NARRA LENA
UNA SEMANA DESPUES
Siete amaneceres sin salir de esta habitación que huele a flores muertas y a resignación.
El espejo no refleja a Lena Blackwood. Solo a una chica pálida, demacrada, con los ojos hinchados de tanto llorar en silencio y gritar por dentro. El mármol brillante ya no impresiona. Los vestidos de diseñador, los perfumes, los relojes... son joyas clavadas en una muñeca rota.
Extraño el zumbido de los trenes en Nueva York. Extraño la risa escandalosa de Mariela, las palabras sabias de Susan, los abrazos torpes de Tasha. Extraño mi cuaderno de biología, mi sueño de ser médica. Salvar vidas con mis manos.
Ahora mis manos solo sostienen telas que no elegí.
Pienso en mamá. En cómo alistaba el desayuno mientras yo recitaba términos médicos. Su sonrisa leve, como si supiera algo que yo no. Y tal vez sí lo sabía. Tal vez supo desde el inicio que este día llegaría, y por eso me preparó a su manera.
Lloro. Lloro como si pudiera deshidratar la culpa. Pero no me lleva a ninguna parte.
Entonces, golpean la puerta.
Samira entra, como una plegaria en forma humana. Sin ruido, sin prisa. Lleva un cuaderno en la mano, una tetera en la otra.
—Assalamu alaikum, Layla.
—No me llames así —respondo, sin fuerzas.
—Hoy hablaremos de las mujeres del Corán.
No es una pregunta. Es un designio. Se sienta en la alfombra. Me invita a hacer lo mismo. Abre el cuaderno.
—El Corán —comienza— no solo menciona mujeres. Las honra, las sitúa en el eje de la historia espiritual. A diferencia de otros textos antiguos, aquí las mujeres tienen voz, papel y juicio.
—¿Como cuáles?
—Como Maryam, madre de Isa, Jesús para ti. Única mujer mencionada por nombre en el Corán. Es ejemplo de pureza, fe y fortaleza. Crió un profeta sola. Sin esposo. Sin temor.
Guarda silencio. Luego continúa.
—Está Asiya, la esposa del Faraón. Ella protegió a Moisés niño, creyó en el Dios Único, y desafió al poder más tiránico de su tiempo. Fue martirizada... pero jamás negó su fe.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Todo —dice con ternura contenida—. Ellas también vivieron entre mundos. Fueron mujeres fuertes en estructuras rígidas. Pero no se quebraron. Se transformaron. Y al hacerlo, transformaron el mundo.
Su voz baja como un rezo:
—En el islam, una mujer no es sombra. Es raíz. Madre del honor. Fuente del saber.
Saca una estera de oración. La extiende con cuidado hacia La Meca.
—No voy a rezar —murmuro, aunque la voz me tiembla.
—No te invito a convertirte —dice, con esa calma que desarma—. Solo a sentarte conmigo. A escuchar. A dejar que el silencio también sea idioma.
Me siento. Detrás de ella. Observando.
—Cinco veces al día oramos. Cada oración tiene su nombre: Fajr, Dhuhr, Asr, Maghrib, Isha. Cada una tiene su tiempo, su propósito. Es como una pausa espiritual, un latido sagrado dentro del caos.
Ella se inclina. Se arrodilla. Toca la frente contra el suelo. Susurra:
—Allahu akbar.
Cierra los ojos.
En ese instante... algo me traspasa. No fe. No conversión. Solo… silencio. Uno puro, sin dolor. Un respiro entre ruinas.
Esa noche no ceno.
Solo me quedo mirando la estera vacía, como si algo en ella me hablara sin voz. Y entonces… llaman a la puerta.
Tariq, mi padre, entra.
Esta vez sin guardias. Sin cetro invisible.
—¿Puedo?
Asiento. Él se sienta en el diván de terciopelo blanco. Me observa.
—Quiero saber qué necesitas para estar en paz aquí.
Trago saliva. Estoy segura de que decir lo que pienso será causa de otro castigo. Pero ya no me importa.
—Quiero estudiar —respondo, mirando al suelo.
Silencio.
—Quiero… ser médica. Era mi sueño antes de llegar aquí. Quizás aún lo es. No lo sé.
Espero la reprensión. El sermón. El escándalo. Pero en su lugar… una sonrisa.
—¿Medicina?
Lo dice con un brillo en los ojos.
—Esa es una de las profesiones más nobles, Layla. Curar… es un arte que se acerca a Dios. Tu madre lo habría amado.
Me mira con emoción callada. Odio el sentimiento… mi madre amaba que decidiera ser médica.
—Conozco al rector de la Universidad Rey Saud. Es una de las mejores de Oriente Medio. La inscripción cierra en una semana. Si así lo deseas… tú estudiarás allí.
—¿En serio?
—¿Por qué no? ¿Pensaste que quería convertirte en una jaula vacía? No, hija mía. Quiero que florezcas. A mi manera, sí. Pero que florezcas.
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Editado: 28.08.2025