Esencia

CAPITULO 10

NARRA LENA

Hoy comienza. Mi primer día en la Universidad Rey Saud.

Y lo peor es que lo único que se repite en mi mente es esa voz, pronunciando ese nombre: Zayd Al-Qasimi. Me despierta la voz de Rana, siempre cálida, nunca intrusiva. Pero que hoy me saca del cielo y me devuelve al infierno.

—Al-aanisa Layla, el desayuno está servido. Debemos salir en cuarenta minutos.

Me visto con la abaya azul oscuro que mi padre aprobó tras nuestra charla. El niqab cubre todo salvo los ojos, que son mi única ventana al mundo. Una mochila discreta, cuadernos nuevos, un bolígrafo dorado que parece más joya que herramienta. En otro universo me vestiría con jeans, una camiseta con frases feministas y zapatillas manchadas de café. Pero aquí… es mármol bajo los pies y silencio sobre la piel.

Salimos en un auto blindado. Dos guardias me escoltan, uno conduce. Rana me acompaña en el asiento trasero. No hablamos. Escuchamos el adhan de la mañana deslizándose por la ciudad como perfume invisible.

Al llegar, me introducen por la entrada femenina. Nada de pasillos mixtos. Las universidades aquí funcionan como pequeños reinos: aulas separadas, vestíbulos para mujeres, seguridad constante. Muestro mi credencial. Saludo con la frase que Samira me enseñó. Bajo la mirada. Me siento recta. No río. No cruzo palabras innecesarias.

Y, sin embargo, algo se abre. En mi grupo hay otras chicas como yo. Algunas cubiertas completamente, otras con solo el hiyab. Sonríen. Me miran. Una me llama por mi nombre.

—Layla, ¿verdad? Me encanta tu cuaderno. ¿Lo compraste en Jeddah?

—Lo trajeron de Estambul —respondo, sorprendida por mi fluidez.

La primera clase es anatomía. El árabe técnico se me enreda como hilo entre los dientes, pero sobrevivo. En el almuerzo como sola. Rana me prepara fruta en mi caja personal, pero no me permite sentarme cerca de otras alumnas.

Seguridad. Imagen. Protocolo. Elite…

Regresamos a casa justo antes de la oración de la tarde.

Al entrar, mi padre me espera junto al vestíbulo principal. Se mueve con lentitud, como si cada palabra estuviera ya preparada.

—¿Puedes venir un momento?

Le sigo hasta la biblioteca privada.

—Me informaron que, en el centro comercial, hace días, se te cayó el velo. Frente a un hombre.

—Fue un accidente. Nada grave.

—Ahora eres musulmana. Ya practicas el islam. Y eso... es grave.

—Pero ¿qué...? —empiezo, pero él me interrumpe.

—No se trata de castigo. Se trata de honor. Las mujeres de esta familia no deben ser vistas sin su cobertura. Esa es nuestra cultura. Nuestro nombre. No lo repitas.

Me muerdo las palabras, siguiendo inteligentemente cada palabra de Samira. Él se va antes de que pueda responder.

Debo ser inteligente, mientras me adapto y aprendo a usar las llaves… eso si aguanto y no huyo antes. Es una apuesta a la ruleta rusa de mi tolerancia y paciencia.

Esa noche, el palacio parece una ceremonia de sultanes.

La sala principal se llena de luz dorada, perfumes ardientes y mujeres envueltas en seda. La pedida oficial de Mira, mi hermana menor.

El candidato: Fahd Al-Nasser. Millonario, hijo de un gobernador retirado, dueño de un poco del Riyadh. Aparentemente virtuoso, educado en Oxford, diplomático y obsesionado con los perfumes franceses.

Se presentan bandejas con leche, dátiles, llaves doradas, como dicta la tradición. Su padre conversa con Tariq. Las mujeres ríen en el salón privado. Mira brilla en su abaya bordada con diamantes. Sus palabras son miel envenenada.

—Qué pena, hermana —dice, sentándose a mi lado—. Tú no estás lista para esto. Nadie en este país quiere una mujer que cuestiona. Occidentales… nunca consiguen un buen partido.

—No necesito un hombre que me compre por apellido —respondo.

—Tarde o temprano papá te casará. No elijas tarde. Es menos decoroso.

—Prefiero elegir justo. Aunque llegue después. Y tu papá no puede hacerme eso.

—¿Sabes que acabas de cometer una ofensa grave? —. No me inmuto ante su acusación —. Como hozas fáltale el respeto a nuestro padre. ¡debes llamarlo padre!

Había olvidado eso…

—Ve, dile —. La insisto —. Mira, tu y yo no somos iguales, te ha tenido toda la vida, pero a mí, la hija de su primer amor, de la mujer que más amo, su primera esposa… —. Descubrí como hacer que Mira eche humo —. ¿Quién de las dos tiene su preferencia? ¿tú o yo?

Nos miramos con ese fuego que no necesita palabras.

—No me provoques Mira, o se me olvidara que estoy aquí para aprender y no para destruir.

La ceremonia se cierra con promesas formales. Regalos intercambiados. Tariq da su aprobación. Mira sonríe como quien se corona.

Esa noche, él entra a mi habitación. Con pasos lentos. Con ojos cargados de decisión.

—Han pasado tres meses desde que tu madre murió —dice—. Es tiempo de continuar. Has progresado mucho. Estudias. Respetas. Pero aún falta.




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