NARRA LENA
Despierto de un golpe seco contra el mármol. Estoy en una habitación desnuda. Sin ventanas. Sin muebles.
Solo mi padre. De pie. Frente a mí. Su rostro es de piedra.
—¿Sabes lo que has hecho?
No respondo.
Él asiente. Aprieta los labios.
—Has deshonrado mi nombre. Has corrido como una mendiga sin cubrirte. Sin dignidad. ¿Eso es lo que te enseñaron allá?
Las palabras son fuego. Pero su tono… es hielo.
—¡mi madre me enseñó a ser libre! —. Grito — no una esclava sin voz. ¡soy mujer! ¡Libre!
—A partir de ahora, todo cambiará.
Levanta la mano. No para golpear. No. Él no necesita eso.
—Traigan la tabla —. Ordena y mi cuerpo tiembla.
Dos hombres traen un bastidor de madera. Una vieja herramienta de castigo tribal: antigua, silenciosa… simbólica.
Me inmovilizan las manos. Me hacen inclinarme. Siento el cuero contra mi espalda. Firme. Preciso. Cuatro golpes. Ni uno más.
No grito. Pero lloro.
No de dolor físico. Sino del otro. El que hiere por dentro.
“ojalá te mueras, maldito infeliz”
Remacho los dientes, me siento la mujer más humillada de la historia, con mi cuerpo temblando y la espalda ardiendo.
Cuando termina, mi padre habla:
—Desde hoy, estarás en aislamiento hasta que aprendas a obedecer. Y si vuelves a romper las reglas, firmaremos tu regreso a los Estados Unidos. Sin herencia. Sin familia.
—¡prefiero eso a estar aquí! — grito pero me ignora.
Me encierran en mi habitación. Otra prisión con cortinas de seda.
No tengo fuerza ni de pelear. Como si mi alma hubiera sido herida, apresada. Y esos ojos dorados atraviesan mis pensamientos. Como si ese hombre hubiera marcado mi sentencia sin conocerme. Pero algo aprendí.
Aquí nadie ayudara a una mujer como yo.
Y cuando todo parece haberse dormido, la puerta se entreabre. Levanto la mirada.
Es Mira.
Luce perfecta. Como siempre.
—Oh, pobrecita —susurra, cruzando los brazos—. Qué escándalo causaste hoy. Los guardias aún están recuperándose del ridículo.
Sonríe. Una sonrisa como cuchilla.
—¿Creías que podrías simplemente correr por ahí como en Nueva York? Querida... aquí las mujeres no huyen. Aquí nos observan hasta cuando respiramos.
Se sienta en el borde de la cama.
—Papá me preguntó si debíamos devolverte. Le dije que aún no. Que primero deberíamos... pulirte.
Me acaricia el cabello con una dulzura teatral que me repugna.
—Sabes, Lena... o Layla —dice con sorna—. Sería una lástima que no sobrevivieras aquí. Pero sería aún peor si te conviertes en una de nosotras. Mejor vete pronto. Este mundo no es para chicas con uñas sin miedo.
Se levanta. Se va. La puerta se cierra. Y yo me quedo mirando el techo.
Otra vez.
Pero esta vez… ya no es el mismo. Porque dentro de mí, algo ha despertado. Y aún no tiene nombre. Lo único que sé es que voy a hacer que se traguen sus palabras. Por la humillación, por subestimarme.
Yo voy a demostrarles que ni su ley más sagrada podrá cambiar mi esencia. Mi yo real. Aunque me encierren y me quemen viva.
DÍA DESPUES
Amanece despacio. Ni el sol se atreve a romper este encierro.
Mi espalda arde con una pulsación muda. Cada movimiento es un recordatorio del castigo. Y, aun así, me niego a derrumbarme.
Entonces escucho una voz. Baja. Casi un rezo.
—Permiso, al-aanisa Layla.
Una mujer entra. No es una de las sirvientas que he visto antes. Esta camina con más aplomo, como si su presencia tuviera un permiso distinto. Lleva una túnica sencilla, verde oliva, el hiyab firmemente anudado bajo el mentón, y ojos que no bajan la mirada como los de las demás.
—Mi nombre es Rana —dice—. Soy la encargada principal de tu servicio personal desde hoy.
Me observa. No como quien examina una herida, sino como quien descifra un volcán antes de estallar.
Se acerca con una bandeja: una jarra de agua tibia, vendajes, una pomada de color ámbar, y un cuenco pequeño con hojas de menta.
—¿Puedo ayudarte? —pregunta, con una voz que no pide permiso… pero tampoco amenaza.
—Me llamo Lena, no Layla — hablo hostil.
Ella no se inmuta, no retrocede, sigue con su mirada de ayuda. Así que asiento. Muy lentamente. El orgullo no sirve de escudo cuando la piel tiembla.
Ella se arrodilla, con movimientos cuidadosos, y me ayuda a quitarme la camisa. No hay juicio en sus ojos al ver las marcas en mi espalda. Solo algo que se parece al respeto.
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Editado: 28.08.2025