NARRA LENA
El día continuo su curso como si mi llanto no significara nada. Minutos después de que mi padre se marcha, la puerta se abre. Y la sombra imperturbable de Samira Al-Rashid, la instructora, se desliza como plegaria al viento.
Me encuentra llorando. No se alarma. No pregunta. Solo se sienta a mi lado.
—Las lágrimas purifican el alma, si no se estancan —dice con calma.
Me limpia el rostro con un pañuelo blanco, bordado con versos del Corán.
—¿Tú nunca quisiste escapar? —le pregunto.
Ya comprendí que la rebeldía no va a funcionar tengo que cambiar de estrategia.
Sonríe. Como si yo aún no supiera nada de verdad.
—Nací con el islam entre mis manos. No tuve que huir de él. Aprendí a amarlo como se ama una ley de la gravedad: primero lo ignoras, luego lo temes… y, por último, lo entiendes.
Saca su cuaderno.
—Hoy hablaremos de estructura social. La clave invisible de nuestro mundo.
Se acomoda. Comienza, como una profesora de siglos.
—En Arabia Saudita, la sociedad se divide en capas no oficiales pero muy visibles: la clase trabajadora (migrantes, obreros), la clase media (funcionarios, maestros, técnicos), la clase alta (profesionales con influencias) y la élite noble: la familia real y sus ramas.
Mi cerebro se queda recalibrando. ¿son clasistas?
—Cuando asistas a reuniones el nombre de Zayd AI-Qasimi, llegara a tus oídos. Pertenece a la elite noble. Es el centro de todo. Tiene poder, riqueza, belleza. Fue bendecido. Y también tu padre pertenece a la élite.
—Lo he notado —murmuro.
No tengo ni idea que rol tengo en todo esto. Solo sé que debo comenzar a actuar con inteligencia para poder escapar.
—Cada clase tiene sus deberes: conservar el honor, proteger los lazos, no transgredir. El apellido es un escudo… pero también una cadena.
Hace una pausa. Me observa.
—Aquí una mujer puede ser poderosa si sabe cuándo hablar… y cuándo callar. Puede conducir una empresa, diseñar ciudades, incluso aconsejar a un príncipe… pero si desobedece el marco del recato, pierde todo.
Me ofrece agua. Luego continúa.
—Los castigos existen. Pero los castigos no son violencia. Son pedagogía.
—¿no son violencia? — gruño — ¿entonces qué es lo que hay en mi espalda? Porque en mi país le llaman “maltrato, violencia”
—El cuerpo es el eco del alma. Hay castigo físico, sí, pero también castigos sociales: aislamiento, retiro del wali, exclusión de eventos. En nuestra cultura, ser invisibilizada es peor que ser golpeada.
—Preferiría vivir en México.
—¿México? — pronuncia con torpeza — es verdad, tu madre es mexicana, naciste en Estados Unidos.
—Detente — levanto la mano — primero, — levanto un dedo — no me conoces, segundo, — otro dedo — que finjas empatía no te hará cercana a mí. No conoces mi historia, no sabes quién soy. limítate a hacer tu trabajo, por el que supongo te pagan, porque si no lo haces es que eres estúpida.
Saca su cuaderno. Me mira con ternura ensayada.
—Ahora algunas preguntas. No tienes que responder si no deseas. Aunque confieso que me gustaría saberte sin máscaras.
Silencio. Esta ignorando lo que digo y mi actuar. Es una maldita serpiente entrenada.
—¿Sigues sin pareja? ¿o tuviste pareja?
No respondo.
—¿Experiencia física?
Inspiro hondo. La rabia me sube por la garganta.
—¿besos, abrazos?
Las mismas preguntas otra vez.
—Si no respondes seguiré preguntando hasta que lo hagas. Es importante.
Ruedo los ojos.
—No.
—No tienes que mentirme, Layla. No lo diré a tu padre. Solo quiero ayudarte a trazar tu perfil afectivo y espiritual.
Me pongo de pie. Harta.
—¡Te dije que no! —grito—. ¡Nunca he tenido relaciones! ¡Ni una pareja siquiera! ¡Mi madre fue más estricta que todas ustedes juntas! ¡Lena no vayas a fiestas! ¡Lena no vistas ropa ajustada! ¡Lena no comas eso! ¡Lena no hables con hombres! ¡Lena aprende a cocinar! ¡Lena aprende a preparar el té!
Ella parpadea. No se inmuta.
—¿Y por qué crees que lo hizo, Layla?
—¡me llamo LENA! ¡LENA!
—De acuerdo Lena, ¿Por qué crees que tu madre lo hizo?
Me quedo callada.
—Tal vez porque sabía que un día... vendrías aquí.
Y entonces lo dice.
—Yo conocí a tu madre.
Siento que el aire se parte.
—¿Qué…?
¿mi madre estuvo aquí? Nunca me hablo de eso.
—Sí. Se llamaba Rebecca Blackwood. Vivió aquí por un tiempo. Breve, pero inolvidable. Tuvo el mismo fuego que tú. El mismo cabello desordenado. La misma lengua que no se doblega.
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Editado: 28.08.2025