Yo siempre me he preguntado una cosa: ¿Qué es lo que hace falta para llegar a ser un rey? Liderazgo, crueldad, ambición o tal vez tener una buena espada que intimide a los presentes.
He visto como mucha gente muere en las calles por falta de comida, agua y algunas enfermedades. La inflación está llegando a niveles muy extremos, pero... ¿No es responsabilidad del rey arreglar todo esto? Locales y casas de campesinos a punto de derrumbarse; parecería como si el rey estuviera de adorno.
Me llevo la mano a la cabeza. Debo tranquilizarme, de todas formas, solo debo centrarme en sobrevivir. Mientras siga vivo en este callejón sombrío.
—Oye, Lion, esto fue lo que pude conseguir. —Me muestra un pan y me lo da en la mano. —Qué bien, Tomás. —Con esto podremos sobrevivir un día más. —Dijo Tomás con comida en la boca.
—Tomás, hace un tiempo que no veo la ciudad. Desde que tuve que quedarme aquí, lo único que veo es muerte. —Mire al cielo con una cara sin esperanza o alguna emoción. —Tomás me pega un pequeño golpe en la espalda. —Anda, no te desanimes. ¿Qué tal si mañana vamos los dos? —¿De verdad? —Sonreí.—Claro que sí.
Pasó el día hasta llegar la noche. Una noche con muchas estrellas acompañadas de su madre, la luna. Sentados en el callejón sombrío, observábamos las estrellas.
—Sabes, Tomás, yo siempre he visto la noche como una gran familia unida. —Tomás se queda algo confundido. —La luna es la madre, acompañando a sus pequeños hijos. —Tomás se percata. —Vaya, no es una mala manera de ver una noche tan estrellada. —Siento un aire frío pasar. —Oye, ¿no hace un poco de frío?
—Tomás se quita su chaqueta algo destrozada y me la pone. Me queda algo grande, llegando a taparme casi hasta las rodillas. —Oye, te vas a enfermar. —Y eso qué importa, recuerda que eres el menor, ja, ja. —Me quedé callado y calmado, cerré los ojos. Una calma inexplicable oprimía mi inquietud.
Se siente como si fuera un hermano de verdad.
—Empecé a abrir los ojos poco a poco. Encontrando a Tomás mirando hacia un lado con una cara de extrema tranquilidad. —Miro hacia mí. —Anda, pero si ya despertaste. —Me froté los ojos. —Sí, *Bosteso* —Se acercó a mí. —Bueno, ¿qué tal si ya vamos? —Me levanto del piso. —Sí, ya vamos.
Pasamos por varios callejones. Solo veía cómo la gente se moría de hambre, pedían comida, medicinas, cosas que gente como ellos y nosotros no nos podemos permitir. Yo solo podía ignorarlos, pero por dentro sentía un dolor intenso y una gran culpa por no poder ayudarlos. Trataba de no parpadear, para no mostrarme débil frente a todos y no llorar en el momento. Tengo demasiada suerte... pensé.
—Ya llegamos. —Mire al frente.
Un gran muro que dividía 2 lados de una misma nación y una gran puerta hecha de oro pulido. La custodiaban dos guardias con sus espadas y la bandera que representa la nación:
Llegó un mercader, y al verificar su identificación lo dejaron entrar. El pequeño detalle es que la puerta la dejaron abierta.
—Tomás, me tomó del brazo y nos escondimos en un callejón que estaba cerca. —¿Qué pasa? —Cogió una piedra. —Mira esto, Lion. —Tiró la piedra al callejón que estaba delante de nosotros.
—Oye, ¿oíste eso? —dijo el guardia. —Sí, vamos a ver. —Los guardias fueron hasta donde lanzó la piedra. —Es nuestra oportunidad, Lion. —Me volvió a coger del brazo. —Oye, ya deja de arrastrarme.
—Al parecer no hay nada. —Dijo el guardia. —¿Qué habrá sido eso?
Logramos entrar a la ciudad. Mercados llenos de comida, casas sin derrumbarse, gente feliz, sin enfermedades o mendigos en las calles. ¿Qué es todo esto? Es todo lo opuesto a lo que vivimos día a día.
—Impresionante, ¿no es verdad? —Sonrió Tomás. —Es increíble, no sabía que una ciudad así existiría. —Tomás muestra una sonrisa calmada. —Recuerda que algún día, no sé cuándo, pero... algún día viviremos aquí. Esa es mi ambición.
Callado, respondí con una gran sonrisa.
—No sabía que te gustaría tanto. Vamos, te mostraré mucho más.
Fuimos caminando. Yo solo contemplaba a mi alrededor cosas que nunca había visto. Tenía tantas preguntas, pero por el caminar de Tomás parecía apurado. No quise molestarle.
—Sin darse cuenta, se choca contra un guardia que andaba pasando. —Ay, eso dolió. Debería tener más cuidado. —Tomás levantó la mirada. —Tomás parecía asustado.
Sentía cómo temblaba su mano. ¿Por qué está tan asustado?
—Oye, niño ¿te conozco de algún lado? —dijo el guardia. Un guardia gordo y con una cara arrogante. —No, señor, se lo debe estar imaginando. —Estoy seguro de que te he visto. —Le estoy diciendo que no. —Tomás sale corriendo mientras me sujeta del brazo. —¿Tomás? —Su cara demostraba gran miedo. Con una respiración descontrolada. —Descuida, todo va a estar bien. —Oigan ustedes. No corran. —Seguimos corriendo hasta perderlo en otro callejón.
—Por fin lo perdimos. —Tomás, sofocándose de tanto correr. —¿Por qué corres, Tomás? —Ese guardia es peligroso, no debemos toparnos más con él. —¿Pero por qué? —Golpeó la pared muy enojado. —Deja de hacer preguntas y haz lo que te digo. —Grito. —Miraba sus ojos, cómo desprendían todavía el gran miedo que ha pasado, y también miré hacia abajo en forma de arrepentimiento. —Tomás se calmó y me tocó la cabeza. —Perdón, es que estoy un poco alterado. Todo estará bien mientras no nos encontremos con los guardias. —Está bien. —Bueno, sigamos explorando. Vamos.
No sé por qué Tomás le tendrá miedo a los guardias, pero mientras no lo vea temblando de miedo, todo estará bien. Exploramos muchos lugares, farmacias, mercados, incluso herrerías. Contemplaba cómo el hierro se formaba y se martillaba tan magistralmente. Una verdadera belleza. Algunas buenas personas por el camino nos regalaron algo de su comida y algunas frutas tenían formas tan extrañas que no entendía qué eran. O pensaba yo que eran frutas, ja, ja. Después de tanto explorar la ciudad, decidimos volver a la otra ciudad en ruinas. Y la puerta que dividía los 2 lados estaba cerrada.