Espada Oculta

1: El favorito

1400-1405, primeros años de Teajong

Yi Je tenía cerca de seis años cuando su padre ascendió al trono y, aunque habían pasado ya algunos años desde aquel «glorioso» suceso, la mente del jovencito lo obligaba a revivir ese recuerdo... a pesar de que, en ocasiones, deseaba olvidarlo.
Sucedía casi siempre igual: los sirvientes apagaban las velas y él se iba a la cama. Cerraba los ojos, y sus sueños lo devolvían al pasado, siempre a la época más feliz de su infancia, cuando solo era un niño sin nombre.

Aquella mañana se encontraba en la casa de sus abuelos maternos. Aunque lo habían enviado a uno de los patios secundarios junto con dos de sus primos para distraerlo, Yi Je advirtió detalles sutiles en el comportamiento de las personas que habitaban allí. Esos pequeños gestos, en conjunto, envolvían la casa en una atmósfera inquietante, una vibra ácida.

—¿No van a venir a estudiar? —dijo el mayor de los primos, apenas tres años mayor que Yi Je—. Tienen una gran lista de caracteres que memorizar.

El pequeño levantó la mirada de la vara que tenía en la mano con un bufido y observó las dos jarras que se encontraban a unos metros de él.

—¡No quiero! Quiero seguir jugando tuho —rezongó sin siquiera volverse; no quería que nada afectara su puntería.

El juego consistía en meter flechas en una estrecha jarra de madera desde cierta distancia. Como en la mayoría de los juegos, ganaba quien lograra más aciertos.

—El abuelo se decepcionará si se da cuenta de que olvidaste lo que te enseñó en la última lección —insistió el primo mayor, sentado al borde del porche de la cabaña correspondiente a ese patio.

—¡Hyeongnim, déjanos jugar! —protestó el otro primo, que tenía una edad intermedia entre los dos y estaba junto al más joven.

El mayor cerró su libro con un suspiro y lo dejó a un lado.

—No se quejen después —murmuró, mirando sus pies cubiertos por calcetines blancos. Sus zapatos eran los únicos sobre la banqueta.

—Cuando el abuelo te pregunte, dile que sí supo el significado de todo lo que le preguntaste y ya.

—¿Y qué harás cuando te haga una pregunta a ti, Seon Jae?
El mediano resopló y se distrajo del tema cuando llegó su turno de arrojar la flecha a la jarra.

—El abuelo no preguntará hoy —dijo el más joven de repente.

—Hoy es día veinte. Lo hará —refutó el mayor, pues su abuelo tenía la costumbre de repasar con ellos, cada veinte días, los puntos más importantes vistos en clase—. Estarán en problemas.

El más pequeño negó con la cabeza.

—No va a hacernos una prueba hoy —insistió, señalando la ancha puerta de madera que conectaba con el patio principal: estaba abierta de par en par.

El pequeño Yi, con su mirada aguda y su mente curiosa, notó que los rostros de los sirvientes reflejaban una mezcla de miedo y cautela. El muro de piedra que dividía los jardines de la casa no era muy alto, por lo que, desde donde estaba, podía ver las cabezas que iban y venían. No se concentraban en ninguna de sus tareas. Algunos cuchicheaban entre ellos, como si intercambiaran opiniones... o presentimientos.

No cabía duda de que ellos sabían mucho más sobre lo que ocurría que el niño Yi.

Era normal que sus tíos mayores salieran de casa antes del amanecer y regresaran al atardecer, a veces en compañía de su padre. Así que no le sorprendía que ese día también hubiesen madrugado. Lo extraño se notaba en sus tíos menores, quienes solían ser hombres alegres y juguetones, pero que esa mañana habían deambulado por la casa a tientas, suspirando y mirando el cielo como si esperaran que lloviera. Ni siquiera se habían acercado a saludarlo como hacían siempre.

Y no eran los únicos que actuaban distinto.
Su abuelo, que en los últimos años acostumbraba salir a la calle a caminar y hablar con la gente —la conociera o no— se encerró en su sala de estudio en cuanto se levantó de la cama, y ayunó. Nadie lo vio durante todo el día, y ni uno solo de sus alumnos apareció para reunirse con él, como solía ocurrir casi a diario.

Su abuela también se comportaba de forma extraña... como lo hacía cuando alguien enfermaba: tendió un tapete de paja sobre la tierra, frente a una mesita con un tazón de agua, y se puso a inclinarse ante él mientras frotaba una palma contra la otra.

Y su madre...

—¿Qué? ¿Qué pasa? —la voz regañona de su primo lo sacó de sus pensamientos.

—No voy a estudiar —rezongó el niño, y lanzó su flecha en su turno: falló.

—¡Gané! —exclamó el del medio, tras contar las flechas que había en cada jarra.

—¡Perdí por tu culpa! —chilló el más joven, dándose media vuelta hacia el mayor.

—¿Yo te detuve la mano? —replicó el mayor, girándose hacia la mesa baja del porche, sobre la que había una cesta tejida con materiales de costura, unos libros y un plato con galletas de miel en forma de flor.

El pequeño dijo algo sobre querer jugar otra vez y el mediano se opuso, pero el mayor dejó de escuchar en cuanto les dio la espalda. Hojeó el libro que tenía enfrente, sin mucho interés, y lo dejó encima de otro. No tenía ganas ni de jugar tuho ni de leer. Pensó en caminar a lo largo de los muros, pero el otoño ya había marchitado la mayoría de las flores y plantas verdes que solían brotar en primavera y verano.
Tampoco podían salir más allá del patio hasta que los mayores les dieran permiso de volver.

«Solo necesito algo que hacer... solo por esta vez», se dijo, antes de tomar una aguja y un carrete de hilo verde de la cesta sobre la mesa. Había visto a su madre insertar la hebra en el diminuto agujero de la aguja, pero nunca se había atrevido a preguntarle si podía intentarlo él también. Su padre habría ordenado que le azotaran las piernas con una vara si lo oía pedir semejante «barbaridad».

—¡Im Yeop-ah, trae a tu primo! —resonó la voz jovial de un hombre. Era Min Mu-hyul, uno de los tíos menores del niño Yi.



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En el texto hay: romance, , política social

Editado: 22.12.2025

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