Esos días que están guardados

Quinta parte

Los días venideros trajeron quietud y paz nuevamente. La cena pendiente que tenían Tiaku, Sauyel y Teadir por fin fue organizada y realizada. Karíf y Klewit se encontraban jugando por toda la casa y Wuerdal trataba de sosegarlos entreteniéndolos con magia. No resultó, eran demasiado
inquietos.

—Abuelo, no queremos ver magia ahora, espera un poco —dijo
Karíf.

—¡Queremos jugar! —gritó Klewit con entusiasmo.

—¿Jugar? ¿Todavía tienen fuerzas para jugar después de estar todo el día salta para allá y para acá? —preguntó Wuerdal.

—Sí, sí—dijo Karíf.

—Tenemos mucha energía —dijo Klewit.

—Buena forma de llamarme viejo —dijo Wuerdal, riéndose. Los niños se sumaron a su risa, lo abrazaron muy fuerte y continuaron jugando.

—Estoy tan contenta que después de todos estos años, al fin podamos volver a la amistad que teníamos. Estoy muy feliz —dijo Teadir.

—¿Se quedarán a vivir aquí en Marfét? —dijo Tiaku.

—Eso pensamos —dijo Teadir —Wuerdal ¿no quieres un poco
más de pastel?

—¿Qué si quiero? Por mi me lo comería todo, está delicioso.

Los tres rieron a carcajadas.

—Por cierto —dijo el anciano, acercándose a la mesa.

—¿Quién ocupará el trono ahora que la familia Fuerus ya no está?

—Sé que la reina Liemy tuvo una hermana y un sobrino —dijo
Tiaku—. Viven aquí en Marfét.

—Sauyel y yo planeamos ir
mañana a conocerlos. Ellos deben estar al corriente de todo lo
sucedido. Solo conozco sus nombres; Omuris Xuuk y Ailae,
nada más. Solo los he visto una vez de lejos en el Castillo Real hace unos años.

—¿Creen que aceptarán gobernar?
—preguntó Teadir.

—Alguno de los dos tendrá que aceptar. Un país no funciona sin gobernantes —dijo Sauyel.

—Eso es cierto. No creo que haya más opciones —ratificó Wuerdal.

Al día siguiente Sauyel y Tiaku se dirigieron a la casa de Omuris y Ailae. No sabía la dirección. Llegaron al sitio preguntando a
los pobladores. Quedaron fascinados ante la preciosa casa
donde vivían. Tocaron a la puerta y Ailae abrió.

—¿Sí? ¿Qué desean?

—Hola, nosotros venimos del Castillo Real. Yo soy Tiaku.

—Sauyel, mucho gusto.

—Ailae. He oído hablar mucho de ustedes.

—Necesitamos hablar con usted —dijo Tiaku.

—Ok, por favor, pasen y siéntanse.
Los tres se acomodaron en unos cómodos y ornamentados asientos. Ailae los miró con expresión curiosa.

—¿De qué quieren hablar?

—Esto no es una plática fácil; pero vinimos a convidarla a usted o a su hijo, Omuris a ocupar el trono —dijo Tiaku.

—¿Ocupar el trono?

—Sí, actualmente Járess no tiene dirigentes. Todos murieron, como ya debe saber —dijo Sauyel.

—Murieron asesinados. Se me partió el alma cuando me enteré
que mi hermana, mi sobrino y mi cuñado, perdieron la vida por culpa de ese…sanguinario de Ruess. Nunca me agradó.

—A mí tampoco me agradaba, nunca confié en él —dijo Tiaku.

—Qué bien que no lo hiciste. Mi hijo y yo tuvimos suerte de haber sobrevivido. Por un momento creí que me mandaría a matar a mí también, afortunadamente no pasó. Ayudó que poco antes de esos sucesos nos marcháramos a
Yemakel. Nos enteramos allá de la situación imperante en Járess y
decidimos que era mejor aguardar. Regresamos hace solo dos días.

—¿Y? —preguntó Tiaku.

—Entiendo lo que dicen. Un reino no se sostiene sin dirigentes; pero sinceramente yo no tengo ningún interés en la corona de Járess; pero no sé qué opinará mi hijo.

—¿Y dónde está?

—Durmiendo, esperen, lo despertaré.

Unos minutos después Omuris se dirigió a la sala. Luego de las presentaciones, Tiaku y Sauyel le comentaron lo que le habían dicho a su madre. Él estaba dudoso, no sabía si aceptar o no; pero después de un rato pensando, decidió ir.

—¿Estás seguro? Es una gran responsabilidad —. Le preguntó
Ailae.

—Lo sé; pero no hay nadie más a quien recurrir, salvo yo. Tú no deseas gobernar; entonces… yo daré el paso al frente. El linaje de la familia debe continuar, no podemos perderlo ni lo bueno que ha surgido de él.

—…Está bien, te apoyaré en tu decisión, aunque sea una gran
decisión. Iré a visitarte cada vez que pueda. Esta casa se sentirá vacía sin ti.

—Lo sé, también te extrañaré, mamá. No te preocupes, estaré
bien. Voy a hacer el mejor trabajo posible. Espero que resulte.

—Járess verá de nuevo la luz —dijo Tiaku.

—Esa luz vendrá contigo, Omuris —reafirmó Sauyel.

—Haré lo posible por traerla de vuelta—dijo Omuris.

—Lo harás bien—dijo Ailae.

—Todo lo posible—repitió Omuris.

Y pasó que Omuris Xuuk hizo un gran trabajo como rey del
Reino de Járess. Se le conoció como alguien justo y dedicado.
La nación tuvo un gran progreso bajo su mando. Lojaniegre, un
centro penitenciario, fue creado bajo su supervisión, un lugar para mantener la malignidad y la no idoneidad lejos de Járess, donde no pudieran hacer daño. El trabajo fue duro; incluyendo hasta una purificación mágica finalmente lograda en dicho lugar. Nuevas leyes fueron implementadas para favorecer al desarrollo del país. Hubo un importante documento llamado Reyuis creado en Yeíxz, capital de Járess. En dicho
documento se proclamaba a la magia como tesoro inmaterial de Vrímyol, la incapacidad de prohibir su uso de manera libre, obviamente
con las restricciones típicas, como no usarla para fines ilícitos y sentenciar a quien incumpliera con estas leyes. El documento fue guardado en un lugar secreto desde
entonces. En la ceremonia que se celebró para la ocasión estuvieron
presente los gobernantes de Járess y Yemakel (naciones que conforman los Cimuents) y hechiceros de renombre, como Tiaku y Sauyel. Nakyí y Huimati observaban a lo lejos con
semblante complacido. Luego se perdieron en el firmamento y
brillaron con un fulgor intenso en un cielo repleto de estrellas tras ver el símbolo representativo de Tiaku proyectarse en lo alto: abstracto y nítido. Después del reinado del rey Astmúr Fuerus, este actual orden fue el mejor que existió nunca en Járess. Tiaku y Ailae forjaron
una bella amistad que se transformó en amor al cabo del
tiempo. Wuerdal cerraría sus ojos para siempre en una tarde lluviosa, no sin antes hacerle saber a Tiaku el gran hombre en el que se había convertido, más allá de ser un formidable hechicero. Un verdadero hombre, que sufrió y sanó, que
aunque temió no se rindió, sino que avanzó, continuó luchando y triunfó. El filo hiriente de lo espléndido pudo herirlo en ocasiones; mas no quebrarlo. Volvió a estar intacto.




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