Todas las noches antes de dormir aparecía en la habitación de Tiaku una anciana llamada Nakyí. A veces se sentaba en la cabecera de la cama, contaba cuentos y cantaba canciones. Tiaku no sabía porqué estaba ahí; pero se sentía seguro a su lado. Solo él podía verla. Nakyí no permitía que nadie más la viera.
—Les he contado a mis padres sobre ti; pero dicen que solo es mi imaginación.
—¿Y tú lo crees?
—No, pareces muy real. Un día los traeré aquí para que te conozcan, entonces sí me creerán.
—Eso no va a ser necesario.
—¿Por qué?
—Porque todavía no es la hora.
—¿La hora?
—La hora de presentarme.
Nakyí se inclinó hacia él y besó su frente en señal de despedida. Se levantó de la cama y caminó hacia un rincón de la habitación.
—Espera, no te vayas.
—Ya debo irme, regresaré pronto.
—¿Por qué nunca me has contado sobre ti? Solo sé tu nombre, nada más.
—¿Qué quieres saber?
—Aún no me has dicho por qué me visitas.
—Eso, es algo que todavía no te puedo revelar. Todo a su hora.
Nakyí suspiró profundamente y de su aliento escaparon unas ondas mágicas que hicieron que Tiaku se durmiera al instante.
—Paciencia. La hora está por llegar.
Con sus manos tomó parte de la oscuridad que había en la
alcoba, la moldeó y la colocó a su alrededor. La misma se
tornó gris y la hizo desaparecer. Al día siguiente Tiaku se despertó de mal humor. Estaba molesto por las últimas palabras que Nakyí le había dicho la noche anterior. Él odiaba los acertijos. Quería conocerla realmente, dado que lo visitaba desde el día de su cumpleaños. Habían trascurrido meses desde aquel entonces y no sabía nada de su vida, como dijo: “solo sé tu nombre”. No le temía, ella le inspiraba confianza; pero no por
eso dejaba de ser una extraña. Salió de su habitación y se dirigió a la sala. No había nadie; pero la puerta estaba abierta de par en par. Se acercó a la entrada y vio a su madre recogiendo frutas de unos árboles. Atravesó el sendero que los separaba.
—Mamá.
—Buenas.
—¿Dónde está papá?
—Fue a hacer mandados.
—Ayer vino Nakyí.
—Sí, como todas las noches —comentó Unure con ironía.
—Es verdad lo que digo, ¿por qué no me crees?
—Porque si alguien desconocido estuviera en tu alcoba, ya lo hubiese sabido, al igual que tu padre ¿Te acuerdas de la vez que fui a tu cuarto y estabas hablando solo?
—No estaba hablando solo, hablaba con Nakyí.
—No había nadie ahí contigo, Tiaku.
Tiaku cruzó los brazos en señal de disgusto.
—¡Nakyí sí estaba! Me dijo que aún no era el momento de que se presentara ante ustedes; pero que lo haría muy pronto. Yo no invento nada. Voy a probar que lo que digo es cierto.
—Mira, ahí viene tu papá.
—Buenas, hijo.
Tiaku lo recibió con un abrazo.
—Jemarlu ¿qué traíste ahí?
—Carne y pan ¿Desayunaron ya?
—Todavía no, estaba esperando por ti —dijo Unure.
—Yo no tengo mucha hambre —dijo Tiaku.
—Tienes que comer algo. Espera…no me digas que estás molesto
por lo que te dije sobre Nakyí.
—Nakyí ¿otra vez ese tema? Tiaku, ya hablamos sobre eso, entiende de una vez —insistió Jemarlu.
—No entiendo ¿cómo es posible que viviendo en un lugar como Járess donde la magia existe no puedan ver que quizás esto puede ser algo más?
—¿Algo más como qué? —preguntó Jemarlu.
—No lo sé, algo más, solo algo más allá.
Jemarlu y Unure negaron lentamente con la cabeza.
—No voy a volver a hablar de lo mismo, despreocúpense.
—Cariño, no te sientas mal. Lo menos que queremos es
entristecerte. Solo estamos siendo realistas, es todo —dijo
Unure.
Tiaku, sabes perfectamente que nosotros apenas usamos magia en nuestro día a día. Solo la utilizamos en ocasiones especiales y aunque convivamos con ella constantemente, eso no significa que “todo, absolutamente todo” tiene que ver con eso —añadió Jemarlu.
—Dile eso a mi tío. Estoy seguro de que él me entendería.
Sí, en eso Tiaku tenía razón. Wuerdal, su tío, había aprendido
a dominar la magia a muy corta edad. Un vecino de su abuela
le enseñó, también era hechicero como él. Falleció cuando Wuerdal tenía veinte. La magia era una parte muy importante de su vida y amaba todo lo que la misma representaba. Los poderes mágicos eran un magnífico regalo, algo que solo los
dichosos nacidos bajo su manto podían comprender. Al crecer se volvió un hombre de pocas palabras y trato un tanto brusco; pero su corazón era inmenso. Su sobrino lo admiraba mucho. Quería ser como él cuando fuese mayor. Los padres de Tiaku no lo entendían como él lo hacía. En ocasiones hasta sentía
que no le prestaban la atención necesaria. Unure y Jemarlu parecían distraídos a veces; inmersos en sus propios asuntos y preocupaciones de adultos, sí; pero no significaba que no les
interesara su hijo, lo amaban mucho. Sin embargo; era difícil
convencer a alguien tan obstinado, siempre enfrascado en tener la razón (en el caso de Nakyí, la tenía) aunque sin poder demostrarle a sus padres que estaba en lo cierto. Esa noche cuando la familia dormía, apareció otra vez Nakyí. Sorprendió a Tiaku lanzando una pelota contra la pared de forma continua. Cuando la vio se alegró mucho. La abrazó muy fuerte, como con miedo de que se escapara.
—Qué bueno que estás aquí, te extrañé mucho.
—Me alegra verte.
La miró un poco triste, ella lo percibió.
—¿Qué te pasa? ¿estás bien?
—Nada, no es nada.
—¿Desde cuándo me mientes? Algo te angustia, dime que es.
—Hablé con mis padres ayer sobre ti de nuevo; pero no hay manera de que tomen en serio lo que digo.
—Ajá.
—¿Tú podrías…?
—Ya te dije que las cosas deben caer por su propio peso. No es momento aún de revelarle a ellos mi existencia.
Él se desprendió de ella de manera tosca.
—¿Por qué no puedes hacerlo? ¿Es totalmente necesario que espere hasta que tú decidas cuando es el “mejor momento”?
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Editado: 09.04.2026