JULY BROSSIER
Cuando salimos del aislamiento, ya tenía claro que la incomodidad de la falta de luz solar y la sensación constante de sentirme observada, y a veces hasta juzgada, había sido lo más agradable que podría haber experimentado durante los días siguientes. Había un chico claustrofóbico que no llegó a salir demasiado contento, ya estaba de vuelta a casa en barco.
Era hora de inscribirse en las listas de preselección.
Llegué con Nala a recepción, colocándonos con algo de asco frente a Steve. Su mirada perdida de color niebla y de sonrisa permanente nos recibió con la misma franqueza de siempre.
Yo sonreí amable, rascándome la sien, apartando un poco el flequillo en el proceso.
—Buenas tardes, Steve. ¿Sabes cómo podemos inscribirnos? Somos novatas aún.
—Los ascensores están prohibidos para los novatos —respondió él con esa perenne mirada al horizonte.
Nala me miró, buscando en mí que solucionara la situación de la forma menos incómoda posible.
—Eh, sí, no los usaremos. ¿Las inscripciones...?
Steve nos sacó de debajo del mostrador unos formularios y unos bolígrafos con unos tentáculos que volvió a absorber su baboso cuerpo.
—Muchas gracias, Steve.
Sonreímos algo incómodas antes de sentarnos en los sillones de la esquina de recepción, junto a las escaleras, dónde nos esperaban nuestros compañeros.
—No tengo ni idea de a qué presentarme, es decir, no me apetece morir en infantería al segundo día —bromeó Callum sin humor.
Tenía el pelo castaño, piel clara, seguramente de más al sur de Hashnak, no tenía ascendencia nativa. Tenía una sonrisa agradable y desenfadada, completamente auténtica.
—Puedes unirte a escalada conmigo, puedes ser cobarde, esta escuela ya tiene muchos mártires y héroes.
—Yo creo que no tiene tantos, July.
Éll sonrió con algo de preocupación disfrazada de humor. Ayer mismo había habido otro ataque en la frontera.
—¿Tú quieres ser un héroe? —acusé levantando una ceja con burla.
—Pues claro, lo que pasa es que no parece compatible con eso de seguir vivo.
—Sí... eso no parece divertido.
—¿Tú qué vas a hacer, Nala? —le preguntó robándole de la mochila su bolsita de frutos secos.
Ella enrojeció, causando más interés en nosotros.
—¿Es muy patético seguir a uno de segundo a infantería?
—Sí —dijimos Callum y yo al unísono.
Ella dejó caer la cabeza, dramatizando su derrota.
—Yo tenía muy claro que quería ser escaladora, me encanta escalar, y me encanta ser la que tenga la información para ganar la guerra, me parece una labor impresionante. Pero luego está él...
—¿Él quién? —interrumpió Callum.
Yo bebí de mi cantimplora, sabía perfectamente a qué sovende de pelo largo quería seguir.
—Eso no importa —continuó Nala —. Lo importante es que siento... siento que tengo que estar ahí, que tengo que protegerlo.
Callum la miró con esa sonrisa suya tontorrona, como si fuera una locura.
—Pero acabas de conocerlo.
—Ya lo sé, estoy fatal, encima es un sovende.
—Tampoco lo digas como si fuera algo malo.
Ambos fruncimos ambos el ceño.
Seguí concentrada en mis papeles, pues claro que sentía que tenía que protegerlo, era síntoma de un sello psicológico, pero no era real. Aun así no pensaba romper la membrana que separaba la fantasía de la realidad. En una guerra eso podía ser una motivación para seguir viva.
Me dirigí al mostrador, dándole mi formulario a Steve con una sonrisa amable.
—El rojo te sienta genial, Steve.
Él lentamente me dirigió esa mirada perdida, sonriendo más ampliamente.
Callum empezó a seguirme por el pasillo mientras Nala hablaba, o peleaba, con su hermana mayor en recepción. Mirándonos con odio a Callum y a mí.
—¿Qué sabes tú que yo no?
Anduve sin soltar prenda, subiendo las escaleras y entrando en el pasillo de mármol.
—¡Eh! Desembucha, pelirroja.
Yo me acerqué, comprobando primero que nadie nos siguiera.
—Es mi primo, le gusta mi primo, se gustan, es mutuo.
—Pero eso sonaba más a...
—A sello, lo sé.
—Pero ella es vaken, ¿no? ¿Estamos seguros de que es vaken?
Yo fruncí el ceño, abriendo la puerta del comedor.
—Bastante.
—¿Y cómo va a sentir que tiene que protegerlo y acompañarlo y todo eso tan rápido? Los vaken no son así, sus pactos de vínculo son más... sangrientos, y... ¿metálicos? —. Frunció el ceño en confusión intentando recordar lo poco que sabíamos de historia vaken —.¿No dijo Niklas algo de un brazalete?
Yo lo agarré del brazo, parando y asegurándome de que Nala aún no había llegado.
—Olvídate de Niklas. Tal vez lo que le esté pasando a Nala sea como un flechazo raro y ficticio. Cómo un embarazo psicológico. O un efecto leer tantas novelas sovende —dije buscando genuinamente una explicación —. O tal vez sí hayan formado vínculo, pero lo que está claro es que no son sello, así que tenemos que sacarle de la cabeza la idea de seguir a mi primo a infantería, no es demasiado inteligente escoger destino en base a un flechazo.
—¿Quién tiene un flechazo?
Callum se dio la vuelta al instante.
—¿Es que estás en todas partes?
Niklas rió.
—Nah, solo venía a saludar.
Perfectamente encantador. Vacío, pero encantador.
—¿No te cansas de saludar a todo el mundo?
—¿Debería?
—Esto no es Mmela, no puedes llegar como en el pueblo y hacerte amigo de todos, la mayoría vamos a morir en un futuro próximo —entré yo a la conversación.
Él ladeó la cabeza, aún con esa sonrisilla estúpida.
—Tú no vas a morir, y yo tampoco.
—¿Y los demás?
—Solo estoy siendo amable, no voy a crear vínculos con todos.
Yo cogí una bandeja de comida y me senté en la mesa más cercana.
—¿Y eso te parece bien? —añadió Callum.
—¿Ser amable?
—No crear vínculo con nadie.
—Yo no he dicho eso.
—¿Y qué has dicho? —escudriñó el castaño.