CONALL
Una semana antes.....
El chico de diez años se encontraba en el establo, limpiando con un rastrillo el estiércol del caballo, aun le faltaban muchas tareas por hacer, su madre había ido a la cuidad a comprar unas telas, para hacerle una nueva camisa, ya que su compañero de clase Jonathan había roto la suya, mientras le daba un puñetazo en el ojo derecho. Todo sin aparente razón, se puso celoso de que Conall fuera, la mejor nota de la clase, aunque lo consideraban un mal estudiante, ya que casi no prestaba atención, perdido constantemente en su propio mundo imaginario, donde podía ser un pirata que viaja en una tripulación, navegando por los mares, hasta los confines de la tierra, podía ser quien quisiera, todo menos un granjero, no es que despreciara lo que era, simplemente no quería pasar su vida ordeñando vacas, o cuidando los animales. Pero lo ayudaba el que leía constantemente, eso le permito sacar una buena calificación.
Pasó los dedos por el moretón de su cara, en el lado derecho, era un enorme cardenal morado y mañana estaría aún peor, apenas si podía ver con ese ojo. Una fuerte briza abrió las puertas del establo, haciendo volar ramitas y paja, el magnífico caballo pura sangre Galán, de pelaje negro con patas peludas de color blanco, relincho de forma asustadiza, él chico soltó el rastrillo y corrió a ajustar su correa y le sobo en el centro de la frente para tranquilizarlo.
Vio el cielo de un triste tono grisáceo, con un montón de nubes cada vez más oscuras, se avecinaba una tormenta, el olor a petricor y humedad inundaron sus fosas nasales, aun le faltaba revisar los estanques de agua y limpiar el gallinero, pero quedaría aplazado para mañana. Salió con la carretilla llena de desechos y el tiro a la basura.
Subió por el porche de madera viejo, el tintineo de la campana oxidada colgada en la puerta, sonaba una y otra vez. Al entrar a la casa, sintió ese ambiente acogedor y cálido, el olor a lavanda, pero él apestaba y estaba demasiado sucio, miro hacia abajo y se dio cuenta de que sus botas dejaron unas inconfundibles huellas de lodo. Maldijo para sus adentros, siguió por el pasillo derecho para entrar en su habitación, dejo sus anteojos en la mesita de noche y se dio una larga ducha para quitarse toda la suciedad.
Más tarde cuando ya estaba limpio y cambiado, escucho la voz de su hermano Howleen.
—Conall, ya estamos en casa!!— grito. Se puso los anteojos, y llego corriendo, su madre Rochelle, le dio un beso en la frente, ella era hermosa, alta, con un porte delicado y elegante, como su hubiese nacido para ser una reina, el cabello castaño claro, al final le caía en ondas, y unos hermoso ojos azules, las orejas puntiagudas de todos los inmortales, con un vestido manga larga marrón, que ocultaban sus tatuajes dorados con formas de notas musicales y otros símbolos.
Existía una historia que decía que los músicos que querían dedicar subida a ello, debían tatuarse a la edad de diecisiete años, la tinta los conectaba con la magia de los cuatro espíritus, por lo que las melodías salían aún más angelicales. Aunque Conall no creía mucho en esas historias, solo una persona había visto a los cuatro espíritus y había muerto hace miles de años. Alguien cuya maldad había amenazado con destruir su mundo.
Su hermano Howleen, le paso una mano por el cabello, desordenándolo. Él era cuatro años mayor que Conall y se parecía mucho más a su madre, por el color de cabello y los rasgos, pero de ojos verdes. Conall lo adoraba, era como su mejor amigo, y Howleen nunca lo juzgaba, siempre estaba para él. Hubo una época donde Conall se preguntaba si algún día su padre regresaría, quería conocerlo y preguntarle por qué había abandono a su madre y a sus hijos, dejándolos sin nada y robando el sueño de Rochelle de ser la mejor arpista de todo el reino. Pero a hora que había pasado el tiempo Conall lo único que sentía por su padre era un rencor que fue creciendo con cada año, y ya no preguntaría más por él. Su única familia eran ellos dos.
Conall ayudo con las bolsas de compras, pasándole los empaques a su madre, para que ella los almacenara en las gavetas. Luego ella lo llevo a una silla y con mucha dulzura le quito los anteojos y le aplico un ungüento en el moretón.
— Ya está, ten más cuidado la próxima vez, trata de no prestarle a tensión, a lo que los demás niños te dicen—dijo con aspecto serio. Dentro de conall creció algo muy similar a la vergüenza, su madre estaba al tanto de todas las palabras desagradables que recibía por parte de sus demás compañeros "estúpido" "bastardo" " hijo de puta", a las madres jóvenes y sin esposo las juzgaban y trataban como unas cualquieras, pero su madre era una de las mujeres más justas y decentes que hubiera conocido.
—está bien, mamá— dijo, mientras asentía con la cabeza.
—A hora a preparar la cena, mañana estará lista tu camisa— se puso de pie y aliso las arrugas de su falda. Howleen se sentó en la mesa junto con él, y sacaron un juego de mesa, antiguo de magia, que casi no se conseguía, de dos jugadores, donde tenías que pincharte el dedo con una aguja que estaba incrustada en los extremos, la gota de sangre te vinculaba con los jugadores, que aparecían dos segundos después, tú le dabas vida con tu mente, agregándoles cualquier poder que quisieras, cada uno debía alternarse un movimiento, como en una partida de ajedrez, solo que en este si luchaban de verdad.
Iban a empezar el juego, cuando se escuchó el fuerte galopeo de caballos, la lámpara del techo de balanceo de un lado a otro, medio parpadeando, hasta que se fundió. Su madre se llevó el dedo índice a los labios, para que guardaran silencio. Cogió rápidamente un cuchillo. El corazón de Conall empezó a palpitar rápidamente. Mientras tanto se escuchó el sonido de un trueno, eso le puso los pelos de punta.