se estaba aburriendo o estaba exenta de ese estado de forma natural, pero parecía tener mil formas de molestar mientras intentaba vigilar a los demás y ocuparme de mi protegida. Decidí anular el sonido de su habitación en cuanto empezó a lanzar cartas a la luz.
Nala parecía más enfrascada en aprovechar el tiempo para reflexionar. El sonido de su voz era tan refrescante como una brisa llegada del mar, y cada palabra que pronunciaba en voz alta tenía sentido, coherencia y fundamento. Tenía potencial para ser un efectivo fundamental, me encargaría de entrenarla yo mismo. Y no me hacía gracia la posibilidad de que alguien la distrajera como Sean, era mi amigo, y como lo conocía sabía que podría llegar a ser una distracción, o un reclamo para que decidiera ir a infantería como su hermana.
Izam, que se crió conmigo en la base, estaba apunto de tirarse del pelo.
—Adrik, ¿porqué me parece que voy a ser el único pringado? Mi sovende parece muy incómodo de estar consigo mismo. Por Asteria, seguro que para el aislamiento de primavera está caput —entrecerró los ojos, dramatizando —. Tiene mirada de mártir.
Mi sonrisa salió sola. Izam era de las pocas personas a las que podía considerar parte de mis vínculos. Otro era Sean, que no paraba de espiar mi turno en vez de descansar, pero ¿quién era yo para juzgar la sobreprotección hacia su prima? Llevaba todo el año hablando de ella, se habían criado como hermanos. Si mis hermanos estuvieran aquí también estaría pendiente de ellos constantemente.
El chico de la pelotita tenía la mirada perdida, debía haber dejado la mente en blanco. Al final, la de pelo lima empezaba a preocuparme seriamente. ¿En serio no iba a superar algo tan sencillo?
El mestizo era cosa a parte, parecía haber traído en la bota un cuaderno y carboncillo. No sabía qué era lo que estaba escribiendo, pero lo tenía muy entretenido.
Los demás y los del grupo de Sean parecían bastante tranquilos, matando el tiempo, relajados. Estaba seguro de que sabían en qué consistía la prueba, la mayoría eran vaken. Al final solían ser generaciones luchando la misma guerra.
Lo extraño era ver tantos sovende postulándose. Las historias épicas de los bardos eran muy dañinas.
—Izam, dile a Sean que deje de cotillear mi turno, si está mirando no puedo jugar con su primita.
Mi sonrisa solo aumentó al notar el golpe del cojín del asiento en mi nuca.
—Deja a July en paz, trataré a tus hermanos como tú trates a mi prima y lo sabes.
—A esos renacuajos todavía les falta mucho para decidir venir aquí.
—Solo un año para el que más te preocupa, Alzak.
No contesté al principio, apretando los labios.
—Saben que tienen prohibido postularse.
Izam rió, entrando de nuevo a la conversación —¿Cómo piensas controlar a Killian?
—Ya lo pensaré, pero no importa, es el pequeño, será pastelero, no soldado.
—¿No vas a dejarle otra opción? —Dijo Sean poniendo los pies encima de la mesa y metiéndose un puñado de maíz tostado en la boca.
—Claro que sí.
—¿Cuál?
—Panadero.
Los dos rieron, yo me quedé pensativo.
Sean sabía que Killian no me preocupaba, era Arkyn el que me tenía en vela.
En la pared no habíamos tenido mucha ayuda, yo me había encargado de cuidar de nosotros. Pero Arkyn no, Arkyn no era tan fácil de proteger, era más mayor, estuvo presente en la batalla Gris, jamás podría convencerlo de que esto no valía la pena para tenernos a los dos dentro.
La EJAIH estaba tranquila por las noches, noches reales, donde el sol salía y se ponía casi todos los días. Dónde la latitud permitía a las lunas brillar sin los inviernos largos y oscuros. Era un lugar interesante, si podías soportar las combinaciones psicodélicas de colores brillantes. Sobre estimulador pero extraordinario si le dabas la oportunidad. La roca ónice y el mármol blanco creaban el contraste perfecto en los pasillos, llamas dando luz interior a través de los candelabros que surgían de las paredes. Pero yo no quería continuar en el corazón del castillo, yo quería acceder a la entrada principal.
Aunque todos advertían a los nuevos integrantes de que era mejor entrar por las montañas, esa sala colorida era la mejor, no era tan complicado moverse a través de ella, solo había que llevarse bien con Steve. Con él tranquilo, no había ni pus, ni mal olor.
Llegué a la sala, los colores y la luz cálida entrando en mi retina como el sol mismo, y ahí, en el fondo, antes del pasillo a mano derecha, estaba Steve. Una criatura grande, ancha y sin brazos. Cuyo cuerpo rugoso y lleno de baba recordaba a los animales de las cuevas de la cordillera krishi, pero aquellos gusanos eran bioluminiscentes y rebosaban energía mágica de la tierra y Steve... bueno, solía asustar a los novatos. Sus orificios nasales eran grandes. Pelo tampoco albergaba. Y siempre sonreía, siempre. Su aspecto inicial sonriente parecía más tenebroso que amable, pero si te atrevías a visitarle más de una vez acababas encontrando forma a su cara.
Saludé con la cabeza a Steve y me subí en el ascensor. Había un conjuro en ellos, darle una vez a subir, comprobar que, efectivamente, estabas en el mismo sitio. En lugar de bajar, como harían todos entrando en el bucle, volver a subir dos veces más.
No estaba permitido a los novatos.
Cuando las puertas se abrieron, Steve volvía a recibirme como siempre, todo era exactamente igual, como si no hubiéramos cambiado de planta o él habitase en todas ellas. Él giró la cabeza hacia el pasillo y yo asentí. Seguí la indicación y los colores psicodélicos fueron difuminándose hasta dar con la reforma de mármol negro de los de cuarto curso. La terraza contaba con baranda de iridio y las pocas fuentes de luz eran de un blanco azulado. No era un sitio accesible a quien no lo conociera por sí mismo. No llamaba la atención. Solo se cernía sobre la EJAIH como un virdrath sobre Hashnak.