—Un pequeño rayo de luz me despierta. —Me froté los ojos. —¿Ya es de mañana? —Los abrí poco a poco. —Vi a mi lado. —Eh, ¿a dónde se fue Tomás? —Pasa una brisa de viento que hace que entre basura en mis ojos. —Me froté los ojos de nuevo.
Iré a buscarlo.
—Oye, niño, ya me acordé. —El guardia gordo con una sonrisa aterradora. —Tomás temblando de miedo. —Le digo que se está equivocando. —El guardia agarra a Tomás como si fuera un gato. —Tú te vienes conmigo. —Tomás se movía, tratando de zafarse de él. —No quiero, déjame ir. —grito —Lo siento, pero tus robos no se pueden pasar por alto. ¿Sabes que eres un criminal muy reconocido por aquí? —dijo el guardia con arrogancia. —Tomás con lágrimas en sus ojos y con cara de tristeza. —No creas que todo eso lo hice porque sí. Todo esto solo lo hacemos para sobrevivir. No quiero que mi amigo se muera de hambre. —grito.
—Lo estampa contra la pared. —Tomás con la mano en el pecho, tosiendo por el impacto. —El guardia lo agarra por la ropa, viéndolo cara a cara. —El guardia con una cara de arrogancia y desprecio. —¿Y eso a mí qué me importa? —Tomás, sorprendido y con miedo. —Podrían haberse muerto los dos. Ustedes lo único que hacen es darme más trabajo, malditos niñatos. —Tomás se quedó callado, no tenía valentía para decir una palabra más. —El guardia se lo llevó en el hombro a pesar de moverse tanto.
Llevo buscando un buen rato y todavía no lo encuentro. ¿En dónde te metiste, Tomás?
—Oye, ¿estás seguro de esto? —dijo un guardia. —Solo es un niño. —Dijo otro guardia. —Ustedes cállense, ¿cuál creen que es su deber como caballeros? —Los guardias se calmaron y miraron a otro lado. —Obedecerlo, capitán.
—Corrí por varios callejones. —¿Dónde estás, Tomás? —Veo una gran multitud a lo lejos. —¿Qué es lo que estará pasando ahí? Tal vez Tomás esté ahí. —Muy buenos días, gente de Orphen. —¿En serio le van a hacer esto a un niño? —murmuraba la multitud. —Perdonen, con permiso voy pasando. —Dije mientras pasaba por la multitud. —Este criminal lo hemos estado buscando por bastante tiempo. Tiene mala fama por andar robando comida de los mercaderes. Que con gran bondad nos venden muchas de sus mercancías. —Por fin puedo mirar algo. —Miré hacia el frente y vi a Tomás. Mirada ida, con la cabeza en el cepo de la guillotina esperando su muerte.
—Con cara de agonía, miré hacia Tomás. —¿Qué es lo que está pasando, por qué está ahí? —El guardia señala a Tomás. —Por eso debe ser ejecutado. —Mire al guardia. —¿Ejecutado? —La multitud enloqueció.—Vamos, mátenlo. —Ese niño no merece vivir. —Mire a mi alrededor cómo todos llevaban una gran sonrisa en sus rostros. —¿Por qué están tan emocionados? —Mire a Tomás. —Tomás se percató de que yo estaba aquí. Y me miro con extrema alegría. —El guardia cortó la cuerda de la guillotina. —Yo veía cómo la cuchilla caía poco a poco. —Por favor, no me mires de esa forma. —Dije mientras se me salían las lágrimas. —Su cabeza cayó, mostrando su sonrisa tan confortable y amable, su sangre manchando la guillotina y todo el escenario. —Corri de ahí. Hasta el callejón donde habíamos dormido. Con la cara llena de lágrimas. —Sentado solo, y con gran tristeza. Pensando en qué es lo que había pasado.
Era por eso el gran miedo que les tenía a los guardias. Ya lo entiendo. Si hubiera estado en su lugar, también tuviera mucho miedo. ¿Pero ahora qué es lo que haré? ¿Cómo voy a vivir solo sin él? Me acosté en el piso. Sentí una brisa. Ja, ja, todavía sigue haciendo frío. Me quedé callado por un momento. Sentí un gran vacío; me oprimí el pecho. ¿Por qué no me das tu chaqueta? ¿Por qué tuviste que irte? Miré al cielo y alcé el puño. Frunci el ceño. ¿Por qué?
Sin darme cuenta, me quedé dormido. Un sueño donde yo combatía en una gran guerra, con un caballo y mi espada de marfil. Comandando un gran ejército de soldados de la guardia real. Muriendo por una apuñalada al corazón. En ese momento me desperte.
—Abrí los ojos. —Qué sueño más raro. —Me levanté del piso. —Un chico pasa corriendo. —Los de Berlín están atacando. Por favor, manténganse en sus casas; es muy peligroso. —Grito.
¿Berlín no es la nación enemiga? Tengo que esconderme, pero ¿en dónde?
—El chico me miró. —Oye, niño, te recomiendo que te escondas; podrías morir. —A eso voy. —Él me olió. —Y también date un baño, hueles a basura. —En ese instante se fue corriendo. —Que me dé un baño, ¿eh? —Sentí pisadas de caballo a lo lejos. —¿Qué hago, qué hago? Están viniendo para acá, ¿verdad? —Mire hacia todos los lados desesperado. Hasta que vi un barril. —Ahí me esconderé. —Dime la situación. —Dijo el capitán del ejército de Berlín. —La mayoría de los guardias están muertos, hemos decidido no matar a los ciudadanos a no ser que opongan resistencia. —Dijo un soldado. —Muy bien, entonces sigamos, recuerden que nuestro objetivo es tomar Orphen por completo. —Sí, señor. —Dice todo el ejército. —¿Tomar Orphen? Así que su objetivo es dominar y aplastar al ejército para obtener el control de la nación. —Salgo del barril. —Oiga, señor, mire, hay un niño ahí. —Mirando hacia abajo con la mirada ida. —Déjenlo en paz, no parece que vaya a oponer resistencia. —Ignoremoslo y sigamos. —Sí, señor. —Se fueron cabalgando.
Uy, qué miedo pasé. Ese hombre intimidaba con esa mirada de malo. Me caí al suelo. Qué hambre tengo. Fui caminando poco a poco hasta la gran puerta, cayéndome varias veces por el camino. Llegué al fin, la puerta está abierta. Los guardias no están; claro, con toda esta revuelta deben estar defendiendo el palacio. Pasé al otro lado, seguí caminando estando todo envuelto en llamas. No sentía nada por este lado tan podrido. A pesar de que he nacido aquí.
—Me encontré con 2 arqueros lanzando flechas con fuego. —Oye, amigo, mira eso. —Un arquero me señaló con el dedo. —Vaya, pero si es un niño pobre —dijo el otro arquero. —¿Qué tal si lo mando al otro mundo. —Sí, sería muy entretenido oír sus gritos o ver su piel quemada, je, je. —El arquero cerró un ojo para tener precisión. —Me quedé quieto con la misma expresión de agonía. —Apareció un hombre corriendo y se puso en el medio por error. —La flecha le dio a ese hombre, su carne empezó a quemarse y gritaba de dolor. —Me caí para atrás. —¿Qué fue lo que pasó? —murmuré. —Ja, ja, ja, mira cómo grita amigo. Parece un animal. —Sí, un animal, ja, ja, ja.