NARRA LENA
La noche huele a canela y sospecha. Las empleadas decoran la mesa del comedor principal con bordes de oro trenzado. Hay más cubiertos que personas. Rana no me dice nada, pero su silencio tiene nombre: visita inesperada.
Mira pasa por el pasillo con un vestido tan excesivo que parece haber salido de una película donde las mujeres solo se casan por coronas. Sonríe. Falsa como perfume barato.
—¿Estás lista para la sorpresa, Layla?
No respondo. No porque no pueda. Sino porque ya aprendí que aquí, las palabras a veces me despojan más que el silencio. Los murmullos crecen. Alguien llega. Corro a investigar de quien se trata.
Un hombre.
Y cuando estoy por descubrir de quien se trata. Mis esperanzas caen al suelo. Y maldigo para mis adentros. Vestido en thawb blanco y bisht gris perla. Aproximadamente cincuenta años. Piel cuidada. Ojos grises. Camina como quien posee bancos... y, ahora, busca esposa.
—Es Khaled Al-Mansour —susurra Rana, con voz contenida—. Empresario farmacéutico. Viudo. Dos hijos adultos. Respaldado por tres familias nobles.
Lo miro desde mi lugar, con la cabeza baja y los ojos levantados como una serpiente muda. Él sonríe. Habla con mi padre. Observa a Mira. Luego... posa sus ojos sobre mí.
No como alguien que quiere conocerme. Como alguien que ya decidió. Mira no tarda en incendiar el momento.
—No está mal para alguien como tú, ¿verdad? —dice, dulcemente venenosa—. Tiene reputación, dinero, y no exige belleza. Me parece... ideal para una occidental en proceso de domesticación.
—Gracias por tu consideración —respondo, como quien entrega una daga envuelta en terciopelo.
—Mi prometido tiene treinta. Khaled tiene cincuenta... pero con aire de cuarenta y nueve.
Las risas de sus amigas parecen diseñadas para hacerme más pequeña que mi sombra. Yo no rio. No hablo.
Solo observo.
Y eso, en este lugar, a veces es más peligroso que gritar.
Esa noche, mi padre me llama a su estudio. Camina lentamente. Se sienta en su sillón de cuero como un juez sin prisa.
—Khaled ha mostrado interés.
—No me interesa.
—No es una oferta. Es una posibilidad honrosa. Su carta de intención es clara. Sería un buen esposo. No interferiría con tus estudios. Tiene experiencia. Estabilidad.
—Tiene cincuenta.
—Tiene equilibrio.
—Tiene hijos mayores que yo.
—Tiene más respeto que los hombres que te miran por tus ojos en la calle.
Guardo silencio. Respiro hondo. No por paz. Por contención.
—¿Te casarías con él si fueras yo?
—Yo no soy tú.
—Exacto. Entonces no puedes decidir por mí.
Me mira. Y, por primera vez, parece escucharme... aunque no me entiende.
—No es definitivo. Pero se considerará —dice, y eso significa más que cualquier decreto.
Esa noche paso maldiciendo a Zayd, tomo la almohada que por hoy lleva su nombre y la agarro a golpes. La estrello una y otra vez sobre la cama.
—¡maldito mentiroso!
La pobre almohada termina deshecha. Yo jadeo con frustración. Pateo las plumas y me siento en la cama.
—¿Qué se supone que prometió? ¡aah! ¡Lena idiota! Ni siquiera dije mi nombre, ni hablamos de donde me buscaría, ni prometimos nada… ¡que se supone que estoy esperando!
Me tiro a la cama y trato de dormir, cerrando los ojos para apagar mi ira, pero es imposible. La mañana siguiente, el mundo sigue.
Universidad.
Saludo.
Anatomía.
Oración.
Fruta en cajas de madera.
El Corán en voz baja.
Yo en voz más baja aún.
—Lena, vamos a caminar al zoco —. Ofrece Rana —. Llevas todo el día con el ceño fruncido como si alguien te rompió el corazón.
No respondo. Sigo con la nube gris sobre mi cabeza.
—Vamos a comprar incienso, libros, agua de rosa, eso te animara.
Respiro hondo. Cierro los ojos un instante. Mentalmente mando a Zayd por un tubo. Se acabó. No sé porque estoy intentando vivir un romance para salir de la rutina, hasta se me está olvidando mi objetivo. Hombres hay en todas partes, y mejor si no es un musulmán.
—Vamos —. Acepto tomando su brazo.
Caminamos por las calles protegidas del distrito femenino. Mujeres con velo. Carritos con joyas. Vendedores que no miran a los ojos. Todo controlado. Todo permitido.
—Puedes comprar lo que quieras —. Dice Rana.
Los guardias nos siguen de cerca. Tomo varias cosas de los carritos, no pago, alguien más lo hace por mí. Ni siquiera tengo que preguntar precios. Eso es algo divertido, pero vacío.
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Editado: 28.08.2025