—No deberías estar leyendo eso.
La voz quebró el silencio de la biblioteca como una grieta en el vidrio. Zoray levantó la mirada de golpe. El Señor Cielus estaba de pie junto a una de las columnas, más encorvado de lo habitual, apoyado en su bastón como si el peso que cargara no fuera solo físico.
Claro que él sabría de aquel lugar, era quien había estado por más tiempo allí, conocía cada parte y secreto. Así que lo supo, Zoray en sus ojos vió la realidad, él sabía todo.
—Entonces es verdad —dijo ella sin rodeos—. Todo lo que está aquí… ustedes lo sabían.
Cielus no respondió de inmediato. Sus ojos, antiguos y cansados, se posaron sobre el libro que Zoray aún sostenía contra su pecho. Dudó en responder, pero la miró, asustada y confundida, sabía que revelarle la verdad tambalearía su vida por completo, pero no había opción, quizá si le daba claridad, al menos un poco, ella podría tener alguna oportunidad en ese mundo cruel. Ya el había vivido mucho, más de lo que, si no la ayudaba ahora, ella podría.
—Lo sabíamos —admitió al fin—. Y elegimos callar.
Zoray sintió cómo algo dentro de ella se tensaba.
—¿Elegimos? —repitió—. ¿Quiénes?
El anciano suspiró y salió de esta pequeña sala, no sin antes mirarla y pedirle con la mirada que la siguiera. Por un momento pareció dudar, como si cada palabra que estaba a punto de pronunciar tuviera un costo irreversible.
—Los fundadores. Los primeros diez. Aquellos a quienes se les dio una segunda oportunidad cuando el mundo humano colapsó —explicó—. Ellos no crearon Essential por esperanza, Zoray. Lo crearon por miedo.
Las palabras cayeron pesadas.
—Existió una esencia original —continuó—. Una que no necesitaba fusiones, rituales ni árboles. Era libre. Se adaptaba, sentía, cambiaba… amaba.
Zoray tragó saliva.
—¿Y por eso la dividieron?
—Porque no pudieron controlarla —respondió Cielus sin rodeos—. Esa esencia elegía por sí misma. No obedecía estructuras. No garantizaba supervivencia. Así que hicieron lo único que creyeron posible: fragmentarla.
El aire pareció enfriarse.
—Dos cuerpos —susurró Zoray—. Dos mundos.
Cielus asintió.
—Uno para sostener la esencia. Otro para vivir sin saber que la había perdido.
Zoray cerró los ojos. André. Su dolor. Su rechazo constante al mundo humano. Todo encajaba de una forma cruelmente perfecta.
—¿Y yo? —preguntó—. ¿Qué se suponía que fuera yo?
El anciano la miró con una mezcla de culpa y respeto.
—Un ancla. Una contención. Nunca una persona completa —dijo—. Pero los fundadores se equivocaron.
Zoray abrió los ojos lentamente.
—Porque yo siento.
—Porque tú eliges —corrigió él—. Y porque el vínculo despertó antes de lo previsto.
Un murmullo se escuchó detrás de los estantes. Alana apareció desde uno de los pasillos laterales, pálida, con los puños.
—Así que todo este tiempo… —su voz temblaba—. ¿Ella fue el sacrificio silencioso?
Cielus no negó.
—Y ahora el equilibrio está fallando —añadió Alana—. Lo he sentido. Los árboles, la esencia… nada responde igual.
Zoray se puso de pie.
—¿Qué pasa si dejamos de sostener esta mentira?
El silencio fue la respuesta.
Cielus habló con voz grave:
—Entonces el mundo que conocemos dejará de existir.
Zoray apretó el libro contra su pecho.
—Tal vez nunca debió existir así.
Nadie la contradijo.
Y en ese silencio compartido, todos comprendieron que el origen de Essential no era un milagro…
sino una herida mal cerrada.
Esta respuesta, no era lo que esperaba, pero era más de lo que había tenido en toda su vida.